crítica

Gracias, Escota

La pasión por el saber de Antonio Escohotado es difícil de entender y por tanto de explicar en una época en la que la escuela se está viendo reducida a un parque de atracciones, como dice Gregorio Luri, y aprender es un vicio peligroso, algo así como una droga, si es una actividad no estrechamente vigilada por la envidia, la simpatía por el fracaso, el desprecio hacia cualquier mérito y la trivialización del esfuerzo. Es vano empeño trasladar hoy el placer epicúreo de entender algo, el prodigio de verse sacudido por ese laborioso amanecer en la emboscadura de la ignorancia, un relámpago  que desvela un proceso histórico, descodifica un lenguaje científico o abre las puertas de una teoría. Escohotado vivió ese embrujamiento de la sabiduría toda su vida y jamás dejó de dedicar sus ocho, diez o doce horas diarias al estudio. Se drogó mucho y benéficamente, pero su principal droga fue la información y el saber ordenado y crítico que llamamos cultura. Estudió tanto que, por supuesto,  no tuvo tiempo (ni muchas ganas) de hacer una gran carrera académica, y terminó –para él, muy satisfactoriamente – en la Universidad Nacional de Educación a Distancia como profesor titular. Curioso destino burocrático para un intelectual de primer orden, con una capacidad dialógica y hermenéutica excepcional, el último y orgulloso hegeliano español.

Escohotado se cansó de la izquierda. Se aburrió de la izquierda vocinglera y petulante que convertía cafeterías en universidades y universidades en cafeterías, que sostenía la imperiosa necesidad de una crítica universal y derogatoria contra todo, salvo contra ella misma, porque de la izquierda, de asesinarla, destruirla y desprestigiarla, se encargaban celosamente los izquierdistas. Escohotado comenzó a pensar la izquierda, su genealogía doctrinal e ideológica, y por supuesto, la izquierda no se lo perdonó porque, para refutarlos, había que empezar por leerse los tres magníficos volúmenes de Los enemigos del comercio, y casi ningún rogelio está dispuesto a semejante peligro. Lo más chocante es que Escohotado, aclamado durante la última década por sectores conservadores, seguía siendo de un hombre de izquierda moderada que había levantado su lucidez en algún punto indeterminado entre la socialdemocracia y el socioliberalismo, pero siempre militantemente anticomunista, como debe serlo cualquiera que se reclame de lo mejor de las revoluciones francesa y americana y haya leído la historia macabra de las atrocidades cometidas en el siglo XX a la sombra de los regímenes que se denominaban marxistas. El anticomunismo, como el antifascismo, como la prevalencia de la ley sobre la costumbre, los privilegios o la voluntad, forma parte de la educación política elemental de un demócrata.

Antonio Escohotado está ahora muerto, bien muerto, como quería estarlo cuando llegara el momento, sin la aterradora y degradante amenaza de dioses o demonios, cielos o infiernos, réprobos o santos. Porque lo inconcebible, lo intolerable no es que no exista nada después de la muerte, sino bien al contrario, que exista algo que nunca podrá decir yo o nosotros. Escohotado quería, como Borges dijo en un poema, morir del todo, extinguirse entera y pacíficamente, morir con ese viejo y fiel compañero que tenemos todos, nuestro cuerpo. Ayer me enteré del fallecimiento al sonar el móvil con un mensaje, y en ese momento tenía ante mí a un montón de personas con el puñito en alto cantando o simulando cantar La Internacional, esa entrañable melodía que se escuchó en tantos y tantos campos de concentración en varios alegres países. Como soy un lector, y los lectores siempre nos creemos especiales, se me ocurrió que era una broma del viejo maestro. Adiós y gracias por todo Escota. Ni siquiera necesitas que la tierra te sea leve.     

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Publicado el por Alfonso González Jerez en General ¿Qué opinas?