Fuerteventura

Esplendor y caida de González Arroyo

Domingo González Arroyo se atrincheró ayer durante dos o tres horas en el ayuntamiento de La Oliva – una extensión de sus oficinas comerciales durante lustros – y se puso a firmar decretos como un descosido. Decretos que no valían ni el papel en el que estaban impresos porque, después de agotar todas las maniobras dilatorias al alcance de su mano, la Junta Electoral Central había ordenado que dimitiera tras ser condenado por un delito de prevaricación. La fanfarronería de González Arroyo – que es apenas un eructo de su concienzudo desprecio a la legalidad – se disolvió al instante cuando le informaron que se había llamado a la Guardia Civil para sacarlo del despacho que había invadido alevosamente. Entonces salió por patas a toda velocidad por una puerta lateral. A partir de primera hora de la tarde no se registran más noticias fiables. Unos dicen que González Arroyo apareció de nuevo, en cuerpo o espíritu, por los pasillos del ayuntamiento; otros juran que no ha presentado su dimisión aun.

La carrera política del apócrifo Marqués de La Oliva comenzó en el franquismo, cuando, allá por los años sesenta, fue designado concejal de La Oliva por el tercio familiar. Después, durante la democracia parlamentaria, y como militante – y financiador de campañas – del CDS, del CCI, del Partido Popular y de su chiringuito ergonómico, el Partido Progresista Majorero, González Arroyo completó casi un cuarto de siglo en la Alcaldía, desde donde hizo su sacrosanta voluntad (económica, urbanística, organizativa, crediticia, laboralmente) sin admitir ningún tipo de cortapisas. Contrató como alcalde a sus propias empresas, mantuvo abierta una televisión ilegal, manipuló el sistema de concesión de licencias urbanísticas, contrató a un electricista para realizar informes de obras, ha sido imputado varias veces en distintos procesos judiciales, ha llamado “hembra desfondada” a una concejal socialista y criticado las minifaldas de una concejal nacionalista, ha ofrecido “un kilito” a un edil de La Antigua, en sus tiempos de presidente del PP de Fuerteventura, para sumarse a una moción de censura y, en este mandato, ha amenazado a un concejal de la oposición en el transcurso de un pleno. Durante cinco legislaturas fue diputado autonómico y recuerdo una vez, en los locos noventa, en la que nos enseñó a un grupo de periodistas, en un pasillo del Parlamento de Canarias, que llevaba una pistola encima. Sí, sin duda es un alivio que González Arroyo desaparezca de la política. Pero no lo han echado los electores. Los electores le colmaron durante años de mayorías absolutas y solo cuando el cuerno de la abundancia comenzó a secarse el Marqués empezó a perder apoyos. Porque nunca fue un extraterrestre que usurpara una Alcaldía entre el terror de sus convecinos. La zafia brutalidad de González Arroyo, su pútrido desgobierno, su ineficaz y maloliente gestión, fue bendecida una y otra vez por una mayoría que no quería entrar en los detalles y por unos partidos políticos (en especial el  PP)  que apladieron.  Como suele pasar con las mayorías, cómplices satisfechos de aquellos que les engañan, les adulan, les roban.

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Los inmortales

En las direcciones de las fuerzas que integran CC los liderazgos no se miden por años, ni siquiera por lustros, sino por eras geológicas. Obsérvese lo ocurrido en Tenerife, donde la elección como candidato presidencial de Fernando Clavijo revistió los ropajes de un cataclismo insólito mientras el presidente del Gobierno autonómico se dedicaba a dos cosas durante meses: a evitar pronunciarse si se postulaba o no y a convencer con toda la capacidad de seducción que atesora el BOC que si no era él, era el diluvio (como es obvio, el que ha empezado a diluviar ha sido él mismo y no dejará de hacerlo hasta su último día de mandato). En La Palma Antonio Castro actúa como un iguanodonte en su mundo perdido y basta con que mueva suavemente la cola para que Juan Ramón Hernández (muy a gusto) y Guadalupe González Taño (no tanto) se apresuren a cumplir sus deseos. No es imprescindible un doctorado en politología para adivinar lo que ocurre con las organizaciones políticas que soportan liderazgos prolongados durante generaciones: oligarquización, cooptación, pérdida de conexión con la realidad social, incapacidad de adaptación, fosilización de las estrategias, los mensajes y los programas.  Ocurre en La Palma, desde luego, pero también en Fuerteventura, donde la tectónica de placas entre los dirigentes históricos – y actuales – de AM amenaza con originar un terremoto autodestructivo.
Bajo la ficción reglamentaria de un partido asambleario, AM es controlada directa o indirectamente por una élite reducida de cargos públicos que ha podido mantener en equilibrio las distintas ambiciones personales, parroquias clientelares y estrategias de poder. El máximo cargo orgánico – el de coordinador general – se ha reservado para militantes sin responsabilidades públicas relevantes porque, en realidad, ha operado casi siempre como un canal de comunicación y mediación entre las personalidades y facciones del tablero del poder. Actualmente Juan José Herrera Velásquez es el coordinador general de Asamblea Majorera. Hace un cuarto de siglo era ya presidente del Cabildo de Fuerteventura. Yo sospecho que Herrera Velázquez llegó a la isla en el equipaje de Gadifer de La Salle, aunque sea difícil averiguar si en el baúl de los trofeos de caza  o en el de la ropa interior. El hecho es que ha cometido una torpeza inaudita: abrir las puertas del partido a Sergio Lloret, cabecilla de un organización microbiana, Asambleas Municipales de Fuerteventura, que en los últimos años se ha dedicado a la descalificación feroz del presidente del Cabildo, Mario Cabrera, y de todo lo que oliese vagamente a AM. Cabrera se ha enfurecido pero en la cólera encuentra la satisfacción de un envite a vida y muerte contra Herrera Velázquez. Utilizará ese fichaje estúpido para intentar destruirle como Herrera intenta, a través de ese estúpido fichaje, desinflar sus ambiciones. Y esto ocurre a ocho meses de las elecciones. Y ocurre, sobre todo, cuando una clase política dirigente se cree inmortal, y entre los inmortales saben, como cualquier Christopher Lambert, que solo puede quedar uno.

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