guerra

La estupidez moral

1. Ni la democracia representativa ni el pensamiento de izquierdas viven su mejor momento, pero debe decirse que el buenismo progresista, como forma de estupidez moral, goza de una espléndida salud. Se demostró de nuevo a propósito de los atentados del pasado viernes en París. Ya saben: esto es culpa de Occidente. Ah, si los gobiernos de Europa y Estados Unidos no metieran sus narizotas (y sus carteras) donde no deben nada de esto ocurriría. En las deliciosas travesuras de suníes contra chiíes y viceversa no encontrarás ningún reclamo occidental.  Se odian, persiguen y torturan con una espléndida independencia de criterio a través de innumerables generaciones y paisajes.   Por otra parte,  desde hace años, cuanto escucho esto — la execrable responsabilidad de Occidente aquí y allá, anteayer y esta tarde mismo — siempre llego a la misma pregunta. Muy bien pero, ahora, ¿qué? Porque resulta realmente cómico que estos dechados de lucidez que denuncian las intromisiones de Occidente cuando se producen y cuando no se producen se queden satisfechos con su tremebunda denuncia, una habitación blanca e impoluta donde pueden descansar en pelotas.  Pero imaginemos la vida fuera de ese receptáculo autocomplaciente. Allá, en la esquina del parque, aparece un yihadista con una ametralladora que corre hacia tí gritando que Alá es grande mientras apunta a tu cabeza. Tú te incorporas del banco donde lees el periódico y le sonríes: “Comparto su indignación y…” El yihadista te vuela los sesos en pedacitos comprensivos. Ah, el desdichado asesino víctima de la alienación  armada: ese maldito Hollande es un hijo de puta.

2. ¿Por qué en Francia? Debe ser porque Francia bombardea bastiones del Estado Islámico en Siria. Vaya.  Francia ha sufrido ataques salafistas antes de la guerra de Siria, pero da lo mismo. Cuando bombardeas a hordas de fanáticos asesinos en vez de emprender otras políticas menos agresivas (no devolverles el saludo cuando te los tropiezas en la escalera, por ejemplo) corres estos riesgos. Te mereces lo que te pases. Lo que te pasa a ti, no a mí, que estoy por la paz y le tiendo la rama de olivo incluso al que ha jurado reventarme el cráneo y abonar los campos con las tripas de mis hijos. Mi superioridad moral debe quedar salvaguardada ante todo. Incluso ante el pellejo ajeno.  Ya se sabe, por lo demás, que la comprensión del terrorismo está en razón directa de la distancia donde se comenten las matanzas. A mayor distancia de la muerte y el pavor, mayor comprensión hacia las razones que llevan a los terroristas a ser terroristas. Cuanto más cerca te pilla más endebles parecen esas construcciones intelectuales cuyo fin primordial consiste en no encarar nada, pero en darte la razón ética en todo. “Cuidado con nuestra reacción”, grita el imbécil meticuloso, “que si atacamos, ejem, demasiado fuerte, les damos un éxito propagandístico”.  El meticuloso imbécil no repara en que sus palabras demuestran suficientemente el éxito propagandístico del EI.  Que 140 muertos — por el momento — ya son un éxito propagandístico del carajo.

3. Porque, por supuesto, no existen solo los que no quieren enterarse, sino los que, si más,  no se enteran. “La guerra solo causa destrucción, dolor y odio”. No, no se enteran que el Estado Islámico, la secta apocalíptica más letal que pueda recordarse en los últimos siglos, ha declarado la guerra a Occidente y tienen un programa político y militar: primero se adueñarán de todo el territorio del Islam – y pasan y pasarán a cuchillo a los musulmanes que se les opongan: los musulmanes son la primera y más desesperada víctima del EI – y luego la conquista del planeta. Oh, no lo lograrán, pero pueden implosionar toda una civilización en su chiflado intento. La nuestra. No puedes esconderte en tus laberintos onanistas de equidistancias y buenos sentimientos.  Pero lo haces. Hasta que la bola de fuego te queme las pestañas y comprendas, demasiado tarde, que aquí están en juego vidas como principios y principios por los que merece la pena vivir, comprender y luchar. ¿Belicismo testicular? Ninguno.  ¿Confianza en las armas como última ratio de la civilización? Tampoco.  Pero que no se diga que uno no descubrió que es imposible ser siempre el bueno.  Porque cabe sospechar que el que no lo descubra (como en cualquier guerra) terminará muerto.

Publicado el por Alfonso González Jerez en Retiro lo escrito ¿Qué opinas?

El cuchillo en el corazón

“No fue sacrificado Isaac como se cuenta,/vivió muchos y venturosos años, hasta que la luz de sus ojos oscureció./ Pero a su progenie le transmitió aquel momento./Nace/con un cuchillo en el corazón”. Los versos pertenecen a un poema titulado Herencia. No los escribió un enemigo de Israel, sino un laureado poeta judío, Haim Gouri. El miércoles murieron en Gaza 119 palestinos más bajo las bombas y ayer Netanyahu llamó a 16.000 reservistas. El Gobierno de Israel sostiene y amplia su ataque despiadado. Las reacciones que leo en las redes sociales – muchos amigos, muchos compañeros – me espantan. Porque junto a la simpatía y la adhesión a las víctimas palestinas condenan la violencia organizada –la guerra – desde una judeofobia demencial, desde un antisemitismo desatado, grotesco, espeluznante, que se nutre satisfechamente de una ignorancia casi intachable sobre el oriente próximo. Mientras los más de 200.000 muertos en la guerra de Siria –entre los que abundan niños y ancianos — apenas producen algunos tuits  somnolientos incontables ciudadanos españoles y europeos se desgañitan apasionadamente sobre la matanza en Gaza. Por supuesto que estoy contra esa guerra delirante y atroz que Israel no podrá ganar jamás ni los líderes políticos palestinos conseguirán rentabilizar nunca. Pero me asalta la incómoda sensación de que se instrumentaliza casi universalmente a los palestinos. Los palestinos son las víctimas perfectas. Sirven para clamar contra Israel, es decir, contra los Estados Unidos, o sea, contra el orden político y económico internacional. La solidaridad con los palestinos se convierte así en una santificación – bañada con sangre, por supuesto, ajena – de las convicciones propias. Y el crepitar de esas convicciones alimenta de nuevo un odio cada vez más exaltado. Se debería empezar, en cambio, por alguna evidencia. Por ejemplo que, tal y como escribió el maestro Sánchez-Ferlosio hace tiempo, el millón y medio de palestinos que habitan en la franja de Gaza son prisioneros simultáneamente de Israel y de Hamás. Y tal cosa no significa ni disculpar comprensivamente los atroces bombardeos del Gobierno de Tel Avi ni olvidar la soberbia criminal de la organización palestina. No se trata de refugiarse en ninguna equidistancia, sino de exigirse comprender lo que pasa en la medida en que se pueden entender dos pulsiones de destrucción en litigio que hunden sus raíces en intereses extraordinariamente complejos y yuxtapuestos, en la pestilencial bruma de las religiones, en el miedo de un Estado que no quiso ser reconocido por sus vecinos y ha terminado por envilecerse y un pueblo sometido por sus peores profetas armados. Naciendo todos, durante siglos, con su propio cuchillo clavado en el corazón.

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