Política cultural

Este pueblo ignorante y despectivo

Lo reconozco. Ignoraba – más adelante se enterarán ustedes de lo ignorantes que somos los canarios – que la comisión de Cultura del Parlamento de Canarias hubiera asumido la elaboración de un diagnóstico (una suerte de severo dictamen) sobre la actual situación cultural del país, con el auxilio de un montón de expertos, en su mayoría expertos, sobre todo, en preguntar periódicamente qué hay de lo suyo. El enésimo diagnóstico en los últimos veinte años, porque la gestión cultural en Canarias está más diagnosticada que la gonorrea en Tailandia. Es ya hastiante, incluso, recordar los antecedentes en las últimas legislaturas, incluida esa encuesta entre creadores y gestores culturales, debidamente externalizada a cambio de un pastizal, realizada en la etapa de Alberto Delgado como viceconsejero de Cultura, y de la que se presumió hasta la náusea desde el Gobierno autonómico. Debidamente complementada por los expertos – en fin, por otros expertos – las autoridades autonómicas ya disponían de un instrumento analítico para diseñar una estrategia cultural realista, pragmática y eficaz. Y, en efecto, luego se coció un profuso documento que recogía esa masturbatoria estrategia, de la que no queda ni rastro, por supuesto, en la praxis de la Viceconsejería de Cultura, que actualmente ocupa, y nada más que ocupa, Aurelio González, un asombroso superviviente político de su propia irrelevancia en la gestión.
Y qué más da. Un nuevo análisis palabrero no le va a hacer daño a nadie. Sobajemos de nuevo esa atormentada abstracción, la cultura canaria, para descubrir otra vez desde el Atlántico nuestros queridos mediterráneos, para insistir en la obviedad más purulenta, para denunciar irrelevancias que a nadie escandalizan, humedecer los ojos, mascullar bajito la desesperanza, ejecutar un hercúleo ejercicio de impotencia, descubrir la humedad del agua, la poquedad de la miseria, el sabor mierdoso de la mierda. La mayor parte de las conclusiones se merecen la pedrada o la carcajada. Ese prodigioso descubrimiento sobre la muy escasa coordinación entre las administraciones públicas en materia de gestión y programación cultural, por ejemplo. En ese mismo Parlamento el profesor Oswaldo Brito, hace más de un cuarto de siglo, apuntaba a ese crónico desencuentro, pero sus señorías, indiferentes a todo lo que no sea su patriótico empeño, no van a admitir que se limitan a canturrear evidencias, lugares comunes, contradicciones mil veces subrayadas y lánguidas estupideces.
Sin embargo la comisión de Cultura, presidida por Juan Manuel García Ramos, y con representación de todos los grupos parlamentarios, ha aportado una auténtica novedad: insultar a los ciudadanos. Atención: “Solo la inmensa ignorancia y el desprecio de buena parte de la sociedad canaria acerca de su propia cultura e historia impiden el justo reconocimiento de la obra de sus creadores”. ¿No es admirable que los representantes denuncien valientemente  a los representados? ¿No es portentoso que los diputados –entre ellos, por ejemplo, Josefa Luzardo, a cuyo lado uno sospecha que palidece la erudición de Menéndez Pelayo – se dediquen a afearle su atroz ignorancia a buena parte de sus votantes? Confieso que lo que más me gusta es que la comisión parlamentaria encuentra lamentable tanta ignorancia porque afecta al reconocimiento merecido por los creadores. No por el valor intrínseco de la creación cultural, sino porque los artistas no resultan suficientemente estimados. Es una de las obsesiones propias de la mediocridad pueblerina: el reconocimiento. Ni se escribe, ni se pinta, ni se esculpe ni se hace música o cine para conseguir ningún puñetero reconocimiento, sino porque uno no tiene más remedio. La comisión – y sus expertos – no lo entienden así. Los novelistas deberían tener preferencia en la cola de la panadería, los poetas estar exentos de las propinas en los restaurantes, debería ser obligatorio preguntar respetuosamente a los pintores, si te los encuentran en la calle, sobre la evolución de su admirable obra en los últimos o próximos diez años, y los ciegos no tienen excusas para no caer de rodillas ante el cine canario. Respeto, coño, respeto. Los diputados son discípulos aventajados de Bertold Brecht. El gran poeta alemán ya les indicó el camino: “Tras la sublevación del 17 de junio/la Secretaría de la Unión de Escritores/hizo repartir folletos en el Stalinallee/indicando que el pueblo/había perdido la confianza del gobierno/y podía ganarla de nuevo solamente/con esfuerzos redoblados. ¿No sería más simple/ en ese caso para el gobierno/ disolver el pueblo/y elegir otro?”. Ya lo ven. Ustedes, que redactan y promulgan las leyes, que en algunos casos llevan media vida en cargos públicos, no tienen ninguna responsabilidad en la catastrófica, errática y estúpida  política cultural  que se ha llevado a cabo desde los años ochenta del siglo pasado.  Lo mejor es disolver al pueblo y elegir otro.
Respetando la triple paridad, por supuesto.

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Ahorrarnos la vergüenza

Siempre sospeché que si el Festival de Música de Canarias se consiguió transformar, desde su fundación a mediados de la década ochenta, en el único proyecto cultural que ha conseguido sobrevivir en esta malhadada autonomía es porque estuvo a cargo durante casi sus primeros veinte años del singular talento y el sólido gusto de Rafael Nebot. Ciertamente Nebot, amigo íntimo de Jerónimo Saavedra, terminó ejerciendo una suerte de mandarinazgo incontestable y un tanto agorafóbico, pero créanme ustedes,  sin ese aislamiento, sin el temor que infundía  una personalidad como la de Nebot y el respeto que producían la solvencia de su criterio y sus dotes organizativas, sin el espléndido aislamiento que vivió el Festival de Música durante esa prolongada y fructífera etapa,  en fin, el producto no hubiera madurado y, muy probablemente, no hubiera siquiera sobrevivido. Recuerden ustedes los ilustrísimos pelafustanes, malas bestias unguladas y sordos irremediables que –con excepciones – pulularon por la política cultural canaria en esos veinte años y llegarán a la misma conclusión.
Pero se marchó Nebot y a los tres años estalló este cambio de modelo económico y de relaciones políticas y laborales que llamamos tramposamente crisis, y los sucesivos gobiernos autonómicos, todos comandados por presidentes coalicioneros,  no entendieron jamás que el Festival de Música de Canarias es (debe ser) un objetivo político de máximo nivel, no un problema financiero que hay que soportar como una cruz presupuestaria año tras año. A pesar de una tímida probatura con Telefónica, no se consiguió encontrar patrocinadores privados estables, y si no se consiguió, fue, sencillamente, porque no se intentó de veras: consejeros, viceconsejeros, directores generales, asesores y asimilados bailaban la danza de la lluvia cuando el presidente del Gobierno llamaba desesperadamente a alguna gran organización empresarial para solicitarle el compromiso de algunos cuartos. Siempre se ha dicho que el Festival de Música de Canarias era muy caro, pero muchísimo más oneroso resulta, en términos de economía social, mantener todo ese divertido montaje que se llama Cultura en Red. Lo peor no es que cada año se recortara el presupuesto del Festival de Música; lo peor que es cada vez se ponía al frente del proyecto a alguien con más discutibles credenciales profesionales y culturales, hasta llegar al día de hoy, en el que el actual coordinador  del Festival de Música — en cuya designación participó activamente David de la Hoz, musicólogo que en sus ratos libres ejerce como secretario general de CC de Lanzarote — propone incorporar a las orquestas municipales al programa y dejarse de tanto Mozart, Beethoven, Wagner o Berg, que aquí en la tierra hay mucho talento entre el mojo y la morera. Antes de que este sujeto, pisoteando la indiferencia de la consejera de Turismo y Cultura – ah, qué gran ocurrencia, y cómo se nota en esta feliz coyuntura – y de todo el Gobierno, arrastre al festival a una caricatura vergonzosa de sí mismo, es preferible que lo cierren. Han tardado lo suyo en arruinar el Festival, pero al fin lo han conseguido, y el penúltimo  oligofrénico recomendado por el último político recomendable nos arrancará a todos las orejas y las llevará en el cinturón como el melómano caníbal que dice ser. Por favor, chapen este mezquino despropósito de una vez por todas. Ahórrennos la vergüenza.

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Ceniza de la nada

Me disponía a a escribir sobre los disparates que se han debido leer o escuchar respecto a los 130.000 niños canarios en riesgo de pobreza o exclusión social. Pero habría que explicarles a unas cuentas decenas de partidos, sindicatos, plataformas y periodistas que esta categoría de análisis se refiere a una pobreza relativa, porque lo que mide el riesgo de pobreza no es la pobreza en sí, sino la desigualdad. No son 130.000 niños destinados a la malnutrición y la miseria, sino 130.000 niños cuyos padres tienen unos ingresos cuya ausencia, modestia o discontinuidad ponen en riesgo su adscripción a la clase media o a la clase media baja. Bah, es inútil intentar ser preciso. Lo malo es que también es  igualmente inútil rastrear la comparecencia de la consejera de Turismo, Cultura y Deportes, María Teresa Lorenzo, en el Parlamento de Canarias. Después de tantos tumbos a la política cultural la han terminado arrinconando en el turismo, decisión que jamás ha sido explicada cabalmente por nadie y que en la praxis gubernamental, hasta ahora, carece de cualquier justificación. Se supone que se trataría de transformar la cultura isleña en un producto turístico más y que algo así también debería ocurrir con los deportes. No sé, quizás los canarios deberían saber y comprender – desde la escuela y los centros de secundaria – quiénes son Viera y Clavijo, Tomás Morales,  Manolo Millares, Pedro García Cabrera o Juan Negrín antes de pretender convertirlos en souvenirs, que me gustaría ver cómo lo hacen, porque incluso para estandarizar productos culturales es imprescindible ocasión, mercado y cierto talento. Algún gracioso viceconsejero propuso que en los grandes hoteles de nuestros sures rutilantes se sugiriese la contratación de pintores canarios para decorar con algunas obras los restaurantes y salones de los establecimientos. Me gustaría ver a un inglés devorar sus judías con bacon mientras se extasía en la contemplación de un Ramiro Carrillo. O tal vez no. Los desayunos (continentales o no) son muy traicioneros.
La política cultural ha devenido una fantasmagoría tan obvia – solo fantasmas pueden mantenerse con un presupuesto económico tan miserable, tan cargado de olvido, indiferencia o desprecio –  que hasta el portavoz parlamentario de CC, Juan Manuel García Ramos, pudo darse el gusto de ningunearla, y además lo hizo hábilmente y con argumentos incontestables. “Me molesta que no haya un euro para el Ateneo o para el Círculo de Bellas Artes y sí para Manolo García, Estopa y la noche del tango”, dijo García Ramos con tanto realismo como resignación. Oh tiempo, oh mores… ¿Qué fue de Septenio? ¿Qué ocurrió con esta excelsa estupidez que llamaron Estrategia Canaria para la Cultura? ¿Y esa maravillosa e iluminadora encuesta entre intelectuales, artistas y gestores culturales?  ¿Y todas las cuchufletas de la legislatura pasada? Nada. Es un poco de ceniza sin orientación ni concierto ni la huella de la suciedad siquiera en este presente desértico y brutal. La evolución de la política cultural en Canarias, desde el intervencionismo  ostentoso, pamplinero y derrochador de los años noventa y principios de siglo hasta este miserabilismo de dinero, ideas y voluntades me  recuerda el poema de Pepe Hierro: “Después de todo, todo ha sido nada,/ a pesar de que un día lo fue todo./ Después de nada, o después de todo/supe que todo no era más que nada (…) Ahora sé que la nada lo era todo/y que todo era ceniza de la nada”.

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El muerto y el tabasco

Dicho con claridad: el Museo Canario, la institución fundada en 1879 por algunos egregios representantes de la muy modesta facción ilustrada y progresista de la burguesía de Las Palmas de Gran Canaria, arrastra una situación agónica desde hace cinco largos, asfixiantes, angustiosos años. Este arduo ejercicio de supervivencia, que ha llevado a reducir su pequeña plantilla, a restringir los horarios de acceso público a los servicios de hemeroteca, biblioteca y archivo, a renunciar a atender cualquier emergencia espacial, organizativa o tecnológica, es fruto directamente de la estúpida tacañería del Gobierno autonómico, cuya reducida aportación presupuestaria anual a las instituciones culturales del Archipiélago (en Tenerife podrían citarse el Ateneo de La Laguna o el Círculo de Bellas Artes de Santa Cruz) prácticamente ha desaparecido. Es un ahorro mezquino y cominero que atenta contra cualquier concepto de rentabilidad sociocultural: el Museo Canario supone un instrumento singularmente útil (más de 30.000 escolares y turistas lo visitan y más de 8.000 personas utilizan su biblioteca y salas de lectura cada año) a cambio de un coste llamativamente bajo. ¿Ahorro? El Ejecutivo regional cuenta entre su personal político con tres directores generales (Cultura, Cooperación y Patrimonio Cultural y Deportes) cuyas apocadas funciones y presupuestos podrían fundirse perfectamente en un único cargo, lo que supondría un ahorro superior a 100.000 euretes anuales.
Una diputada del PP afeó esta situación en el pleno parlamentario de ayer a la consejera de Políticas Sociales y Cultura, la señora Inés Rojas, quien respondió que mantenía conversaciones con don Gregorio Chil y Naranjo, eximio científico y fundador del Museo Canario fallecido en 1901, para solventar la situación. Una risera descomunal ha infectado en las últimas horas las redes sociales para burla y escarnio de la consejera. Desde luego, la señora Rojas representa una de las mayores catástrofes de gestión en el Gobierno de Paulino Rivero, una dolorosa impugnación de esa disparatada costumbre coalicionera de las cuotas insulares, una oportunidad que raramente falla para practicar la vergüenza ajena, pero he visto el video de su intervención en la Cámara y ningún diputado tuerce el gesto al escuchar su bochornoso despropósito. Se enteraron después. Si a la mayoría de los escandalizados les hubieras hablado de Chil y Naranjo hace un par de días lo hubieran tomado como una referencia a una marca de tabasco. Los del PP, concretamente, se han reído mucho. Que vuelva Rita Martín, ese prodigio político e intelectual que estuvo al frente de la Consejería de Turismo, para que nos explique el chiste y nos haga un resumen en tres folios de los Estudios históricos, climatológicos y patológicos de las Islas Canarias.

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Abajo el ukelele

Cuentan los periodistas más veteranos que, en sus tiempos, era impensable desconocer el nombre del capitán general de Canarias mientras hoy casi nadie, en una de nuestras destartaladas redacciones, recuerda el nombre del jefe militar de la región. Cuando yo era infeliz y documentado, en cambio, muchos escribidores conocían el nombre y a veces incluso los dudosos milagros de los viceconsejeros y directores generales de Cultura. Durante unos años las secciones de Cultura de los periódicos locales tomaron fuelle y comenzó a tratarse en las mismas en relato y el diagnóstico de las políticas culturales de las administraciones públicas y germinaron suplementos que, a menudo, merecían la lectura (pienso, únicamente en Tenerife, en los admirables desvelos de Daniel Duque o Eduardo García Rojas). Todo eso (casi) se ha acabado. La información cultural que suelen ofrecer hoy los diarios se sustenta en la gacetilla escuálida, la nota de prensa emputecida, las entrevistas letárgicas y los titulares insignificantes. Así que no les extrañe que incluso a periodistas que suelen practicar (entre otras muchas charcuterías) la información cultural no sepan que el actual director general de Cultura del Gobierno autonómico se llama Xerach Gutiérrez Ortega.
Esta debilidad periodística, esta exhausta indiferencia por la catastrófica política cultural que desarrolla el Gobierno canario en un cementerio de ideas y propuestas  lo analiza el señor Xerach Gutiérrez como una prueba de madurez profesional. Lo pueden leer ustedes en una entrevista dadaísta que le hacen al director general en la web creativacanaria.com: una de las mayores explosiones de necedades, inconsecuencias y dislates en boca de un responsable político que he leído en muchos años. Gutiérrez guarda en su cráneo más perlas que Pitita Ridruejo en el armario y muestra la misma tendencia a levitar: “los empresarios de la cultura no se sienten empresarios”, “llegamos a tener más compañías teatrales que en Madrid”, “cuanto más culto es un pueblo mejores son sus decisiones”, “ahora valoramos mucho los programas que yo llamo vacas lecheras”,  “hay personas cuya profesión es ser pobres”,  “los presupuestos los hace la gente de Hacienda, que no saben que es cultura ni nada”…Yo me quedó, sin embargo, con el proyecto que Xerach Gutiérrez, sefún su propia confesión,  pondría en marcha si dispusiera de generosos recursos financieros: “un programa de internacionalización del timple”. Porque, en efecto, es triste, muy triste que la gente en Oregón, en Madrid o en Estambul sigan inclinándose, desdichadas víctimas de la ignorancia, por el ukelele.

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