IU

Debate amormado

El debate sostenido ayer por varios candidatos al Parlamento Europeo en el Club La Prensa devino previsiblemente decepcionante y a buen seguro marcará la mediocre tónica dialéctica en los próximos días. Los mejores conocedores de la Eurocámara – Gabriel Mato y Juan Fernando López Aguilar – no hablan de lo que saben mientras los representantes de IU y de UPyD no saben de lo que hablan. Javier Morales, el candidato fantasmagórico de Coalición Canaria, repitió el devocionario de las singularísimas especificidades del Archipiélago, que solo puede ser comparado consigo mismo, como el Dios de Agustín de Hipona. Pese a débiles resistencias ninguno pudo sustraerse a la nacionalización de la discusión política mientras las referencias a Europa, sus políticas e instituciones generalmente fueron vagas, intermitentes y  muy poco propositivas. Para Gabriel Mato todo se ha hecho aceptablemente bien y en España comienza a amanecer. Para López Aguilar la mayoría conservadora en Bruselas y Estrasburgo ha llevado a la UE a su mayor crisis de su historia mientras (se supone) tal desastre pilló a los comisarios y diputados socialdemócratas en el cuarto de baño. Mientras Morales continuaba encerrado en su placenta a salvo del calentamiento global, Elvira Hernández y Miguel Ángel González se dedicaban a afearles el bipartismo al PP y al PSOE. Gente mala, gente regimental, gente bipartidista, puaj.
Socialdemócratas y conservadores llevan más de un cuarto de siglo proclamando su acendrado europeísmo, pero hasta el momento el creciente abstencionismo electoral de los españoles les ha resultado indiferente. Pedagogía política, ninguna, salvo el difuso mensaje de que incorporarse al Mercado Común primero y a la Unión Europea más tarde significaba incorporarse a un futuro de prosperidad económica y calidad democrática destinado a romper definitivamente la tibetanización del país. Treinta años más tarde ese atractivo ha desaparecido, pero mientras las derechas europeas comparten un programa inequívoco las izquierdas ni siquiera proponen convincentemente las reformas institucionales y normativas que urgen a la UE para no seguir prostituyendo hasta la aniquilación sus principios fundadores, combinando eficacia económica y políticas redistributivas. López Aguilar pide más estímulos fiscales “implicando al Banco Central Europeo”, como si se tratara de invitar a Draghi a unas cañas, y Elvira Hernández pide auditorias a los fondos europeos para pasar el rato. Va a ganar la abstención. Pero verán ustedes como en la noche electoral no la felicita nadie.

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La pureza imprudente

Los pibes y pibas de Unión, Progreso y Democracia están poniendo en circulación una proyección electoral realizada a finales de 2011. Con los resultados de los comicios de noviembre de ese año, que proporcionaron una amplia mayoría absoluta al PP, los autores han proyectado una hipótesis suprimiendo las circunscripciones electorales y absteniéndose de aplicar la ley D`Hont. Sin coeficiente corrector y con una única circunscripción nacional casi serían veinte las fuerzas políticas con representación en el Congreso de los Diputados, incluyendo partidos y plataformas tan bizarras como PACMA o Escaños en Blanco. Por supuesto el PP se quedaría muy lejos de la mayoría absoluta y el PSOE obtendría incluso ocho escaños menos. Los grandes beneficiados serían Izquierda Unida y (vaya sorpresa) UPyD.
Este curioso experimento ofrece, según la buena gente de UPyD, el cumplimiento estricto de la máxima democrática “un hombre, un voto”. Me parece que se equivocan: el compromiso democrático del derecho al voto no equivale a que el voto obtenga necesariamente representación y, sobre todo, a que tu voto – y el partido o coalición de tu preferencia – participe ineluctablemente en las tareas de gobierno. Pero más allá de esta estruendosa obviedad, un sistema proporcional puro (como es pomposamente denominado) resulta básicamente la placenta de un sistema político inestable y que muy difícilmente puede responder, con capacidad de diagnóstico y resolución ejecutiva, a los graves problemas estructurales de sociedades complejas instaladas en una crisis permanente. El mismo resultado electorales del PP en 2011 fue excepcional. No se  registraba una mayoría absoluta semejante desde los años ochenta. Si se desarrolla el mismo ejercicio hipotético con los resultados de las elecciones de 2008 el número de fuerzas representadas en el Congreso de los Diputados sería aun mayor y las coaliciones de gobierno – con cuatro, cinco o seis partidos discutiendo hasta la última coma de cualquier proyecto legislativo o acción gubernamental — se convertirían en manicomios buhoneros y fugaces. Italia – incluso después de la reforma electoral pactada entre Berlusoni y el centroizquierda – brilla como un ejemplo muy poco ejemplar. La reforma electoral es necesaria – y en Canarias urgente – pero no para sacrificar la gobernabilidad, sino para mejorarla sin merma del pluralismo político.  A los obsesionados por la reforma electoral como pócima para resolver todos los males, desde la érronea creencia que tienen su exclusivo origen en el olipologio partidista que padecemos, habría que recordarles que la calidad de una democracia depende también de otros muchos factores, desde la efectiva separación de los poderes públicos hasta la corrupción, y que el purismo representativo no representa un instrumento precisamente eficaz para salvaguardarla.

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Sin alternativa

Pues sí. Una nueva encuesta certifica que si celebraran hoy elecciones generales el PP las ganaría, aunque en ningún caso con más de 140 diputados. El PSOE aumenta ligeramente intención de voto, pero ni siquiera alcanza todavía los resultados que obtuvo en noviembre de 2011. La subida de IU se ralentiza bastante y UPyD se estanca. Lo más interesante es que, según los dos últimos sondeos, y en lo que respecta a voto decidido, los dos partidos mayoritarios superan de nuevo el 50% de los sufragios que se emitirían.  La cantinela del fin del bipartidismo no parece secundada por la evolución última de los estudios demoscópicos. Entre la ciudadanía progresista la sensación más extendida es la de perplejidad. Servidor mismo ha deseado una convocatoria de elecciones generales solo para ver la cara que se les quedaría a Izquierda Unida o a los seguidores de Rosa Díez. No creo que sea tan difícil entenderlo.
La mayoría del desgaste del PP (lo ha demostrado analíticamente José Fernández-Albertos) no procede del escándalo del caso Bárcenas, sino de la situación económica y social y de la gestión que de la catástrofe cotidiana realiza el Gobierno de Mariano Rajoy. Para las expectativas electorales del Partido Popular, las trapisondas fiscales del señor Bárcenas, y los sólidos indicios de una financiación ilegal sistematizada del partido que gestionó durante veinte años, empeoran la situación, pero no la finiquitan. Y no lo hacen, simplemente, porque varios millones de votantes consideran que no hay alternativa. El comportamiento del PSOE durante su último año en el poder dilapidó su crédito como fuerza socialdemócrata capaz de enfrentarse a una crisis financiera y económica estructural — la nos está desollando para salvaguardar bancos y recuperar beneficios — ofreciendo un modelo de gestión sustancialmente distinto. Y los dirigentes del PSOE (ese decrépito rubalcanismo que parece que vive con un alquiler de renta limitada en Ferraz) se han mostrado incapaces de reaccionar e incluso se han permitido el lujo de vacilarse de la militancia y las resoluciones congresuales. IU ha llegado al límite de su crecimiento a través de pactos con fuerzas nacionalistas y sigue jugando a reformista de día y revolucionaria de noche o viceversa. Y, en segundo término, está Bruselas, y la pringosa convicción de que Bruselas es quien manda políticamente y que lo correcto es solo lo posible y lo posible es lo inevitable. No. Esta crisis demanda otras izquierdas y exige otras estrategias y otras unidades, si no se quiere asistir, con los dientes apretados, a una transformación política que nos lleve a una democracia autoritaria y a la reducción del Estado a perro guardián y cínico del capital

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Mayorías

Las encuestas y sondeos electorales (recientemente se ha publicado uno de ámbito nacional y otro en las Baleares) registran una pérdida sustancial de apoyos al Partido Popular, pero en ningún caso una catástrofe que hunda a los conservadores en las tinieblas demoscópicas. Tanto en unas hipotéticas elecciones generales como en unas supuestas elecciones autonómicas en Baleares, el PP perdería la mayoría absoluta, pero seguiría siendo, con diferencia, la opción política más votada. El respaldo al PSOE sube o baja muy ligeramente respecto a los comicios de noviembre de 2011, crecen Izquierda Unida y UPD y aparecen fuerzas regionalistas o nacionalistas de izquierda y de derecha. El dato más asombroso, sin embargo, es la resistencia correosa del Partido Popular después de un año de gobierno caracterizado por la destrucción de derechos sociales, la planificación del desmantelamiento del Estado de Bienestar, la regresiva reforma laboral y la onerosa improvisación en las reformas del sistema financiero español.

El moderado precio electoral que podrían estar pagando Mariano Rajoy y su tropa tiene sus razones sociales e ideológicas. La primera afecta a su base electoral tradicional, consolidada en las ultimas convocatorias: las clases medias urbanas – proclives al PSOE hasta mediados de los noventa – los jubilados y los sectores de trabajadores no cualificados. Su principal reacción ante la crisis es el miedo. Pánico a caer en la clase media baja o a un descenso acusado de las pensiones y una creciente insolidaridad que rompe el pacto interclasista e intergeneracional del Estado de Bienestar: yo no tengo por qué pagar todo aquello que consumen los desempleados (sanidad, educación, prestaciones) ni quiero saber nada de eso. Apoyo resignado o convencido a un autoritarismo imperturbable que garantice un orden que ya no existe. La segunda, la ausencia de una alternativa verosímil para esas clases medias y jubilados que constituyen más del 70% de los que votan en España. La recia sospecha de que el PSOE haría algo muy parecido. El vago convencimiento de que la partida se gana y sobre todo se pierde en Europa y la comprensión de Europa como un azar inmanejable. Esta tozuda realidad (ese 70% que no apuesta  a que  otro mundo sea posible, sino que anhela que no le destrocen el que imaginan suyo) es un dato que ni el PSOE ni menos aun Izquierda Unidad están dispuestos a diagnosticar ni a entender

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