socialdemocracia

Último round

Apasionados por las apuestas se ha obviado generalmente que el pasado domingo el PSOE ya desarrolló un capítulo importante de regeneración interna: por primera vez su secretario general fue elegido democráticamente por los militantes con plenas garantías procedimentales. Sería interesante contemplar en un brete semejante al PP, a Coalición Canaria o a Izquierda Unida, pero tardaremos en verlo o lo harán nuestros nietos. El PSOE ha hecho un favor al sistema político español con un magnífico ejercicio de democracia interna que no queda deslucido por surgir en el seno de una crisis formidable de la socialdemocracia española. Pero el garantismo del procedimiento –el voto directo y secreto de todo militante al corriente de sus cuotas —  no impide las influencias de líderes y aparatos burocráticos y resulta muy cómico que esto se denuncie como una impureza intolerable, porque se me antoja muy difícil de imaginar cualquier circunstancia en la que una organización política carezca de aparato burocrático ni de dirigentes connaturalmente intervencionistas.
Quizás Pedro Sánchez era el candidato menos abiertamente reformista de los presentados, cuyo programa electoral se mostraba menos comprometido (o más vaporoso) con un giro a la izquierda del PSOE. Lo que ocurre es que tal giro a la izquierda es, básicamente, una entelequia. Es curioso: mientras Podemos y (en menor grado y de forma un tanto mimética) Izquierda Unida se esfuerzan en aumentan su base socioelectoral apelando no solo a votantes y exvotantes socialistas, sino hasta a “la gente decente que ha votado al PP” (Juan Carlos Monedero dixit), desde los mismos rincones se exige perentoriamente al PSOE que se izquierdice. El PSOE – como simulan hacer los dirigentes de Podemos e IU – no tiene otra izquierda a la que acercarse que su malherida identidad socialdemócrata, es decir, la defensa y corrección del Estado de Bienestar, de las libertades públicas y privadas consagradas por la Constitución, de la reforma del modelo político-territorial del Estado, del combate contra la corrupción política y a favor de la reconstrucción de su autonomía frente a los poderes financieros y empresariales. Así se consigue una mayoría social y electoral y no agitando banderas que ya otros ondean. Ya es bastante complejo y duro el trabajo para pensar en otra cosa. Pedro Sánchez – le guste poco o mucho – está condenado a hacerlo. Una nueva decepción, un nuevo fracaso, otra renuncia mentirosa y agorafóbica le costaría al PSOE su ya fragilizada posición como partido con opciones reales para materializar una alternativa política y parlamentaria de gobierno.

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Regresar al reformismo

Cuando en el futuro se construya un relato histórico de la crisis de principios del siglo XXI, desde un punto de vista político, económico y presupuestario, el año 2013 constituirá un punto de inflexión decisivo. A partir de entonces podrá comprobarse que la crisis – en toda su compleja dimensión fiscal y crediticia, nacional y continental – no se limitó a producir dolorosos costes sociales. La crisis está transformando socialmente el país – entienda usted aquí España o Canarias – y Europa parece decida a pisotear y enterrar el proyecto social y cultural que concedía la más sólida base de legitimidad de las instituciones y políticas comunitarias desde Berlín hasta Lisboa. Entre otros hitos esa transformación social pasa por el desmantelamiento del Estado de Bienestar – no por reformas que racionalicen su operatividad y garanticen su supervivencia – la tolerancia de una alta tasa de desempleo estructural, la fragmentación de las clases medias, la privatización y/o monetarización de servicios públicos, sin excluir la administración de justicia, la salvaguardia de los intereses financieros, la satanización o criminalización de la disidencia y, al menos en España, una regresión cultural hacia valores conservadores en lo religioso y lo moral con el apoyo manifiesto o implícito del Estado en el ámbito de lo público. Las izquierdas parecen incapaces de reaccionar o, mejor dicho, se limitan a reaccionar, sin poder ofrecer un diagnóstico propio y un conjunto de propuestas priorizadas, coherentes y viables: un programa político. Un programa político que consiga transformar la realidad y evitar un capitalismo indomesticable, para lo que es condición indispensable conocerla, registrarla, metabolizarla. Es decir, un programa político radicalmente reformista. El programa político propio de una socialdemocracia que – en expresión de Ludolfo Paramio – es actualmente una socialdemocracia maniatada.

Existen otras izquierdas. Las izquierdas celestiales. Izquierdas e izquierdistas que piden al mismo tiempo salir del euro y establecer una renta básica universal, no pagar la deuda pública e iniciar un programa de inversiones en obra civil, ganar las elecciones y ciscarse en el sistema político-electoral, ocupar un escaño en el Congreso de los Diputados y salir a la calle para unirse a manifestantes que gritan no nos representan. Las izquierdas que agitan un papelito –sin una gramo de análisis económico – en el que se afirma que se podrían recaudar fiscalmente 60.000 millones de euros más pero que olvida que la deuda pública y privada suman más de un billón de euros en este país y que se encuentran, en buena parte, interrelacionadas, las izquierdas que prometen el pleno empleo pero para lo que lo mejor sería regresar a la legislación laboral de 1982. Una combinación letárgica entre populismo, radicalismo y viejas fórmulas de la socialdemocracia de entreguerras. “Que la realidad”, dice el viejo adagio periodístico, “no me estropee un buen titular”. “Que la realidad”, podrían remedar las izquierdas celestiales, “no me estropee una buena revolucioncita, pero sin hacer pupa a nadie”.  Ahora lo mas florido –y se hace mucho desde el cielo de la izquierda redentora — es equiparar el PP y el PSOE. José Luís Rodríguez Zapatero llegó al poder con un proyecto incompleto, bastante oportunista y no suficientemente meditado, pero bastaría con recordar la ley de Dependencia, el matrimonio homosexual, los avances políticos y legislativos a favor de la mujer, el incremento de las becas o el aumento de los presupuestos  públicos de I+D+I para comprender que incluso un socialdemócrata tan moderado, mercadotécnico y errático como Rodríguez Zapatero presenta diferencias apreciables con la derecha española.

Una parte fundamental del nuevo reformismo socialdemócrata está relacionado necesariamente con el presente y el futuro del proyecto de la Unión Europea. En un libro reciente y muy interesante, La crisis de la socialdemocracia, Ignacio Urquizu plantea que la cesión de soberanía nacional a la UE se ha traducido en una desdemocratización  de la vida política española, francesa, italiana, etcétera. Las restricciones a la capacidad de los gobiernos democráticos nacionales – su cada vez más limitado margen de maniobra – no han tenido como contrapartida en la capacidad de los ciudadanos europeos de influir en las instituciones supranacionales. Solo desde Europa se pueden implementar un ambicioso programa de reformas socialdemócratas – desde una fiscalidad común hasta planes de inversiones que actúen como estímulo económico– que ahora están vetadas a los gobiernos nacionales. Desde este punto de vista la Unión Europea es el principal teatro para la revitalización de la izquierda reformista, subsanando los errores de concepción de la arquitectura político-institucional europea y rompiendo la hegemonía ideológica cultural del neoconservadurismo: el Banco Central Europeo no puede seguir teniendo como único objetivo, por ejemplo, el control obsesivo por la inflación. En el ámbito de un capitalismo globalizado solo cabe responder con eficacia democrática y verdadera capacidad de reforma desde una unidad política supranacional.

Esto no quiere decir – desde luego, el profesor Urquizu no lo dice – que fuera de Bruselas y Estrasburgo no se pueda hacer nada. En realidad está todo por hacer. Desde la reforma de los partidos socialdemócratas –rompiendo la oligarquización enquistada y renovando los sistemas de selección de élites dirigentes y candidatos – hasta propuestas concretas en materia económica, laboral y fiscal. ¿Por qué el Estado de Bienestar solo puede financiarse a través de  aportaciones de los trabajadores y no complementariamente con impuestos específicos? En la alta tasa de desempleo que soporta España (no se diga Canarias) incluso en ciclos de crecimiento sostenido, ¿no ha incidido en absoluto una legislación laboral que dualiza terriblemente el mercado de trabajo? ¿El contrato único es realmente una pesadilla de derechas o una oportunidad? ¿La denominada mochila austriaca no podría ser un complemento de una pensión de jubilación pública? ¿Por qué la izquierda se ha dejado secuestrar por la derecha las virtudes del mérito y del esfuerzo, cuando la izquierda siempre amó en el pasado –quizás un poco exageradamente, es cierto – la meritocracia? En su libro, el profesor Urquizu establece tres fases en la evolución de la socialdemocracia: reformismo, remedialismo y resignación. Se trata, precisamente de, adaptándose a los imperativos de una  realidad mucho más compleja y dinámica, que la que vivió el viejo Bernstein, de romper esa resignación de gestores de buena voluntad y resultados indiscernibles de la derecha y volver a la senda reformista.

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Zapatero

He votado por José Luis Rodríguez Zapatero dos veces. Nunca me ha gustado. En una ocasión, en un grupo de veinte personas, lo tuve delante, sentado en una mesa, durante una hora larga. Tuvo suerte conmigo. Acababa de ser elegido secretario general del PSOE y todavía fumaba públicamente como un carretero, así que me despalilló casi media cajetilla de tabaco. Al principio preguntó con una timidez azul en la mirada: “¿Tienes un cigarrillo?”. Para los tres siguientes tuvo un gesto cordial. El resto los tomó con discrecionalidad mientras hablaba con todos. No me fío de las personas que te miran siempre a los ojos, porque todos tenemos algo que ocultar, un reproche irreproducible, una herida de timidez belicosa. La naturalidad es la pose más difícil de todas, y Rodríguez Zapatero sabía que su mirada era su mejor instrumento de seducción y la utilizaba a fondo sin entrar nunca a fondo en nada. Sus respuestas eran inocentemente astutas o astutamente inocentes: le daba en parte razón al interlocutor, siempre, para luego recomponerla con un par de brochazos de un elástico sentido común socialdemócrata. Al final una señora que llevaba un móvil incrustado en la oreja advirtió que tenían que irse inmediatamente. Y el secretario general se levantó y se fue con una frase de despedida como disculpa: “Me traen y me llevan”. Y se marchó, escoltado y esquinero, hacia la gloria fugaz y demoledora de los presidentes, cuyo destino final es corroborar, hasta la soledad más insondable, que las flores del poder crecen en los estercoleros y todas se marchitan y se pudren pétalo a pétalo, supurando mierda, sobre su propia alma.
No creo que tuviera un proyecto político sólido y articulado para España. Tenía objetivos, por supuesto: fortalecer el Estado de Bienestar, instituir los derechos de tercera generación que le había soplado Philip Petit, crear su propia guardia de corps mediática y, por supuesto, culminar la estandarización del PSOE como una marca comercial más jerarquizada y burocratizada que nunca. Pero en su estrategia programática se registraban carencias que el tiempo ha patentizado: estructura político-territorial del Estado, relaciones internacionales, política energética. Rodríguez Zapatero vivió con deleite en la trampa de todo socialdemócrata cuyo reformismo se detiene ante la economía real y lo fía todo en las bondades de la redistribución sin un gesto que moleste a las oligarquías financieras y empresariales, sin mover ni un taburete de un modelo económico tramposo y rapaz lleno de lámparas fraudulentas, hipotecas cachivaches, alfombras cubriendo basura sangrienta y alibabases de mármol y de escayola. Por pura torpeza y miedo tardó en asumirlo: este capitalismo es irreformable, y cuando lo necesita su ólica interna ordena y manda imperativamente, pero él no. Él puede reformarse. Y está en la faena. “Me traen y me llevan”. Exactamente.

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La jauría

Un amigo se encoge de hombros y musita: “Pero si esto es lo que siempre repiten los socialdemócratas en coyunturas de crisis: hacerle el trabajo sucio a la derecha”. Mi amigo, al fin y al cabo, es un optimista. Todavía piensa que esto es una crisis, no una mutación histórica que acabará, más pronto que tarde, afectando a los sistemas políticos democráticos, a la titularidad pública de los servicios sociales y asistenciales, a nuestra visión de nosotros mismos y a la definitiva obsolescencia de los propios valores socialdemócrata. Esto no es una crisis cíclica, sino una crisis estructural, y en la noche oscura de los mercados todos los gatos son pardos, lleven cascabel liberal, conservador o socialdemócrata. José Luis Rodríguez Zapatero (como Papandreu en Grecia o Sócrates en Portugal) lo ha vuelto a demostrar, al igual que ha vuelto a desdecirse después de afirmar hace un par de semanas que el Gobierno no contemplaba nuevas medidas de ahorro. A partir de febrero los parados de larga duración dejarán de percibir los 426 euros de ayuda. Los mismos 426 euros que la exvicepresidenta, Fernández de la Vega, garantizó que se prolongarían “mientras fuera necesario”.
Alrededor de 600.000 personas en España (y varias decenas de miles de ciudadanos en Canarias) se quedarán sin un duro para enfrentarse al desempleo. Los sociólogos explican que la supervivencia de los desempleados pivota, precisamente, en dos soportes: los subsidios y la solidaridad en el ámbito familiar. A esta cantidad de personas al borde del abismo de la mendicidad habrá que sumar – según los cálculos de las centrales sindicales – otras 250.000 a finales del próximo año si la creación de puestos de trabajo sigue en negativo o simplemente estancada. Respecto a la solidaridad de las redes familiares, los rumores acerca del recorte de las pensiones – los abuelos representan un recurso económico nada despreciable para las familias desempleadas — señalan que el Gobierno se plantea un recorte medio del 10% a partir de enero, sin perjuicio de seguir metiendo tijera si los malabarismos para ajustar el déficit fiscal así lo demandan.
En un viejo cuento ruso, una madre escapa con sus hijos de una jauría de lobos conduciendo vertiginosamente un trineo. Como ve que las bestias se acercan empieza a sacrificar hijos tirándolos al camino. Rodríguez Zapatero nos está echando a los lobos sin pestañear, ni siquiera a la hora de mentir. Lo hace con una sonrisa de circunstancias. Mariano Rajoy lo haría fumándose un puro. Es la única diferencia.

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