Mariano Rajoy

Gárgaras de orina

La situación en el PP ha llegado a tal degradación que escuchas a Mariano Rajoy y parece que haya hecho a primera hora de la mañana gárgaras de orina para enfrentarse a la rueda de prensa. Si existiera alguna duda de la imperiosa necesidad de que desaparezca de la vida política basta con el cúmulo de insensatas mamarrachadas que regurgitó en la mañana de ayer sería suficiente. A partir de cierto momento en cinismo no es una trinchera, sino una pocilga. Ya no hay nada tras lo que esconderse y Rajoy, en esa espantosa comparecencia, intentaba todavía esconderse tras bultos imaginarios. El PP no son docena y media de condenados por sentencia judicial, pongo por ejemplo de excusa fantasmagórica. ¿Quizás estima el presidente que hasta el 51% de los militantes de su partido no hayan sido procesados y condenados no puede empezar a reconocerse cierto problema en lontananza? Y la sentencia no es firme, como si la hubiera emitido un juzgado de primera instancia y no la Audiencia Nacional. Y no hay ningún ministro afectado, aunque casi todos los ministros del primer gobierno del Partido Popular estén procesados o investigados judicialmente. Y eso es más o menos todo, porque, obviamente, Rajoy no se va a centrar en que el PP ha sido condenado como partícipe a título lucrativo de la trama de corrupción de Gürtel. Es decir, que la organización política que lidera se benefició financieramente de las trapisondas de los políticos corruptos. Un paréntesis: el PP es muy caro. Y no exclusivamente por las razones que convierten en organizaciones onerosas a los grandes partidos de gobierno de Europa. El PP también es caro porque abona salarios, complementos y gratificaciones asombrosas a su cúpula directiva. En el año 2011 Rajoy era el presidente del grupo parlamentario del PP en el Congreso de los Diputados. Entre pitos y flautas cobraba unos 5.000 euros netos mensuales: un magnífico salario.  En ese mismo 2011 el PP le abonó 200.000 euros por su sacrificada labor de presidente del Partido Popular. De hecho, y según sus declaraciones de la renta, el presidente Rajoy recibió alrededor de un millón de euros en el plazo de sus nueve primeros años al frente del partido, al margen de los sueldos públicos que devengara. Su patrimonio aumentó un 43,7% entre 2003 y 2007. Muchos otros dirigentes, la mayoría procedentes del aznarato, cobraron sobresueldos y complementos altísimos. Escalar en la jerarquía del PP tenía un aliciente automático: podrías cobrar mucha pasta. Y sin salir (o entrar) en el despacho. Un curioso sistema de incentivos cuyos creadores eran directamente sus beneficiarios y que exigía unas finanzas bien saneadas. Las que tutelaba Luis Bárcenas, del quien pese a sus problemas judiciales, nadie sospechó jamás nada, y menos que nadie, Rajoy, que después de su caída en desgracia ejerció de coach a través del wasap.
El PP no puede aguantar más tiempo y España no puede aguantar más con el PP vaciando sus intestinos en los despachos y los decretos. El día anterior a la sentencia consiguió que se aprobara su proyecto de presupuestos generales para 2018, con el que Rajoy pensaba tirar hasta la primavera de 2020 o, al menos, hasta inmediatamente después de celebrados los comicios autonómicos y locales del próximo año. Ya le será imposible. Con su miserable escapismo, con su desdeñoso y ausente encanallamiento, Rajoy y sus colaboradores van a conseguir implosionar al partido y arrastrarlo a la irrelevancia electoral en medio de la peor crisis política, institucional y territorial que vive España en los últimos cuarenta años. Esta camarilla solo entiende la democracia si legitima su poder y solo siente la patria cuando palpan sus carteras.

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Donaldismo puro

Donald Trump no debe preocuparse por diseñar ninguna estrategia en la batalla electoral hacia la Casa Blanca. Debe contentar a su hinchada y punto. Como su hinchada está compuesta por white trash, por clases medias arruinadas, por los exterminados por hipotecas delirantes, por subempleados que cobran por horas y fanáticos religiosos, gana siempre al insultar, al agredir, al despreciar groseramente c cualquier político, cualquier partido, cualquier programa y medida. Un millonario falsamente antiestablishment que quiere y consigue canalizar la indignación y el resentimiento contra las élites políticas del país. Pero esto es una interpretación. Trump no necesita ninguna. Trump no necesita argumentos ni datos. Trump usa el lenguaje ignorándolo. La realidad es insignificante. Incluso la realidad verbal. Trump miente con desparpajo y ridiculizando al que no lo hace. Sí, soy un cerdo, pero un cerdo como ustedes, yo soy su cerdo, queridos compatriotas indignados.  Para esto no es menester delicadezas. Repite, simplemente, lo que quieras decir, y niega si es imprescindible lo que has dicho. Este podría ser el ejemplo de una conversación con una donaldista:
– Todos ustedes, los que quieren que Trump se estrelle en el curso de esta campaña, son unos hijos de puta.
–¿Cómo díce? Nos está llamando hijos de puta?
– ¿Yo? Para nada.
– Pero si lo ha hecho. Hace medio minuto. Hijos de puta.
–No, yo no he dicho eso. He dicho que parece que usted esté ansioso porque se lo llamen para continuar con su exhibición de víctima desdichada…
– ¿Víctima desgraciada? Le voy a…
– Y además violento. ¿Se dan cuenta por qué debemos armar más y mejor a nuestra policía?
Trump es el adelantado, por supuesto, pero toda la praxis política y lectoral en los últimos treinta años lo han venido preparando en unas democracias parlamentarias cada vez más exhaustas. Cuando José Manuel Soria brinda explicaciones que no son explicaciones sobre su implicación en los papeles de Panamá, cuando no se puede entender el frondoso galimatías de prohombres y promujeres de CC para explicar la moción de censura en Granadilla  de Abona, cuando los opinólogos señalan que Mariano Rajoy se cree y no se cree a la vez sus propias necedades tartamudeantes se hace obvio que la doctrina Trump – despreciar la lengua como paso previo para despreciar a los ciudadanos con su pleno consentimiento – ha llegado para quedarse. Para quedarse como una bomba lapa incrustrada en el mismo corazón del idioma a fin de aniquilarlo y la verdad y la mentira sean intercambiables. ¿Qué algo no viene a cuento? Mejor, mucho mejor. Ayer estaba Noemí Santana estrangulando la lengua española desde su escaño e intentando, con poco éxito, alcanzar algún orden sintáctico comprensible. Encontró la doctrina Trum y procuró ligar a Clavijo y su gobierno con el caso Las Teresitas. Por supuesto el presidente se tomó la molestia de señalar que ni él ni su equipo tenían nada que ver con eso. Pura irrelevancia. Santana, embarcada en un monólogo al que los argumentos del otro se la pelan,  se arremangó como cristo antes de subir a la Cruz y le espetó sin más: “¿Usted vino aquí a hacer política o a hacer negocios?”.
Donaldismo puro.

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Tomar nota

Que dice el Timonel de la Dulce Sonrisa que Podemos “tomará nota” de los dirigentes regionales del PSOE que apoyen o respalden una eventual abstención de los socialista en el segundo intento de investidura de Mariano Rajoy.  Aunque Pablo Iglesias no fue mucho más concreto, probablemente, no necesitaba serlo. Está a punto de comenzar  — si Rajoy logra ser investido finalmente – la labor de oposición a la oposición que los dirigentes de Podemos creen necesaria para que culmine la pulverización del PSOE. Lo más gracioso es que la amenaza poco velada de Iglesias, que se refería implícitamente a los gobiernos autonómicos y locales en los que Podemos permite que gestionen los socialistas, es una contradicción muy estúpida, porque si Podemos da la espalda a los socialistas, en dichos ayuntamientos y comunidades autonómicas pasaría a gobernar el Partido Popular. Es decir, que Pablo Iglesias, para castigar a los malignos barones socialistas por permitir gobernar al PP, está dispuesto a aumentar el poder territorial del PP.
Por el momento, nadie en el PSOE ha anunciado que tomará nota de la actitud de Podemos en el Congreso de los Diputados ni ha amenazado (por ejemplo) con retirar el apoyo de los concejales socialistas en los ayuntamientos de Madrid o Barcelona, donde son imprescindibles para mantener las mayorías que sustentan, respectivamente, a los gobiernos de Manuela Carmena – su plataforma obtuvo el año pasado solo 20 de los 57 concejales — y Ada Colau – logró apenas 11 de 41 ediles en disputa. Y no lo ha hecho – por no mencionar el sentido común – porque nadie toma notas en el Congreso de los Diputados para basar las políticas de alianza en las corporaciones locales y las comunidades autonómicas. Apuesto que el señor Iglesias tampoco. Pero necesita interpretar el papel de fiscal extraordinario de la izquierda patria para repartir por enésima vez los carnets de decencia e indecencia política.
Lo que realmente es indecente es afirmar con ruin desparpajo que numerosos diputados socialistas – por no mencionar a dirigentes regionales y cargos orgánicos – conspiran activamente para que el PP se mantenga en el Gobierno. ¿Qué saldrían ganando en semejante operación? ¿Entrarían todos antes de fin de año en el consejo de administración de Endesa?  El PP ha ganado las elecciones por segunda vez consecutiva y unos nuevos comicios, muy probablemente, ampliarían esa ventaja. Es imposible construir una mayoría alternativa sólida y verosímil. Rajoy y los suyos no disponen de mayoría absoluta y no podrán gobernar como antes. Un líder verdaderamente preocupado por deshacer las contrarreformas de la brutal derecha española y suavizar el trance que nos depara Bruselas estaría ya negociando una estrategia parlamentaria común con el PSOE y otras fuerzas de izquierdas. No amenazando. No tomando nota. No pensando únicamente en su coleta.

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Una cacicada dentro de otra

La única manera de enaltecer a un mentiroso es acumular más mentiras. Es lo que está ocurriendo con un mentiroso culposo e impresentable, José Manuel Soria, exministro de Industria, Turismo y Energía, al que el Gobierno español está a punto de  proponer como uno de los director ejecutivo del Banco Mundial. Tanto el presidente en funciones, Mariano Rajoy, como la secretaria general del PP, María Dolores de Cospedal, han presentado este tránsito casi como una oposición administrativa de José Manuel Soria, que se habría presentado como candidato al cargo en su condición de técnico comercial del Estado. Es absolutamente falso este miserable galimatías que Rajoy y Cospedal intentan hacer pasar por una explicación razonable. Soria no se ha presentado sensu estricto a ningún concurso de méritos. El político y empresario grancanario no ocupa su plaza de alto funcionario desde 1995: más de veinte años en los que se ha dedicado a la política en una trayectoria jalonada de escándalos, denuncias, procesos, titulares purulentos, enfrentamientos furibundos, arrogancia cesárea y nombramientos grotescos.  Ciertamente en este proceso de selección “desde tiempo inmemorial” (como ha escrito un eminente apologeta de Soria) son bienquistos los economistas y técnicos comerciales del Estado, pero lo comprobable es que la condición de ex ministro es el criterio de valoración más preponderante. Y el señor Soria dimitió no porque se le haya demostrado un delito concreto, en efecto, sino por mentir una y otra vez a los ciudadanos por las razones de su aparición en los llamados papeles de Panamá.  Desde hace más o menos un año circulaba por los medios políticos y periodísticos que Soria quería abandonar Madrid y desarrollar su carrera en el extranjero. Varios medios de comunicación señalaron, incluso, a los Estados Unidos como próxima residencia profesional del expresidente del PP de Canarias. Esta operación llevaba tiempo negociándose y ultimándose como salida de lujo para Soria, y si se concreta ahora es porque se agotan los tiempos para que el Gobierno español presente a su candidato a director ejecutivo – que comparte con Venezuela y Colombia, por cierto – que debe ser nombrado oficialmente el próximo otoño.
Esta bicoca es, por tanto, una cacicada dentro de otra. Una vieja cacicada, que se hace pasar como método de valoración neutral, y que privilegia a uno u otro cuerpo funcionarial para que sea más fácil repartirse el pastel. Luis de Guindos, firme apoyo de Soria en el gabinete de Rajoy, es asimismo técnico comercial del Estado, como lo es su sobrina Beatriz de Guindos, en la actualidad directora adjunta en el Banco Mundial.Un procedimiento de selección que lleva desarrollándose muchos lustros  y en la que la discreccionalidad que practica el Gobierno resulta legalmente muy cuestionable. Y un candidato que ha dimitido desacreditado por sus incesantes mentiras y al que la prensa internacional comenzaba a poner a parir.  Soria nunca se ha ido. Lo han echado. Demasiada mierda lastrando  las alas del Icaro provinciano.

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Metáforas inaugurales

No sé por qué se deben rechazar las metáforas que nos ofrece la realidad.  Borges dijo una vez (o muchas) que las mejores metáforas, aquellas que comprendemos y aceptamos como algo íntimo y a la vez compartido, son las obvias: el tiempo y el río,  la vida y el sueño, el cabello de la amada y el oro. Ayer, en el nuevo Congreso de los Diputados,  dominaron dos metáforas. Una de ellas la ofrecía un diputado que, elegido en las listas del PP, se había marchado al grupo mixto, y allá arriba, en lo alto del hemiciclo, procuraba esconderse tras una columna. El tipo se apellida Gómez de la Serna – como el pobre Ramón, gran creador de metáforas deslumbrantes – y está investigado por la Fiscalía por trapichear con su escaño y sus relaciones políticas a favor de empresarios emprendedores por un módico porcentaje. Este falso Gómez de la Serna  — el auténtico, por supuesto, es el inventor de las greguerías – no es otra cosa que las campanillas de leproso del Partido Popular. Llegas al nuevo Congreso, después de haber perdido millones de votos y decenas de escaños, pero con la sonrisa puesta, la decidida voluntad de diálogo, el patriotismo constructivo por sobre todas las cosas,  el desdén por los viscosos egoísmos y personalismos ajenos,  y de repente suenan las campanillas, Gómez de la Serna triscando por los pasillos, saludando a un compañero, moviendo los pies, como un perrillo nervioso en el escaño que usurpa, y ese discurso, el penúltimo antes del naufragio definitivo, el apurado discurso de la dignidad de un ganador derrotado pero fiel a sus principios, en fin, es infectado por un incontrolable olor a podrido que recuerda instantáneamente los últimos años: el reparto de sobres, la trama Gürtel, los tesoreros enchironados, el nepotismo vomitivo, la prostitución de las instituciones, el capitalismo de amiguetes. Gómez de la Serna es el pasado inmediato del que el PP no puede escapar porque, cuanto más corre hacia un futuro oscuro, más ensordecedoras suenan las campanillas.

La otra metáfora, por supuesto, es la de Carolina Bescansa con su bebé. Dejemos al lado las intenciones propagandísticas de la señora Bescansa en aparecer con su bebé en el Congreso de los Diputados.   Yo creo – aunque solo sea una suposición – que el bebe metaforiza al elector más entusiasta de Podemos, pero con la esperanza de simbolizar algún día una amplia mayoría de ciudadanos. Por el momento la criaturita encarna a los que gritaban ayer en las inmediaciones de la Cámara Baja que estos sí nos representan, haciendo gala, por enésima vez, de su satisfecho analfabetismo político: todos y cada uno de los diputados representan al pueblo, a los electores y, en suma, al conjunto de los ciudadanos. A los que se tragan que un acuerdo como el trazado para constituir la Mesa del Congreso de los Diputados podría obviar que el PP fue la fuerza más votada y se indignan mucho porque otros no han consentido el sórdido filibusterismo parlamentario de expulsar a los conservadores del órgano de gobierno de la Cámara o reducir su presencia al mínimo. A los que se creen que la Mesa del Congreso puede impedir que se presenten o aprueben proyectos legislativos. A los que en definitiva están felizmente resignados a que Pablo Iglesias los acune, les suelte unas carantoñas, se enfade mucho, pero mucho, si el PSOE no le hace caso y, al final, te regale la piruleta de una frase inmortal para usar y tirar. Por ejemplo, “por fin la gente ha llegado al Parlamento”. La gente es el y los suyos, por supuesto.
Ayer, efectivamente, comenzó una legislatura con una pluralidad de partidos y fuerzas – las decididas por los electores y por nadie más – más amplia que las anteriores. Pero también inició su carrera parlamentaria un populismo feroz y despepitado, obsesionado con una interminable espectacularización de la acción política,  que no se conocía por la carrera de San Jerónimo desde el lerrouxismo. Un lerrouxismo con coletas o con rastas pero sin leontina. No se puede (por el momento) tener de todo.

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