Román Rodríguez

Crónica parlamentaria. Esto es una catástrofe pero nos va muy bien.

Cuando el cronista se despertó, Ángel Víctor Torres seguía ahí, escuchando una pregunta de  Manuel  Domínguez, que de casadista de estricta observancia pasó a feijooísta entusiasta y casi arrebatado, bueno, como le ocurrió a todo el PP. Domínguez frunce el ceño muy bien pero su código gestual recuerda demasiado al doncel de don Enrique el Doliente. “Mis arreos son las armas,/mi descanso es pelear,/mi cama las duras peñas,/ mi dormir siempre velar”. El alcalde de Los Realejos le preguntó al exalcalde de Arucas sobre las escuelas infantiles privadas, cuyos propietarios ni siquiera han sido recibidos, pese  a su respetuosa insistencia, por la consejera de Educación del Gobierno autonómico. Domínguez no sabía explicarse las razones del Gobierno para rechazar acuerdos o convenios con las escuelas infantiles privadas cuando, ciertamente, Canarias registra un déficit de las mismas. Comprenderán ustedes que el presidente Torres lo tuvo fácil. Su Gobierno quiere escuelas infantiles públicas y gratuitas y se van a inyectar 40 millones de euros para disponer de 5.000 plazas antes de que finalice 2025. Por supuesto se le aplaudió mucho desde la bancada de la mayoría y los infelices y desatendidos propietarios de las escuelas privadas desaparecieron como una pompa de jabón en el salón de plenos.

Cumplidos dos años y medio de legislatura Ángel Víctor Torres ya tiene perfectamente pulido su modus operandi parlamentario. El presente político es siempre una crisis de la que no es responsable pero que se encasqueta en la cabeza como una corona de espinas. En el Parlamento sus mejores momentos han sido sus peores momentos, cuando perorateaba como un cristo socialdemócrata – el Señor de las Pandemias — y Nira Fierro le cantaba saetas lacónicas pero íntimamente muy sentidas. El pasado es una pesadilla protagonizada por Freddy Krueger, es decir, por Coalición Canaria, y el futuro, que está a dos pasos así chillen los derrotistas, es donde nos aguardan unas islas prósperas, justas, resilentes, verdes, feministas y abiertas al mundo.  Con estas cuatro referencias el hombre va escapando. Ayer, por supuesto, fue más de lo mismo. Con decir que lo más novedoso consistió en que los micrófonos de la mayoría de los escaños no funcionaban y muchos diputados tuvieron que hablar con un micrófono portátil, como si estuvieran en un karaoke. Se nota que Vidina Espino no le gustan. Luis Campos cantaría sin problemas un corrido mexicano. Manuel Marrero, en cambio, entonaría Te recuerdo Amanda.  Marrero siempre está recordando lo triste que es el pasado, cuando no existía Podemos ni Yolanda Díaz. El rasgo más asombroso –aunque ya normalizado – de la mayoría en la sesión plenaria es que ya sea una pregunta oral o una interpelación o cualquier otro formato los portavoces del PSOE, Podemos o Nueva Canarias dedican las tres cuartas de su tiempo en lancear a la oposición, no a preguntar al Ejecutivo o a proponer iniciativas o soluciones. Uno de los diputados más eficaces y eficientes en la consecución de este objetivo es el señor Iñaki Lavandera, que se ocupa de fiscalizar meticulosamente a la oposición, y no solo actualmente, sino también a lo que la oposición hizo en el pasado, cuando gobernaba, e incluso lo que hará en el futuro, si no cae un rayo sobre ella y pulveriza definitivamente su canallesca maldad. Ya lo dijo ayer por enésima vez: CC y el Partido Popular representan el egoísmo, la insolidaridad, la mezquindad, la torpeza, la primacía de los intereses particulares sobre los generales, la inutilidad, la incapacidad para desarrollar políticas a medio y largo plazo y muchas cosas más que el lector curioso puede encontrar en el Necronomicón.

Honestamente – si un cronista parlamentario puede ser honesto y no solo víctima propiciatoria de su cansancio o su aburrimiento – no cabe esperar mucho más en los próximos meses de a mayoría gubernamental y del propio Gobierno, que se ha encerrado a esperar que escampe. Así lo evidenció ayer Román Rodríguez, vicepresidente y consejero de Hacienda, que ni siquiera parece dispuesto a sacar la mano de la ventana para comprobar si sigue lloviendo. Se supone que Rodríguez fue interpelado para que comentara qué pensaban hacer para apaciguar el efecto de la inflación en Canarias, pero no dijo una palabra al respecto, y comenzó a emitir, según su costumbre, un jacarandoso resumen de titulares de prensa sobre las decisiones de la Reserva Federal, el Banco de Inglaterra y el Banco Europeo, o la decisión de Joe Biden de meter en el mercado internacional un millón de barriles de petróleo estadounidense al día, o lo del gobierno alemán tomando el control de la filial de la gasística rusa Grazprom y otras flores de actualidad. La coalicionera Rosa Dávila le replicó sarcásticamente que es una pena de Rodríguez no fuera presidente de la Reserva Federal o secretario general de las Naciones Unidas, porque al parecer tenía ideas espléndidas para la gobernanza económica mundial, pero no para Canarias.  El vicepresidente se irritó y citó una y otra vez que Hacienda devolverá hasta julio el 99% del impuesto autonómico sobre el combustible a agricultores, pescadores, ganaderos o taxistas hasta julio. Una medida necesaria y acertada, pero claramente insuficiente.

Es alarmante tanta tranquilidad gubernamental como la que se desprendió de los debates de ayer. Porque no parece serenidad política, sino temor paralizante. Sí, han venido muchos turistas, pero la gran mayoría había contratado su paquete vacacional en Canarias antes de la guerra en Crimea y de que la inflación enloqueciera. No, no es posible crecer al ritmo en el que lo ha hecho la economía canaria en el primer trimestre del año con un petróleo que supera los 100 dólares por barril y que puede dejar atrás los 120 dólares en pocas semanas. Es delirante el discurso gubernamental escuchado ayer que presenta Canarias como un archipiélago burbuja al que no afectará ni la guerra, ni el encarecimiento de la energía y de materias primas, ni una inflación que se mantendrá muy alta, al menos, hasta fin de año. “Somos muy dependientes”, reconocía como una evidencia elemental el presidente Torres ayer, y repetía su vicepresidente mirando el techo o los titulares del New York Times.  Todo es una catástrofe pero no se puede discutir que nos va muy bien. Pero esta dependencia estructural no impide al Ejecutivo y a las fuerzas parlamentarias que lo respaldan dibujar Canarias como una Shangri La rodeaba de nieves amenazantes pero instalada en una eterna e indestructible  primavera. Al final –tenía que ocurrir tarde o temprano – hemos terminado creyéndonos nuestros propios eslóganes turísticos.

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El miedo a arriesgar

El Gobierno autonómico ha decidido devolver casi en su totalidad el impuesto autonómico sobre los combustibles a agricultores y ganaderos. Y hacerlo con carácter retroactivo, desde el pasado día 1. Por supuesto, no se ha limitado a informas sobre la medida, sino que la ha trompeteado durante 24 horas como un logro excepcional de gestión. Incluso Román Rodríguez ha subrayado que tan prodigiosa iniciativa se contrapone a la demagogia populista de aquellos que propugnan bajadas generalizadas de impuestos “que pondrían en peligro el sostenimiento de los servicios públicos”. Rodríguez se refiere, claro está, a enemigos imaginarios, porque yo no escuché a nadie exigir rebajas generalizadas de impuestos en el reciente debate sobre la nacionalidad canaria. Tanto Coalición como el PP  –sobre todo la primera —  propusieron bajadas de tributos muy específicas, limitadas y de carácter temporal. Muchos, muchos aplausos al Gobierno por una decisión que debió tomar hace quince días. Mucha, mucha perplejidad, a constatar de nuevo que no se considera una prioridad el suministro de forrajes porque, según la consejera de Agricultura, Akicia Vanoostende, Canarias dispode de forraje para ganado para “prácticamente un mes”, así que al parecer no ocurre nada. Ya veremos lo que ocurre dentro de cuatro semanas.  Cabe sospechar que la consejera piensa que el conflicto de transporte por carretera en la Península se solucione en los próximos días. A lo que parece demasiado dispuesta es a considerar que los forrajes, como los fertilizantes por ejemplo, culebrean por una escalada de precios muy preocupantes. Los fertilizantes han aumentado su precio alrededor de un 20% desde principios del presente año.

El equipo que dirige Ángel Víctor Torres sigue apostando por la estrategia de los parches en espera a que los tres principales nubarrones de la economía española (y europea) se disipen: el conflicto del transporte, la guerra en Ucrania y su impacto en el precio de los combustibles y las tensiones inflacionistas. No es imposible pero no se antoja a nadie demasiado probable. Sobre todo es evidente que  nos ha sobrevenido un schock energético vinculado con la invasión de Putin, pero no provocada exclusivamente por su villanía. No solo el precio del gas, sino el del petróleo se ha disparado en las últimas semanas. Ningún observador económico más o menos ecuánime apuesta por una bajada rápida en los próximos meses. Contra las incoherencias del Gobierno canario en este asunto, dictadas por el más aúlico de sus sus altos y bajos cargos, el viceconsejero Olivera,  nadie se escandaliza por las rebajas de impuestos en situaciones como las que vivimos. En un reciente artículo, los economistas Luis Puch y Antonia Díaz resumían muy bien las propuestas a corto plazo más solventes –que compartían – para los poderes públicos. “Si el schock energético es  transitorio conviene complementar en el muy corto plazo las ayudas directas que se barajan con rebajas transitorias en la imposición indirecta y con redistribución desde los ganadores hacia los perdedores de esta crisis… Para todo ello es necesario tener presente que cuando la oferta no es competitiva, sino que se compone de pocos operadores, el sistema de asignación debe ser uno que incorpore la negociación”. Esto último, por supuesto, compete a Europa, y se complementa con la reconsideración del carácter estratégico de las grandes empresas energéticas: puede ser necesario, ahora mismo lo es, que regrese el Estado, como apuntado Macron en Francia.

A corto y cortísimo plazo existen por tanto medidas de alivio fiscal que no son estrafalarias y que Canarias puede implementar desde su relativa –pero nada insignificante – autonomía fiscal. Yo no creo que no se haga por ignorancia. No se hace porque –por supuesto – tiene costes, como toda decisión política, y los actuales gobernantes no están dispuestos a correr ningún riesgo a poco más de un año de las elecciones autonómicas y locales.

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Crónica parlamentaria. Rorró se ríe en el rincón gomero.

El principio del pleno se retrasó lo suyo –más de media hora –por el retraso de las conexiones aéreas entre Tenerife y varias islas. Porque los diputados son como las hadas, que llegan y se van volado, aunque el polvo de las alas se los pague usted. Como si temiera una revuelta Gustavo Matos había dejado su mochila ocre ocupando su butaca presidencial. Sus señorías, en pequeños grupos, masticaban su propio aburrimiento, con Vidina cada vez encoalicionada; Julio Pérez recordando tal vez la ominosa dictadura franquista con Manuel Marrero, que un par de horas más tarde había de advertir a los que querían una España “una, grande y libre” que no pasarán; los del PP siempre distantes entre sí, como una familia de erizos, y Juan Manuel García Ramos en su escaño, buscando en el móvil un verso de algún poeta neozelandés para asombrar al respetable. Por fin a las 11.03 sonaron los timbres convocando a los diputados y al par de minutos Matos, ya con la mochila en el suelo, declaró abierta la sesión plenaria.

En el banco azul se nota la ausencia del presidente Ángel Víctor Torres, que estaba en La Palma,  acompañado por Casimiro Curbelo como consejero supernumerario del Gobierno autonómico. Torres estaba de nuevo junto al volcán para vender que ya su Ejecutivo había soltado los 1.140 millones para pymes y autónomos y los tres millones y medio para agricultores, y es cierto, lo que no significa exactamente que ya esté disponible para la totalidad de los afectados, lo que no ocurrirá hasta dentro de diez o quince días.  Pero tenía prisa, mucha prisa para que no se le pueda reprochar que antes de fin de año sigue sin llegar un céntimo a La Palma. Torres se ha convertido en una pesadilla para sus subordinados, porque exige ininterrumpidamente que se agilicen los malditos expedientes y se pague ya. Con el presidente ausente varios corifeos pudieron descansar; Nira Fierro, por ejemplo, tuvo una mañana muy relajada.

Las primeras preguntas fueron para Román Rodríguez que, como siempre, estaba encantado. Si en un remoto futuro algún historiador despistado quiere conseguir una imagen de Rodríguez deberá leer un cuento maravilloso de Max Beerbohm titulado Enoch Soames; ahí aparece el diablo, un diablo mentiroso, jactancioso y sin escrúpulos, que muestra el mismo humor vitalista y el mismo código gestual polichinesco que Rodríguez. El vicepresidente y consejero de  Hacienda respondió a preguntas de García Ramos sobre la UE o a Nieves Lady sobre la planificación de la recuperación económica y social de La Palma; en ambos casos lo hizo con su facundia acostumbrada para no decir absolutamente nada. Cuando contestaba a la diputada palmera, por ejemplo, Rodríguez dijo que “había que repensar la economía de La Palma con criterios de  sostenibilidad”  lo que no pareció entusiasmar a su señoría. Más tarde, en otra comparecencia, el consejero de Obras Públicas, Sebastián Franquis, insistiría en que “todavía” se estaba en la fase de emergencias. Lo que no acaba de entender el Gobierno es que en una erupción volcánica de larga duración no puede aplicarse un cronograma lineal, es decir, la atención a las emergencias no puede ni debe posponer el diseño de una estrategia de análisis y recuperación económica.  El vicepresidente también fue interrogado por esos preocupantes informes previos sobre la reforma del sistema de financiación autonómica y del asombroso propósito que respiran: volver a anclar el REF en el sistema, lo que supondría para Canarias no solo vulnerar el Estatuto, sino perder cientos de millones de euros anualmente. Por supuesto todas las fuerzas políticas insistieron en que no tolerarían semejante agresión, menos el PSOE que, como suele ser habitual, piensa que todo es un malentendido entre caballeros (y damas) y no pasará nada grave. Curiosamente los más ardientes detractores estuvieron entre los diputados de Nueva Canaria. “Esta actitud previa del Ministerio de Hacienda nos tiene muy preocupados” dijo María Esther González, “y no vamos a tolerar ninguna rebaja de nuestros derechos”. Incluso Rodríguez musitó, fue un poco difícil escucharlo, que sumar de nuevo los recursos del REF a la cuota canaria en el sistema de financiación autonómico “sería jugarse el autogobierno”. Sería, en efecto, exactamente eso. Sería un mensaje explícito a la comunidad canaria: resígnense ustedes a una autonomía de segunda.

Rodríguez demostró, poco después, que en materia de grosería está bien servido, y que entiende que en la Cámara regional existen grupos parlamentarios de primera y de segunda. La diputada Socorro Beato (CC) había solicitado la comparecencia del vicepresidente para que explicara los avances (o empantanamientos) del proceso de transferencia de las nuevas competencias registradas en el Estatuto de Autonomía de 2018. Rodríguez se zafó de las explicaciones y se las endilgó a Julio Pérez, tal vez la criatura más omnívora del gabinete, porque siempre se come lo que le manden. De los tres ámbitos competenciales por cuya transferencia se ha interesado el Ejecutivo canario – ordenación de costas, tutela financiera y promoción y defensa de la competencia – no se han producido avances sustanciales en ninguno, lo que quedó perfectamente claro pese a los juegos malabares de Julio Pérez, que sembró varias genialidades tornasoladas siempre con una pizca de paciencia patriarcal: “vamos hacia un modelo de cogobernanza”, “obtener nuevas competencias no es más importante que ejercer correctamente las que ya tenemos”, “la verdad que no son tantas las nuevas competencias del Estatuto, no se crea”. Es como si le hubieran preguntado su opinión como caballero bien informado, no como si tuviera que responder a una demanda de información de la oposición. Beato fue dura y precisa con Rodríguez, leyó el articulado del Reglamento Orgánico del Gobierno, que atribuye al vicepresidente la coordinación en la gestión de las transferencias competenciales, y le acusó de escurrir el bulto, porque no tenía que ofrecer, después de dos años y medio, ningún avance a la Cámara. Para entonces ya había ocurrido lo más sorprendente: Román Rodríguez había abandonado el banco azul y se había largado a un escaño del grupo de la Agrupación Socialista Gomera, abriendo una animada tertulia con Jesús Ramos Chinea. Al ratito se acercó Luis Campos y subió el volumen de la conversación y se escucharon algunas risas. Mientras tanto Socorro Beato seguía preguntado, refiriéndose directamente a Rodríguez, y Julio Pérez seguía respondiendo.

Esta jocosa ordinariez del señor Rodríguez, montando numeritos en el salón de plenos con un comportamiento indigno que no tiene otro objetivo de burlarse de una diputada, sobrepasa ya cualquier límite, y debería tener una respuesta. No es ya una descortesía parlamentaria: es una palmaria grosería.  Imagínense ustedes que en medio de una comparecencia de un ministro que la sustituyera por medio de una artimaña, la vicepresidenta Nadia Calviño abandonase el banco azul y se marchara a contar chistes y hacer chirigotas a los escaños del PNV. Es exactamente lo que ocurrió ayer en la Cámara regional. Eso sí: quedó meridianamente claro que las transferencias a las que obliga el nuevo Estatuto de Autonomía están encalladas y que cuando ocurre eso al vicepresidente lo que se le ocurre es reírse del Parlamento. Como si fuera un merendero. El suyo.

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El poder de un Gobierno rico en una sociedad empobrecida

 

Román Rodríguez: "No vamos a tocar la fiscalidad ni recortaremos el gasto  público" - La Provincia

Estoy aplastado en la tribuna de prensa del Parlamento de Canarias. Sobre mí, como sobre el espinazo de todos los presentes, caen las decenas, cientos, miles de millones que el vicepresidente y consejero de Hacienda, Román Rodríguez, anuncia un día tras otro desde que salimos del confinamiento pandémico. No sé cuánto dinero es ya. Un río de euros incesante que salen triunfalmente de la boca de Rodríguez para salpicarnos de gozo y dejar claro a la oposición que no tiene nada que hacer y a los ciudadanos que no hay que preocuparse: Dios (es decir, el Gobierno) proveerá. Y entonces se consolida mi convicción de que esto no va a salir bien. No quiero decir que, necesariamente, todo este dineral esté cebando una catástrofe, pero no se van a conseguir los objetivos que cacarea el vicepresidente, más retóricos que económicos. En primer lugar la administración autonómica – por no hablar de cabildos y ayuntamientos – no está en condiciones –y me refiero a condiciones técnico-administrativas y organizacionales– de gastar toda esa pasta. ¿Recuerdan esos 1.144 millones en ayudas directas a pymes y autónomos transferidos por el Gobierno central? “Canarias recibirá más dinero que nadie y más que nunca”, gritó entusiasmado Román Rodríguez. Pues bien: el plazo de solicitud se cerró el 28 de julio, y hasta el día de hoy, dos meses después, solo se habían concedido 100 millones. Lo mejor hubiera sido, por supuesto, y tal y como se ha hecho en Estados Unidos, Alemania o Japón, que el propio Estado inyectase este dinero a las empresas desde el conocimiento que tiene el Ministerio de Hacienda de su situación fiscal. Se manda un cheque o se hace un ingreso en la cuenta corriente y sanseacabó. En el hispánico modo se actúa como si esto no fuera una emergencia y las pymes pudieran esperar semanas o incluso meses para disponer de una mínima liquidez. Pese a la ayuda de las Cámaras de Comercio se está haciendo mal, y no por ánimo destructivo o deliberada torpeza: sencillamente los procedimientos administrativos tradicionales son demasiado lentos,  torpes y, en este caso, letales, para una intervención de esta naturaleza.

Pero no es solo eso. En los análisis – o los tropos – del vicepresidente Rodríguez está un fondo perturbador, un fondo ligeramente turbio en el que late la confianza de que el Estado –en este caso la comunidad autonómica – puede y debe jugar a la ingeniería económica y empresarial desde la gestión de fondos financieros muy amplios, como los asignados por la Unión Europea y el propio Gobierno central. Este Gobierno de Canarias, el presidido por Ángel Víctor Torres, es el más poderoso e influyente de toda la crónica autonómica, y tiene a la élite empresarial comiéndole de la mano y a una sociedad civil complaciente y temerosa que no se ha reorganizado y galvanizado por la crisis sino que, muy al contrario, se ha acurrucado en su propia debilidad, una sociedad civil agotada que anhela una gubernalización sistemática las actividades económicas como única vía de salvación. Por eso es tan ridículo, por mencionar solo una estridencia, que Podemos proteste por las campañas contra el Gobierno de Canarias. A este Gobierno ningún poder está en condiciones de hacerle una campaña. Dentro del Gobierno y su zona de influencia estás relativamente a salvo de la catástrofe, fuera crece una oscuridad en la que no hay salvación y como explican las Escrituras, “la noche de Dios es infinita”.

El consejero de Hacienda suele repetir eso de las políticas anticíclicas que le enseñó el vice Fermín Delgado hace varias legislatura, pero es falso. El Gobierno canario no hace políticas económicas anticíclicas. Si ni siquiera sabemos aún si algún proyecto de inversión en las islas será respaldado por los fondos Next Generation. Políticas anticíclicas no son ayudas a pyme, prolongación de los ertes o esmaltar una y otra vez el escudo social, sino crear viviendas, sustituir infraestructuras,  levantar colegios, rehabilitar de edificios y entornos urbanos: dinamización de la economía real y creación de empleo. Y eso ni está ni se le espera.       

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Una amnesia desvergonzada

En un ensayo breve y delicioso Roland Barthes llamó a Voltaire el último escritor feliz, porque jamás sufrió ni la hiperconciencia del lenguaje ni conflictos ideológicos internos ni las ambigüedades morales de quienes le sucedieron. El último (y quizás el único) presidente del Gobierno de Canarias feliz, indescriptiblemente feliz de ser presidente, fue Román Rodríguez.  Su gorja naturaleza, su buen humor casi inalterable, su ciega confianza en sí mismo lo convertían en una excepción, porque los presidentes, aunque anhelen mucho su condición (“se puede llegar a presidente por casualidad, pero no sin desearlo mucho”, como dijo Abraham Lincoln) suelen  mostrarse como esclavos de un ideal, estrictos servidores de los intereses públicos, monjes trapenses de la gestión institucional,  víctimas de su propia entrega acogotadas por una responsabilidad  que devoraba sus días y sus noches. Rodríguez jamás pisó semejantes pantanos. Dormía a pierna suelta sin perdonar breves y reparadoras siestas, bebía bien y comía mejor, bromeaba con unos y con otros, proyectaba una imagen entre deportiva y hedonista del poder en época de presupuestos gordos y mantecosos. Pero, por supuesto, era un presidente, un presidente bastante común y corriente, y quería seguir siéndolo.
Ahora Román Rodríguez le pide a otro presidente, Fernando Clavijo, que presente una cuestión de confianza en el Parlamento. Todo el mundo tiene derecho a cambiar. Rodríguez cambió cuando los restantes dirigentes de CC incumplieron tramposamente el acuerdo en virtud del cual le correspondería la Vicepresidencia y la Consejería de Economía y Hacienda a partir de la victoria electoral de 2003. Fue entonces cuando decidió marcharse y fundar con la mayoría de los cargos públicos (y los militantes) de la CC grancanaria un partido, Nueva Canarias. Cambió entonces, no antes. Pero no se trata de afear los cambios de posición política, sino de subrayar esa amnesia empapada en cinismo con el que Román Rodríguez, reverdecido izquierdista, se desenvuelve hace años. Reclama conocer los apoyos de Clavijo y olvida la espectacular y follonera inestabilidad que presidió buena parta de su mandato. Al parecer no lo recuerda. No recuerda cuando destituyó a Guillermo Guigou, secretario general del PP de Canarias, como consejero de Agricultura y Pesca. No recuerda tampoco que el PP decidió abandonar el Gobierno autonómico, pero sus tres consejeros – Lorenzo Suárez, Tomás van de Valle y Rafael de León – se negaron a dejar el gabinete: los tres se negaban a reconocer el liderazgo de José Manuel Soria. Es difícil imaginar una inestabilidad más circense: gobernar con tres consejeros que no reconocen la autoridad de tu socio parlamentario y que se niegan a seguir las instrucciones de su propio partido. Esta grotesca situación duró más de cinco meses. La oposición socialista le solicitaba casi a diario una cuestión de confianza, pero a Rodríguez el infecto vodevil que copaba la información política le importaba un rábano. Finalmente el PSOE de Juan Carlos Alemán presentó una moción de censura pero ya por entonces se había recuperado la confianza entre Coalición y el PP, y los votos de la derecha acudieron prestos a salvarle el pescuezo a Rodríguez.
Como ejemplo de inestabilidad – incluso de inestabilidad en el seno de CC – podría citarse también esa monstruosa comisión de investigación sobre Tindaya: montaña sagrada y violentada que parió un ratón parlamentario. Que un político con estos antecedentes describa ahora mismo un escenario cuasiapocalíptico y siempre dudas sobre la legitimidad del Ejecutivo regional – cuya gestión, sin duda, reclama duras críticas – no es más que una lección de desmemoriada sinvergüencería.

Publicado el por Alfonso González Jerez en Retiro lo escrito ¿Qué opinas?