Arona

Putrefacción

En el caso de que numerosos miembros de un gobierno municipal, incluido su alcalde, se encuentren procesados judicialmente por varios supuestos delitos, la prudencia más elemental debería llevarlos a intentar defenderse en los tribunales y responder serenamente a las críticas y denuncias con argumentos y datos. Desde un punto de vista político y ético, es sumamente discutible (por decirlo con suavidad) que los políticos procesados financien su defensa con los fondos del erario público municipal. Pero lo que ya resulta intolerable y repulsivo es que los políticos encausados utilicen los fondos públicos para financiar querellas contra adversarios políticos (incluyendo cargos públicos con los que comparten en salón de plenos) y periodistas. Esta pringosa obscenidad solo podría darse en un ayuntamiento en el que el alcalde y sus concejales han tomado como una desvastada finca de su propiedad: el ayuntamiento de Arona.
El señor José Alberto González Reverón no es el ayuntamiento de Arona y alguien debería decírselo para evitar el agravamiento de una psicopatología incontrolada que funde y confunde personas e instituciones, política y amiguismo, clientelismo y prácticas democráticas. Y el gobierno municipal de Arona, qué lástima, tampoco es el ayuntamiento de Arona. Desde un punto de vista técnico, el ayuntamiento es un órgano administrativo; desde un punto de vista democrático, es el representante de todos y cada uno de los avecinados en su municipio. El dinero de todos los ciudadanos no puede ser utilizado por los gobernantes para presentar querellas a los concejales o dirigentes de la oposición en el municipio o para atemorizar a periodistas incómodos. El hecho de que se deban escribir estas estruendosas obviedades ilumina la putrefacción acelerada de la política aronera y, más particularmente, de un gobierno municipal desbordado por acusaciones e imputaciones judiciales muy graves, y que ante la crítica solo sabe reaccionar en una grotesca huida hacia delante sufragada por los impuestos de todos los ciudadanos.
José Antonio Reverón González, Blanca Salazar, Sergio Cabrera, Bentor Trujillo Flores y Julio Concepción son los ciudadanos contra los que se ha presentado una querella interpuesta por el ayuntamiento de Arona por instrucciones del alcalde. Esta caterva demoníaca se ha dedicado en los últimos años a denunciar casos de corrupción política, a criticar duramente las acciones y omisiones del gobierno local, a convocar o apoyar manifestaciones de protesta o a practicar un periodismo de investigación generalmente sustentado en soportes documentales y pruebas indubitables. Y lo más grotesco de toda la situación es que sus querellantes pueden ser condenados judicialmente antes que ellos. Esto es Arona actualmente: uno de los paréntesis más oscuros y mefíticos de la democracia municipal en Canarias.

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Microrrelatos

Cuando se despertó en la mayoría absoluta, la investigación judicial por cohecho, tráfico de influencias y prevaricación no solo seguía ahí, sino que estaba a punto de convertirse en una acusación con inminente  apertura de juicio oral. Pero los dinosaurios continuaban durmiendo en el Sir Anthony, hip. 

“Maestro”, preguntó el discípulo en medio de los altos de Chayofa, “¿existe Dios? ¿está Él ahora aquí?” El chamán inspiró largamente de su pipa y explicó al discípulo: “Escucha el sagrado principio del bertismo: Dios está en todas partes, pero atiende en el ayuntamiento”.

Érase una vez un alcalde al que pidieron que no siguiera contando cuentos. “Lleva usted contando el mismo cuento sin parar desde hace años sobre el Plan General de Ordenación. Termine ya y explíquese”. El alcalde se mostró generosamente de acuerdo con la oposición y en medio del pleno municipal proclamó: “Había una vez un PGO colorín colorado”. El acto fue recogido por todos los medios de comunicación, que señalaron positivamente el buen pulso narrativo del mandatario municipal y su ejemplar laconismo.

El príncipe odiaba el color blanco. Lo odiaba a todas horas, de día y de noche, y en su obsesión todo – las paredes de su despacho, su corbata, los concejales de la oposición, el interventor, la arena de las playas – se había tornado de un blanco insoportable. El príncipe llamó a su gran chambelán. “Manolo”, le dijo, “¿qué podemos hacer con el color blanco?” El chambelán se mostró sorprendido. “A mí lo que me preocupa, Alteza, es lo negro que se está poniendo todo”. El príncipe lamentó la estupidez de su súbdito. “Si no hay blanco no hay negro, animalito. Mete más publicidad”. Y así se hizo para alegría del gris.

Los trece apóstoles se quedaron dormidos por culpa del calor que azotaba al desierto y al Mesías mismo, que no los llamó a la oración. “Maestro”, le dijeron, “tenemos hambre y sed, pues no nos has designado delegaciones para seguir cobrando y ahora padecemos tu descuido”. “No os preocupeis”, contestó el Mesías, “que yo proveeré”. Los discípulos, maravillados, preguntaron: “¿Harás brotar leche y miel de estas secas piedras? ¿Creareis de la nada pan, carne y vino?”. “¿Pan, carne y vino? Nada de eso. Crearé una Jefa de Recursos Humanos y Nónimas”. Y así lo hizo, ensalzado sea.

El bertismo es una experiencia mística que no está al alcance de cualquiera. Por eso el 52% de la población de Arona, intuitiva conocedora de sus severas limitaciones espirituales, ha optado por no acudir a las urnas.

 

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