General

Gracias por venir

el blog de don benito: Doña Lina Morgan

Puteros acontecimientos desplazaron la atención pública de la emocionante presentación de la Agenda Canaria 2030, un acto de mucho tronío en Los Majeos del Agua presidido –por supuesto –por Ángel Víctor Torres y con una buena representación de las élites políticas, empresariales y sindicales del país y una asombrosa fanfarria que incluía profesores universitarios, productores audiovisuales, deportistas e incluso niños inocentes. Una amplia selección de los presentes – niñita rubia incluida – firmaron el texto de la agenda y las 316 “metas” que traza para conseguir unas islas más sostenibles, más prósperas y menos desiguales. Torres, sin demasiados miramientos — se trató en realidad de un acto descaradamente propagandístico y esencialmente cantinflesco – se apresuró en bautizar la convocatoria como “Pacto de los Jameos” y empleó una metáfora particularmente impactante: gracias al compromiso ahí rubricado el futuro se acerca al presente. A algunos de los invitados pareció torcérseles algún músculo delicado. Pero los organizadores no cobran para abochornarse, sino para tener contento al señor Torres, al lado del cual se sentó el presidente del Parlamento, Gustavo Matos, que firmó la agenda “en nombre del Parlamento”, porque hasta ese punto llegó el disparate de un guión que parecía escrito para Royal Hostal Manzanares. La única razón por la que Lina Morgan no firmó es porque está muerta. Por lo demás su papel lo encarnó el jefe del Gobierno quien agradecido y emocionado les dijo a todos: “gracias por venir”.

Si gobiernas y pretendes desarrollar una agenda política con un montón de objetivos glamurosos, por ejemplo, reducir a la mitad de población en riesgo de pobreza y exclusión social, precisando incluso porcentajes y todo, lo que debes emprender es el diseño de leyes y políticas públicas con un amplio grado de consenso político. Es decir, negociar con la oposición. Máxime cuando se asume que dicha agenda es de naturaleza transversal y debe ser implementada durante los próximos ocho años nada menos, a la salida –si todo va razonablemente bien – de la crisis económica derivada de la pandemia. Es en el parlamento donde la agenda debe debatirse y consensuarse para a continuación trasladarla a
los espacios deliberativos de cabildos y ayuntamientos. Lo que ha hecho el Gobierno autonómico en Lanzarote – porque se trató de un acto por y para el Gobierno – no fue ni siquiera una propuesta metodológica para una acción política multinivel, sino una logomaquia presidencial rodeada por la entusiasta claqué de la que siempre dispone quien ordeña los presupuestos. ¿Qué valor político y operativo tiene poner cifras y porcentajes en un papel y emborronar firmas testimoniales? Pues ninguno. Alguien debería preguntar en la Cámara regional el coste de este sarao absolutamente prescindible en el que, como de costumbre, se volvió a tomar el nombre de César Manrique en vano.

Por último: definir actualmente un conjunto más o menos ordenados o interrelacionados de objetivos políticos, sociales y medioambientales exige perentoriamente que de disponga de equipos y reglas para evaluar su cumplimiento, su éxito o su fracaso. Los mecanismos de control y evaluaciones de las políticas públicas y de los objetivos consagrados en la agenda canaria, como cabía esperar, son casi inapreciable. Deberían estar
ahí, acompañados de un protocolo de transparencia accesible para
cualquier ciudadanos que desee hacerlo. Pero, al fin y al cabo, ¿quién está pensando en los malditos ciudadanos? Las elecciones autonómicas y locales están próximas. Apenas queda año y medio de legislatura: el mejor momento para lanzar una agenda con voluntad de consolidación y continuidad. Pasan los años, años y más años, y todavía me maravilla cómo nos vacilan, con qué arte sabio, sangre fría y señorío presupuestario.

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Tierra de puteros

El relato de los hechos recogidos en el auto por el que el juzgado de Instrucción número dos de Las Palmas de Gran Canaria decide procesar a seis hombres por delitos de prostitución de menores y otros cargos, entre los que figura Eustasio López, multimillonario y tal vez el mayor empresario turístico de Canarias (18.000 camas en veinte hoteles) solo produce asco y repulsión. La autoridad judicial ha fijado fianzas que suman 1.236.600 euros. El proceso alude al funcionamiento desde 2015 de una hipotética agencia de azafatas que bajo el nombre de 18 lovas encubría un negocio de prostitución de menores con eventos de toda España. Pueden ustedes leer el auto en las redes sociales porque la noticia del procesamiento de López y el resto de los implicados fue
trompeteado por algunos periodistas en sus cuentas personales. Incluso un compañero intentó comentarla en la televisión canaria y creo que llegaron a practicar vudú para impedirlo. Inmediatamente se recordó que el administrador único de RTVC, Francisco Moreno, había trabajado durante años como responsable de comunicación corporativa para el conglomerado de empresas Lopesan. Ah, los riesgos de ser tan importante y de cimentar una carrera a base de relaciones babificadas. No es el único que prefiere el hedor del silencio, desde luego, como se
pudo ver en portadas flamígeras cuando se trata de perder siquiera
siete pesetas y en digitales de un progresismo centelleante.

Y ahora mismo no hay más. El auto y los hechos –la información plausible sobre ciertos hechos — que merecen la suficiente credibilidad al juez para abrir el procesamiento. Y por supuesto la presunción de inocencia. Pero del escándalo puede derivarse algunas observaciones útiles. Una de las más sorprendentes es que en Canarias la prostitución no existe. Es decir, no existe como sujeto ni objeto en el espacio público, no es mencionada, no se le denota ni se le connota. Aquí el puterío está envuelto en un silencio tan sucio y cuarteado como las sábanas de un prostíbulo. En numerosos parlamentos, asambleas y ayuntamientos de toda España se ha debatido sobre la prostitución: sus raíces, su capacidad destructiva, su prohibición legal. En Canarias, que yo sepa, jamás, lo que no deja de ser paradójico, porque es un país en el que florecen los puteros y las putas trabajan (es un decir) a todas horas. Como en todas las zonas turísticas, obviamente, aunque no solo. Vivo en el centro de Santa Cruz de Tenerife, a dos tiros de piedra de la plaza Weyler, y a menos de 200 metros de distancia, en calles perfectamente burguesas y anodinamente cotidianas, operan pisos dedicados a una prostitución discreta, rápida, funcional. En algún que otro caso lo llevan haciendo generaciones de putas y puteros, al igual que hay baretos que
venden farlopa desde hace treinta años. Apenas puedes encontrar un municipio tinerfeño sin su entrañable casa de putas y luego están los grandes locales, como el que desde la autopista del Sur puede verse en tierras de Arona, con letreros luminosos y numerosas ofertas que incluyen el subterfugio “muy jovencitas” para referirse a menores de edad: carne trémula latinoamericana, europea del Este, africana de origen subsahariano. Los sures turísticos están alfombrados por una prostitución próspera e incesante, y salvo algunos locales de lujo predominan pequeños paraísos de duchas sucias, jergones ruidosos, tufo a lejía, espejos oscuros y alcohol de garrafón. Más de 3.500 prostitutas trabajan en Canarias, aunque es imposible concretar una cifra. Casi todas las semanas varias docenas se trasladan a La Gomera, La Palma y El Hierro para volver después de un par de jornadas intensivas.

Esta es una tierra de puteros. La cultura putera nunca es explícitamente mencionada y esa es la mejor forma de no ser jamás cuestionada. Violencia, trata de blancas, miedo, humillación y degradación física y emocional están en el corazón podrido de la prostitución. Se puede oír su latido indefenso muy cerca de tu casa o tu restaurante favorito, entre compañeros de trabajo, junto a la playa del veraneo. Lo que hicieron –si así lo deciden los tribunales –esos seis hombres en la piscina de un chalet lo hacen cientos de hombres diariamente en Canarias.

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No ser Iván Redondo

Servidor sería incapaz de diagnosticar aquí y ahora si existe un empate técnico entre Ángel Víctor Torres y Fernando Clavijo en el caso de celebrarse elecciones autonómicas. Pero, por supuesto, yo no soy Iván Redondo, es decir, no tengo la oportunidad de equivocarme fastuosamente y acumulando fracasos y victorias pírricas llegar a la gloria. Como meatintas ultraperiférico lleno con mis errores mis bolsillos y sigo adelante hasta el próximo bocadillo de choped. Uno sospecha que el tiempo de los diagnósticos más o menos tranquilos, de los diagnósticos reposados y con buena digestión, ha desaparecido. Intuyo que más o menos, dentro de ciertos límites, puede pasar casi cualquier cosa. Pondré un ejemplo. Santa Cruz de Tenerife es un municipio que siempre se había definido por un voto mayoritariamente conservador. Esa supuesta obviedad se fundió en las elecciones de 2019, cuando la victoria de CC fue nítida, pero la izquierda quedó a cuatro puntos porcentuales de la suma de la derecha y el centroderecha. Ahora mismo se rumorea que el exdiputado de Podemos, Alberto Rodríguez, a los mandos de una agrupación de electores y con el apoyo de las diversas fuerzas a la izquierda del PSOE – desde Sí se Puede a Unidas Podemos — podría presentarse al ayuntamiento santacrucero dentro de año y medio. No, no ganaría, pero estoy más o menos convencido de que rentabilizando su marca personal y con una buena campaña electoral – y sabe organizarlas — Rodríguez tendría una oportunidad razonable de hacerse con la Alcaldía, por supuesto, con el respaldo del PSOE. E intentar entender esto con los viejos patrones interpretativos – chantacrú… en carnavaaaaaaaaaaaaaaaaal —  resulta imposible y, a veces, realmente patético.

La dirección federal del PSOE gestiona sobre su organización territorial canaria una visión distinta a la de hace ocho o diez años. Cuando el PSOE disponía del fenomenal granero electoral andaluz y aun rentabilizaba satisfactoriamente su situación en Cataluña los diputados que podría conseguir en Canarias – o en La Rioja – eran una preocupación marginal. “Háganlo ustedes lo mejor posible”, me contó una vez Juan Carlos Alemán que le soltó como toda consigna y todo viático José Blanco, por entonces todopoderoso secretario de Organización. Ya no es así. El PSOE debe luchar diputado a diputado para retener y a ser posible incrementar su modesta mayoría en las Cortes y los quince escaños que suman las circunscripciones canarias son muy jugosos y –según piensan en el Gobierno y sus inmediaciones – relativamente baratos en términos presupuestarios. Esa es la clave del reencuentro entre la dirección federal – y el liderazgo de Pedro Sánchez –con las organizaciones territoriales: disputar hasta el último voto en una situación electoral instalada en la anormalidad, en la fragmentación, en lo discontinuo, en lo disruptivo más que en lo acumulativo, en un oportunismo sistemático más que en la coherencia y la continuidad.  El PSOE de Ángel Víctor Torres y Nira Fierro – una versión de Fred Astaire y Ginger Rogers bailando sobre huevos – tiene todo el apoyo de los dirigentes nacionales, es decir, todos los múltiples medios que puede ofrecer la dirección federal para los comicios autonómicos y locales de 2023. Si algunos parecen escandalizados en los gastos en prensa y propaganda del Ejecutivo regional – y no solo en la televisión autonómica —  lo mejor es que esperen la leche y la miel que van a llover sobre los bienaventurados, especialmente si la recuperación económica sigue languideciendo o se frena en seco.

Esta es la transformación nuclear del escenario político canario tradicional que necesariamente impacta tanto en los socios del PSOE como en los adversarios electorales, especialmente, Coalición Canaria, al que el discurso oficial psocialista intenta deslegitimar como fuerza política desde julio de 2019. Claro que probablemente me equivoque. El error es una de las consecuencias más melancólicas de no ser Iván Redondo.  

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No hay remedio

Nunca es triste la verdad, cantaba Serrat, lo que no tiene es
remedio. Y la verdad, respecto al problema del tráfico que colapsa casi todos los días el norte de Tenerife de camino a Santa Cruz, y cada vez más intensamente el sur en ruta a Arona y su zona de influencia, es que simple y llanamente no tiene solución. Háganse las obras que se hagan. Algunos se confunden con las cifras, porque en el problema de la movilidad no solo deben incluirse los automóviles particulares, sino los coches de alquiler, los camiones, los furgones y las motocicletas. Tenerife cuenta ahora con un parque de más de 850.000 vehículos (antes del confinamiento por el covid solo los coches de alquiler eran unos 35.000) y ya se imaginan que si todos se pusieran en marcha simultáneamente no se podría circular. Tenerife es una isla más bien pequeña, de apenas 2.000 kilómetros cuadrados, casi la mitad de los cuales son parque nacional y espacios y parajes protegidos, y los kilómetros de carretera apenas sobrepasan los 1.700. No se trata por tanto solo de la cantidad de cacharros con ruedas, sino de la densidad en las autovías. Podrían instrumentarse medidas y compromisos para cierta descongestión de las vías públicas, casi todos ellos diseñados y a veces ya en marcha – el tercer carril entre Guamasa y el aeropuerto, el soterramiento de la carretera de La Esperanza, la pasarela del Padre Anchieta — pero conviene olvidar el sueño de ponerse desde El Sauzal a Santa Cruz o viceversa en quince minutos, como ocurría hace veinticinco años.

Y no será así por la hegemonía indiscutible e indiscutida de la
cultura del automóvil, que se resume en una convicción que no admite disputa: yo tengo mi coche y me desplazo cuando me da la gana. En cada unidad familiar tinerfeña, como media, se superan ligeramente los dos vehículos. Y sigue creciendo; más moderadamente en los últimos años, pero sin detenerse en ningún momento. El automóvil particular es reconocido como un derecho sacrosanto, como un símbolo de estatus –quien no dispone de un vehículo no es nadie — y como ritual de madurez: simplemente no hay nada que hacer. Los que actualmente pierden dos o tres horas en entrar a la capital tinerfeñas son víctimas de esa horrible paradoja que resumía Iván Ilich: “Las personas trabajan durante buena parte del día para pagar los desplazamientos necesarios
para ir al trabajo”. En términos sociales el automóvil es una estafa y una estupidez. Recuerdo lo que se reían algunos cuando André Gorz cuando definía en los años setenta la propiedad del coche como “el triunfo absoluto de la ideología burguesa al nivel de la práctica cotidiana: funda y sustenta la creencia ilusoria de que cada individuo puede prevalecer y beneficiarse a expensa de todos los demás”. Pero no estaba en absoluto equivocado. No es la insuficiencia de autopistas, túneles o rotondas lo que en Tenerife, conspira contra la calidad de nuestra vida, sino el coche, un invento sucio, maloliente y sanguinario. Nada de circular en días alternos, nada de extender el bus-vao, nada de prohibir el tránsito de vehículos pesados desde la tarde de los viernes hasta la mañana del lunes, nada de líneas de autobuses específicamente diseñadas para los estudiantes universitarios, que llegan a diario en cientos de coches a las diversas facultades y escuelas universitarias. Nada, en definitiva, que cuestione siquiera levemente la irrestricta libertad de circulación de los propietarios de coches, guaguas, furgonetas y camiones. Un político honesto con sus conciudadanos – hipótesis plenamente fantasiosa – les transmitiría la verdad y les propondría un plan dialogado y consensuado de restricciones. Eso sí: primero lo lapidarían y después jamás sería reelegido. Y los políticos no se suicidan. El ciudadano sí y ha decidido que su féretro sea su propio coche.

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Gracias, Escota

La pasión por el saber de Antonio Escohotado es difícil de entender y por tanto de explicar en una época en la que la escuela se está viendo reducida a un parque de atracciones, como dice Gregorio Luri, y aprender es un vicio peligroso, algo así como una droga, si es una actividad no estrechamente vigilada por la envidia, la simpatía por el fracaso, el desprecio hacia cualquier mérito y la trivialización del esfuerzo. Es vano empeño trasladar hoy el placer epicúreo de entender algo, el prodigio de verse sacudido por ese laborioso amanecer en la emboscadura de la ignorancia, un relámpago  que desvela un proceso histórico, descodifica un lenguaje científico o abre las puertas de una teoría. Escohotado vivió ese embrujamiento de la sabiduría toda su vida y jamás dejó de dedicar sus ocho, diez o doce horas diarias al estudio. Se drogó mucho y benéficamente, pero su principal droga fue la información y el saber ordenado y crítico que llamamos cultura. Estudió tanto que, por supuesto,  no tuvo tiempo (ni muchas ganas) de hacer una gran carrera académica, y terminó –para él, muy satisfactoriamente – en la Universidad Nacional de Educación a Distancia como profesor titular. Curioso destino burocrático para un intelectual de primer orden, con una capacidad dialógica y hermenéutica excepcional, el último y orgulloso hegeliano español.

Escohotado se cansó de la izquierda. Se aburrió de la izquierda vocinglera y petulante que convertía cafeterías en universidades y universidades en cafeterías, que sostenía la imperiosa necesidad de una crítica universal y derogatoria contra todo, salvo contra ella misma, porque de la izquierda, de asesinarla, destruirla y desprestigiarla, se encargaban celosamente los izquierdistas. Escohotado comenzó a pensar la izquierda, su genealogía doctrinal e ideológica, y por supuesto, la izquierda no se lo perdonó porque, para refutarlos, había que empezar por leerse los tres magníficos volúmenes de Los enemigos del comercio, y casi ningún rogelio está dispuesto a semejante peligro. Lo más chocante es que Escohotado, aclamado durante la última década por sectores conservadores, seguía siendo de un hombre de izquierda moderada que había levantado su lucidez en algún punto indeterminado entre la socialdemocracia y el socioliberalismo, pero siempre militantemente anticomunista, como debe serlo cualquiera que se reclame de lo mejor de las revoluciones francesa y americana y haya leído la historia macabra de las atrocidades cometidas en el siglo XX a la sombra de los regímenes que se denominaban marxistas. El anticomunismo, como el antifascismo, como la prevalencia de la ley sobre la costumbre, los privilegios o la voluntad, forma parte de la educación política elemental de un demócrata.

Antonio Escohotado está ahora muerto, bien muerto, como quería estarlo cuando llegara el momento, sin la aterradora y degradante amenaza de dioses o demonios, cielos o infiernos, réprobos o santos. Porque lo inconcebible, lo intolerable no es que no exista nada después de la muerte, sino bien al contrario, que exista algo que nunca podrá decir yo o nosotros. Escohotado quería, como Borges dijo en un poema, morir del todo, extinguirse entera y pacíficamente, morir con ese viejo y fiel compañero que tenemos todos, nuestro cuerpo. Ayer me enteré del fallecimiento al sonar el móvil con un mensaje, y en ese momento tenía ante mí a un montón de personas con el puñito en alto cantando o simulando cantar La Internacional, esa entrañable melodía que se escuchó en tantos y tantos campos de concentración en varios alegres países. Como soy un lector, y los lectores siempre nos creemos especiales, se me ocurrió que era una broma del viejo maestro. Adiós y gracias por todo Escota. Ni siquiera necesitas que la tierra te sea leve.     

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