democracia

Sillones y democracia

¿Lo de la renovación de los sillones del salón de pleno del Parlamento? Sencillamente me importa un bledo. La renovación va a salir por unos 105.000 euros, pero estoy seguro que el mobiliario contratado llegará, mientras que de los cuatro millones gastados al borde de la ilegalidad para comprar mascarillas quirúrgicas durante la pandemia no veremos jamás un duro (ya está descartado, desde luego, que se reciba una puñetera mascarilla) y aquí no ha pasado ni previsiblemente pasará nada. Al personal le entusiasma inmoderadamente que los órganos de gobierno parlamentario se gasten partidas en comprar cafeteras, croquetas, agua mineral, teléfonos móviles o sillones porque son una sabrosa ocasión, sencilla y directa, para cabrearse con nuestras élites políticas. Pero los problemas de la gobernanza en Canarias, y de la política parlamentaria en particular, son otros, más graves y que, a la corta o a la larga, nos salen democráticamente y a veces económicamente más caros.

Por ejemplo, que sea un caballero, Casimiro Curbelo, quien decida quien gobierna la Comunidad autónoma. Lo decidió la pasada legislatura (y el beneficiario por CC) y lo decidió en esta (en la que lo fue el PSOE). La reforma electoral de 2018, que renovaría tantas cosas según las cursiladas técnicas más estilosas, nos ha devuelto a la etapa anterior a 1996, cuando alguno o varios de los pequeños partidos marcaban el devenir político regional. Como el señor Curbelo quería grupo parlamentario propio puso como condición poder formarlo con solo tres diputados, y se reformó instantáneamente el reglamento de la Cámara para satisfacerlo. Espero, con cierto escepticismo, que la extensa y densa lista de concesiones y regalías a Curbelo y sus mariachis se conozca algún día. Representa una anomalía democrática. Casimiro Curbelo es el elefante en el salón de plenos que nadie quiere ver pero que todos anhelan acariciarle la trompa.

El uso y abuso fraudulento del reglamento parlamentario, las inexcusables dilaciones para facilitar documentación, la práctica cada vez más habitual de no responder a las preguntas de la oposición y en el mejor de los casos sustituir las respuestas por circunloquios entre cínicos y majaderos o la costumbre de utilizar el parlamento como seguro electoral a todo riesgo, simultaneando candidaturas y a veces cargos – alcaldes, presidentes de cabildo – forman parte de la patología de la política canaria, y si no obsérvese el trabajo parlamentario (prácticamente nulo) de una presidenta del cabildo y una exalcaldesa y concejal que simultanean sus responsabilidades locales con el escaño. También ocurre con alcaldes socialistas, coalicioneros y conservadores. Por supuesto esto socava la calidad parlamentaria y empobrece el debate democrático. Especialmente cuando están ahí simplemente para cobrar.  Esta práctica es  –también – una forma respetable de corrupción política y sale mucho más cara que setenta sillones nuevecitos y relucientes.

No conviene olvidar los recursos asignados a los grupos parlamentarios. Siempre se habla de los sueldos y dietas de sus señorías y muy rara vez de la morterada que se llevan los grupos parlamentarios anualmente y que asciende a muchos cientos de miles de euros. Lo más asombroso es que todavía hoy esos gastos son fiscalmente opacos. Los grupos parlamentarios no deben dar cuenta a nadie por la gestión de sus asignaciones, es decir, pueden gastar las perritas en lo que se les antoje, sin mayor preocupación o compromiso de transparencia.

 Así que no me hablen de la renovación de los sillones donde ponen sus honorables nalgas los diputados y diputadas que, por cierto, son los mismos desde finales de los años ochenta. Desde un punto de vista institucional, democrático y financiero debería preocuparnos bastante más nuestro culo que el de sus señorías. Los sillones se renuevan fácilmente: basta con firmar una factura. El sistema de la democracia parlamentaria no. 

 

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Crónica parlamentaria. Un parlamentarismo sin periodistas.

Edificio Parlamento de CanariasOcurrió durante la pregunta de rigor –simplemente retrasada 24 horas  – de la señora Nira Fierro al presidente don Ángel Víctor Torres sobre la feliz celebración en Canarias, el próximo mes, de la Conferencia Ministerial de Economía Digital. Me admiraba yo lo que se puede hacer con una voz profunda, una ambición rastacueril y un hábil corta y pega de Wikipedia cuando me dí cuenta: en la tribuna de prensa no había nadie, absolutamente nadie más que un servidor. Quizás terminé de despertarme en ese momento. Las preguntas al presidente, sin duda, devienen trascendentales, pero me atreví a ausentarme  y me aproximé a la sala anexa donde los plumillas podemos utilizar varios ordenadores y disfrutar de las sesiones plenarias a través del circuito cerrado de televisión. Nadie. Bajé a los pasillos corriendo el riesgo de que algún ujier me echara una bronca. Nadie tampoco. Si se obviaba mi humilde presencia, el pleno de la Cámara regional se celebraba sin ningún periodista siguiendo las intervenciones ni los debates. Seguro que a las propias señorías no les parece así, pero se trata de una situación insólita, estúpida y, a la vez, democráticamente alarmante. ¿Para quién estaban hablando los diputados? ¿Existe parlamentarismo democrático sin periodismo, sin periodistas, sin nadie que acerque esos montoncitos de palabras, esas rapajoleras perfomances, tamizadas críticamente, a los ciudadanos que les han votado y que pagan todo esto? Regresé a la tarima y llamé a algunos compañeros peninsulares. Les conté mi desierto de los tártaros y me explicaron –desde sus respectivas experiencias profesionales – que resultaba inconcebible que en los parlamentos vasco o catalán o en las cortes valencianas no hubiera periodistas, “incluso hablando simplemente de las comisiones, no te digo de los plenos”.  “Pero, ¿ni siquiera están los medios públicos?”, me preguntó otro. Debí responderle que no. Aquí viene la tele autonómica con ocasión de los grandes saraos o aparece una presentadora dominical para regalarle un cargamento de preguntas triviales a este o aquel portavoz. En cuanto la radio pública sigue siendo una hipótesis casi siempre difícilmente verificable.

Ahora le tocaba a Torres responder a su secretaria de Organización para contarte que Canarias será en pocas semanas “el epicentro mundial de la tecnificación (sic) y la transformación verde”. Recordé el reciente Congreso del PSOE (canario). A los periodistas nos pusieron al fondo, cerca de los retretes, una metáfora seguramente involuntaria. Nadie mencionó a la prensa, ni le dio la bienvenida ni agradeció su presencia en ningún momento: estaban demasiado ocupados poniendo vídeos y festejándose hasta el delirio. No sé planificó ningún encuentro, ninguna rueda de prensa, ninguna entrevista. ¿Para qué? Los periodistas son perfectamente prescindibles. Ya tienen una función entre decorativa y simbólica en congresos, inauguraciones y simposios  y, por lo visto, también en el Parlamento, donde ni están, ni se les espera. Los únicos periodistas presente en nuestra augusta asamblea legislativa son los encargos de los gabinetes de prensa de cada grupo parlamentario, que mandan puntualmente y qué remedio las tontadas de sus diputados a las redacciones. Así pueden sus señorías expectorar las mayores bobadas sin testigos incómodos ni filtro interpretativo de ninguna naturaleza. Son babiecadas cada vez más gordas, más asombrosas, más borboteantes. Anotaré unas cuantas antes de desaparecer yo mismo. Manuel Marrero siempre arrastra a Franco al salón de plenos. Patea sin piedad al exGeneralísimo hasta su escaño y desde ahí gana cada quince días la guerra civil. Lo suyo es necrofilia y lo demás es tontería. O al revés. Ayer denunció otra vez, como anteayer, la larga y ominosa sombra del franquismo y también a aquellos que todavía sueñan en una España “una, grande y libre”, grrrr, alerta antifascista, alerta antifascista, grrrr. Luis Campos y la coreografía de sus diez deditos portentosos. Esta es buena: “El covid y el volcán (parece el título de una novela de Luis Sepúlveda) han demostrado que pueden relacionarse de otra forma la administración pública y la ciudadanía”. Pero, ¿qué está diciendo este sujeto y merced a qué espasmo cerebral? En todo caso, por supuesto, lo dice en la calle Teobaldo Power, porque en La Palma se andaría con más cuidado y se metería las manos en los bolsillos. Y el relato milagroso del ángel de Torres y sus bienaventuranzas. Hablando de la creación de empleo, que cuando no es empleo público, es empleo basura. Atención: “el empleo ya estaba subiendo con fuerza en los últimos meses de 2019”.  Torres tomó posesión en julio de 2019 y el empleo que se generaba cien días más tarde ya era el preciado fruto de su portentosa gestión. ¿Pregunta el PP? Son de derechas, ah, y el convenio de carreteras, ah, y la Gürtel. ¿Pregunta CC? Ustedes gobernaron 26 años, ah, y si digo 30 nadie va a protestar. ¿Pregunta Vidina Espino? Creo que no lo ha entendido bien, señora Espino. Y todo eso con ritmo, chascando los dedos, vamos que nos vamos.

Dos disparates ya más gregarios. La comparecencia de Elena Máñez para fantasear o sestear sobre la empresa canaria, la búsqueda del talento y la relevancia, oiga, de la I+D+i. Lo que leyó la señora Máñez podía referirse perfectamente al país de la abeja Maya. Maya, como Máñez, vuela y vuela sin cesar en un mundo sin maldad. Su Gobierno sigue manteniendo a las universidades a pan y agua y no ha sido capaz de consensuar y diseñar un nuevo sistema de investigación, desarrollo e innovación para Canarias, pero nadie le va a amargar la clase de yoga de esta tarde. ¿Qué dice usted, señora? ¿Qué la empresa canaria es muy competitiva? Debe ser por su productividad, por supuesto, y por privilegiar, en efecto, el talento creativo. El talento es inequívocamente importante. Si tienes suficiente talento puedes estar licenciada en Historia y dirigir la política económica de un país en crisis estructural. Lo que usted diga, que no estamos aquí para darle disgustos. Lo más impactante, sin embargo, fueron las críticas con ligero sabor a excomunión que se llevó la diputada palmera Nieves Lady Barreto, que se atrevió a discrepar de algunas acciones y previsiones del Ejecutivo para afrontar la crisis volcánica. Barreto explicó que estaba ahí para fiscalizar la acción del Gobierno y presentar propuestas, pero que la voluntad de unida y colaboración no significa abandonar las responsabilidades como oposición. Campos y Marrero, que habían intentado actuar como mamporreros de la unidad de acción, la miraban con desconfianza. Discrepar con el Gobierno es casi un crimen de lesa palmeridad, un ataque al buen camino tras las fuerzas progresistas, un frenesí antidemocrático. La mejor colaboración a la que debe prestarse la oposición es no oponerse a nada: todo lo demás es sospechoso. Barreto no pareció demasiado impresionada. Pero ya se sabe que será (deberá ser) la recién nacida comisión parlamentaria parala reconstrucción de La Palma. Una claque del Ejecutivo en la que cualquier crítica será acallada como un intolerable electoralismo  

Antes de almorzar abandoné el Parlamento. Fuera se había despejado el cielo y un intenso azul se apoderaba de todos los horizontes. Me invité a un cortado a mí mismo y me expliqué lo muy jodido que estaba el oficio, exhausto reflejo de una democracia degradada, degradante, culiparlante. Reaccioné muy mal, la verdad. La próxima vez me mando un comunicado por wassapp.     

 

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Ejemplaridades

La ejemplaridad es el valor que sirve de eje para la admirable pero un poco angelical tetralogía del filósofo Javier Gomá. Para Gomá la ejemplaridad es un requisito necesario de la democracia, construcción humana producto de la experiencia que intenta buscar un horizonte trascendental más allá de de nuestra mísera finitud. La democracia nos permite – por así decirlo –sobrevivir humanamente sobre una moral pública compartida como espacio colaborativo y solidario. La ejemplaridad es el más decantado producto del compromiso democrático que contraemos para ser y seguir siendo ciudadanos. Una forma pública de la sinceridad, una materialización del compromiso con nosotros mismos y con los demás. Es difícil contradecir un desarrollo argumental tan delicado y noble como el de Gomá, que termina incluyendo  la propuesta de “un consenso sentimental de una comunidad libre y con buen gusto” (sic). Estupendo, pero para alcanzar ese nivel de feliz abstracción uno tiene que tener aprobadas, por lo menos, unas oposiciones al cuerpo de letrados del Consejo de Estado.

Deploro que Gomá no explique demasiado detalladamente lo que entiende por democracia o que, en general, categorice fenómenos o instituciones políticas y sociales en una campana de cristal, artificiosamente ajenos a todo conflicto o contradicción. Quizás por eso puede afirmar cosas tan asombrosas como que “si la mayoría de los políticos fueran ejemplares, las leyes serían menos necesarias”, lo que es tanto y tan relevante como aseverar que si existieran más personas bondadosas, las personas malvadas se sentirían más solas e incapacitadas para provocar dolor, daño o aflicción. La ejemplaridad, igual que la honestidad o el sacrificio por el bien común, puede ser lo que parece, pero también puede formar parte del festival de simulacros en la que viven instalados partidos, dirigentes o mandamases varios. Tal vez un par de ejemplos recientes puedan explicarlo mejor.

El administrador único de RTVC ha optado por la red social Twitter para explicarse a propósito del nonato programa Mentes divergentes, que le cedió –al parecer gratuitamente –el Cabildo de Tenerife a la televisión pública, un programa de entrevistas realizadas por el polifacético vicepresidente Enrique Arriaga y que fue presentado en una rueda de prensa con la participación del propio Francisco Moreno. En un punto de su peregrina apología, Moreno tira, precisamente, de la ejemplaridad para explicar que solo por ser patológicamente responsable sigue atado al potro de tortura que supone su cargo. “Espero que esta acabe pronto”, parece gemir a manos de sus sádicos contradictores. Es difícil creer que la dimisión de Moreno supondría el fin del mundo, ni tan siquiera de esa pequeña porción del mundo que es RTVC. Se intuye que el administrador único imagina las manifestaciones en Taco o La Isleta con miles de personas gritando, como en Amanece que no es poco: “¡No te marches, Paco, que todos somos contingentes, pero tú eres necesario!”.

El otro caso de posible ejemplaridad impostada que puede citarse es el del exdiputado y exsecretario de Organización de Podemos, Alberto Rodríguez, que se ha descolgado con un comunicado en el que anuncia urbe et orbe que va a solicitar su reingreso a su puesto de trabajo en Disa como “obrero industrial”. Rodríguez se deleita advirtiendo que podría utilizar los contactos adquiridos en política para encontrar un lugar supuestamente más plácido, pero que él prefiere volver a su curro para ganarse el pan y tal. Cuanto más publicitada esté la ejemplaridad, como una medalla que se pone a sí mismo el interesado, más cabe sospechar sobre su sustancial real. Cientos de políticos vuelven cada tres, cuatro, ocho años a su curro original sin lanzar al viento comunicados emocionantes. Y por otra parte, si Rodríguez pretende encabezar o promover un nuevo movimiento político de izquierda entera y verdadera en Tenerife y Canarias, su credibilidad quedaría muy dañada en caso de apoltronarse en cualquier sinecura. Una ejemplaridad la suya hábil, elegante y astuta, pero sobre todo, muy previsora.

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Memoria y olvido

Sí, estoy de acuerdo en que retiren los restos de Francisco Franco del Valle de los Caídos, un conjunto monumental de una vulgaridad ciclópea creado por el dictador a mayor gloria de su triunfo criminal y de su propio caudillaje. Cuando el 1 de abril de 1959 la Basílica fue inaugurada, Franco se acercó al arquitecto y director de las obras, Diego Méndez, y le comentó: “Bueno, Méndez, y en su momento, yo aquí, ¿eh?”. El franquismo nunca se asumió como un régimen abierto a todos los españoles. Por su propia naturaleza ni podía ni quería suscribir ningún propósito conciliatorio, Su  mundo ideológico distinguía perfecta y aviesamente entre vencedores y vencidos y así se mantuvo hasta el final.  Por lo demás el Valle de los Caídos forma parte del patrimonio del Estado y resulta bastante repulsivo que acoja el mausoleo de un déspota sanguinario. Y, sin embargo, no deja de ser entre decepcionante y cansino escuchar a las izquierdas hablar de Franco en el Congreso de los Diputados como si fuera un enemigo al que se debe exterminar cuarenta años después de muerto. Este país sería un lugar adulto y maduro si un simple decreto estableciera la desaparición del mausoleo y la entrega de los restos a la familia del dictador, sin una derecha que remolonea estúpidamente para no correr el inaudito riesgo de parecer rogelia ante las muchas decenas de miles de votantes filofranquistas, y una izquierda empecinada en mantener a Franco con respiración simbólica asistida.

En uno de sus últimos libros Todorov señalaba la aparición en Europa de un culto nuevo y obsesivo, “el culto de la memoria”.   Recuperar una memoria falseada, secuestrada, olvidada deviene sin duda un deber ético, pero insistir en rescatar toda memoria y cualquier memoria con porfía y dramatismo supone entrar en un dédalo de contradicciones en el que todos los materiales e intenciones no son dignos ni nobles. Entre otras razones, porque cualquier operación de rescate de la memoria se realiza selectivamente desde unos supuestos culturales e ideológicos concretos y que, por supuesto, no se comparten con unanimidad. Hace unos días el Parlamento de Canarias decidió que en los museos de las islas “debería explicarse el genocidio de los guanches”. Admitamos que se trató de un genocidio para no lastimar la sensible piel de sus señorías.  En todo caso, un acto cruel y bárbaro sin duda. Pero me pregunto – sin demasiado entusiasmo — cuándo pediremos perdón los canarios por haber sido plaza de compraventa de esclavos, por ejemplo. En Las Palmas de Gran Canaria, en Santa Cruz de Tenerife, en La Laguna y en algunas otras localidades isleñas se vendieron esclavos, fruto de las sacas que se practicaban bajo estrictos criterios empresariales en las costas africanas. Algunos se quedaron aquí, comprados para trabajar, en condiciones bastante peores que las de un diputado, en los ingenios azucareros.

También en numerosas ciudades españolas las nuevas fuerzas izquierdistas, izquierdosas o izquierderas han multiplicado propuestas para llenar todas las calles de lápidas y paneles que divulguen y exalten a víctimas del pasado próximo y remoto, con especial preferencia por la Guerra Civil y la II Guerra Mundial. La alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, pretende señalar, para que no se olviden jamás, los lugares de tortura y confinamiento durante el franquismo más duro. Arcadi Espada ha preguntado inmediatamente si se incluirá una placa en el domicilio natal del prócer catalanista Franscisco Cambó, que financió a Franco y a sus ejércitos con cientos de millones de pesetas de la época. Lo peor de esta tendencia son dos cosas. Primero que si existe una serpiente peligrosa agazapada en la memoria histórica es fundamentar su rescate y asun su reivindicación misma en el patetismo y la victimización. Y segundo, que el número de víctimas, individual y colectivamente consideradas, es virtualmente infinito, y pronto no se dispondría de espacio para los peatones. Ni para la convivencia. Ni quizás para la memoria misma, que está hecha de recuerdos y olvidos, y no de una luz cegadora y justiciera. No se debe recuperar ni conservar la memoria para tener siempre la razón.

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Con permiso

No sé si escribir sobre Venezuela. Imagino que uno debería de pedir permiso. Permiso a la derecha española, que considera a Venezuela, celosamente, un valioso y aterrador comodín, una severa advertencia que le sale gratis para explicar lo que ocurriría en este país si un día, no lo quiera Dios Nuestro Señor, el PP pierde las elecciones y los bárbaros entran en la ciudad, como predijo Cavafis – un primo lejano y ligeramente vicioso de Andrea Levy –. Permiso a las izquierdas, para las que hablar o escribir sobre Venezuela – si no es para alabar las dotes políticas o coreográficas de Nicolás Maduro – resume una forma de complicidad con la derecha más reaccionaria y corrupta de Europa, porque cada vez que se critica al chavismo se pierde la oportunidad de criticar en ese mismo instante a Mariano Rajoy y sus cómplices y, además, muere un gatito que siempre siempre se llama Vladimir.

Correré el riesgo. Que me sirva como eximente de esta grosería ser venezolano y tener familiares y amigos en Venezuela, más los que tengo aquí, refugiados en Canarias después de huir de su país para poder vivir con cierta dignidad y sin el pánico asfixiante de ser asesinados, heridos o secuestrados en cualquier momento del día. Y sin soportar la autoritaria, militante y cada vez más invasiva y mentirosa imbecilidad del chavismo, por supuesto. Se podría empezar por el aislamiento penitenciario de Leopoldo López. Su traslado desde su modesta celda a un agujero incomunicado y que, después de más quince días, aun no ha sido debidamente reportado a sus abogados. Es innecesario tener una magnífica opinión sobre las convicciones ideológicas de Leopoldo López, en realidad es irrelevante, para admitir la farsa judicial que condujo a su condena – leer la sentencia produce una vergüenza ajena que te lleva hasta el vómito – y denunciar su entierro en vida. Controlan el gobierno federal, la inmensa mayoría de los gobiernos estatales y los municipios, las fuerzas armadas, la judicatura y los sectores económicos estratégicos, pero debe evitarse a cualquier precio que Leopoldo Pérez pueda hablar con nadie, porque con su traidora saliva es capaz de tejer macabramente un golpe de Estado entre labio y labio, entre grito y grito, entre el hambre y el dolor. Porque los señores y señoras del régimen chavista son débiles, son víctimas, son los bondadosos, casi melancólicos acosados. Los pobres policías armados hasta los dientes acosados por decenas de miles de manifestantes en camiseta y guayaberas. Sí, acosados, que lo he leído en las hojitas parroquiales (digitales o no) de nuestros admirables izquierdosos. Siempre ocurre igual: los policías aterrados por los manifestantes que gritan ¡gloria al bravo pueblo! a un nivel de decibelios inequívocamente contrarrevolucionario y que no tiene otro objeto que destrozar con alevosa crueldad los tímpanos a los gorilas uniformados.

¿Y la convocatoria a una constituyente? Hace muy pocas semanas el cada vez más payasesco (y miserable) Nicolás Maduro anunció que las elecciones estatales que fueron suspendidas el pasado diciembre se celebrarían este mismo año. No ha sido suficiente, por supuesto. Las encuestas que maneja el gobierno no solo señalan que Maduro sería desalojado del poder, sino que perderían en la mayor parte de los estados en liza. Así que se les ha ocurrido una idea realmente ingeniosa: hagamos una nueva Constitución. De acuerdo, el mismo Maduro salmodió que la Constitución era la Revolución y que la Revolución era la Constitución y todas esas pendejadas que se le ocurren en el retrete al compañero presidente, después de consumir demasiados tequeños, pero da lo mismo. Se convoca, por tanto, una constituyente, vulnerando los procedimientos establecidos en la Constitución vigente para hacerlo, y lo más arrecho de todo es que quienes la redactarán no serán los diputados, ni siquiera una futura asamblea elegida democráticamente para tal objetivo, sino ciudadanos previamente cooptados por el Gobierno.

Disculpen unos y otros por hablar de Venezuela. Es una de mis patrias y una pútrida cuadrilla de canallas endiosados, servidos por el interés mezquino y la estupidez lacayuna, la están aplastando, vampirizando, aniquilando, enmierdando económica, social y moralmente.

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