Carnaval

Elegir una memoria

En una red social un concejal del ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife anuncia con una satisfacción perfectamente descriptible la inminente apertura de la Casa del Carnaval. Pregunto por qué no lo han denominado museo – durante años se refirieron así al proyecto – pero la respuesta es decepcionante. Al decidido denominarlo “casa” no por razones técnicas, sino para no espantar a los visitantes.  La idea básica consiste en que tanto los residentes como los turistas puedan disfrutar de “un trocito” de Carnaval sin esperar angustiadamente hasta el mes de febrero a cambio de una módica entrada: un euro para los primeros y tres euros para los segundos. Otro concejal afirmó que el futuro del establecimiento dependerá de lo que se recaude en los próximos meses o años. Servidor sostiene que el futuro de la Casa del Carnaval es más fácilmente predecible. Si en el interior el visitante se puede emborrachar, potar sin remilgos y pillar cacho mientras suena a todo trapo Pasito Tun Run, la iniciativa será un éxito, porque la fiesta carnavalera se resume básicamente en esas consideraciones estéticas. Si no es así, el futuro de la Casa del Carnaval futuro se me antoja más bien tétrico.
En breve comenzarán las protestas. No es razonable que el ayuntamiento de Santa Cruz les cobre un euro a los murgueros, por ejemplo. Como es sabido urbi et orbi, son la voz del pueblo y tal, por lo que deben estar exonerados. Cabe esperar excepciones similares demandadas por comparseros y rondallistas. Un euro a las rondallas, por el amor del maestro Torroba, se me antoja una provocación. Son capaces de concentrarse frente al ayuntamiento y cantar coralmente Soldado de Nápoles que vas a la guerra  hasta derribar la Casa de los Dragos antes que el mamotreto. ¿Y los familiares? ¿Y los grupos de disfraces? ¿Y los patrocinadores? No niego, nadie puede negar, que cualquiera que pueda ver con sus propios ojos la batuta del director de la Fufa, o el primer cartel del carnaval, o los fascinantes trajes de las reinas o un sombrero de Los Fregolinos se emocionará hasta las lágrimas, pero todos somos el carnaval. Pagar por una entrada es, por tanto, pagarnos a nosotros mismos. Los guiris, en cambio, que paguen lo que sea. En definitiva, no se van a enterar absolutamente de nada, y lo más probable es que, incluso, pretendan comprar los pantalones de los Diablos Locos de 1988 creyendo que están en una tienda de chinos.
Una promesa más que ya está cumplida. Santa Cruz no tiene un museo histórico sobre Santa Cruz, pero tiene una Casa del Carnaval, ese bien intangible  –como lo es el CD Tenerife – que necesita muchos más cuidados y desvelos que el desmochado patrimonio histórico de la ciudad. Dice mucho de un colectivo – y de las instituciones que lo representan y administran – los aspectos del pasado que elige, el imaginario histórico por el que opta, las memorias que selecciona y establece para definirse. La tradición es un sistema simbólico que se inventa para legitimar identidades e imaginarios colectivos. Se ha elegido la contradicción de un carnaval encapsulado como postulación fundamental de la identidad chicharrera. Por si no estaba ya lo suficientemente claro.

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Ya en la memoria

Antes de que la ciudad se transforme en carnaval, como el capullo en mariposa o viceversa, bajo lentamente por sus calles, donde ya se montan chiringuitos para vender algodón de azúcar, chorizos fritos o chocolate, y grupos de jóvenes pintorescamente desaseados se ofrecen para pintar las caras de los incautos, y pequeños carromatos cargan con centenares de disfraces baratos, y máscaras, y anteojos de plásticos, y pelucas y sombreros, y pitos y matasuegras. La ciudad está un poco confundida, pero ya irá encontrando su lugar en la fiesta y llegará rápidamente a la hora donde comienza una breve abolición del tiempo. A pleno mediodía mea contra una pared un individuo de rostro pálido y tembloroso: la vanguardia solitaria de miles y miles de compañeros cuyas vejigas vivirán una experiencia de libertad inconcebible en el resto de las noches del año.
Es el paisaje precarnavalero que anuncia una tormenta de goce y diversión que, sin embargo, está perfectamente reglamentada por el Organismo Autónomo de Fiestas. En nuestro carnaval no se subvierte otra cosa que el sabor de los churros mixturados en el mismo aceite desde la niñez de Enrique González y en vez de  romperse el orden constituido se fracturan algunos matrimonios y noviazgos, a cuyos pies las carnestolendas suelen depositar una pequeña bomba de relojería que estallará en el futuro. Paseaba deleitándome en los detalles  — y contestando al móvil a un par de llamadas insultantes y anónimas de gente que ama las murgas por encima de todas las cosas, desde la cordialidad y el sentido del humor – cuando descubrí un panel metálico con letras impresas que me llevaron a la estupefacción.
En panel reproducía un párrafo de una admirable novela que no hace mucho, apenas media eternidad, escribió un amigo que lo fue al final, cuando ya se había largado de aquí, y había encontrado la paz y la serenidad en Cartagena. Lo recordé hace veinte años, amargado, ingenioso y retrechero, recordé nuestras conversaciones erizadas y nuestros estimulantes desencuentros, y reparé, por supuesto, en que nunca pensamos en que su prosa podría leerse en una esquina de la ciudad. Pero lo más extraordinario es que el fragmento reproducido en ese panel – pensé: demasiado alto para que lo meen los borrachitos – hablaba de un amigo común, inteligente y generoso, que paseó por esta ciudad, también prisionero insomne, escuchando comprensivamente nuestras atolondradas, agrias, monótonas vigilias. Sí, me quedé mirando fíjamente el panel metálico, que en realidad me contaba que nosotros tres ya éramos irremediablemente y para siempre,  sin salidas y sin excusas, personajes y ficciones de la ciudad de las murgas, tan murgas nuestras almas como ellas mismas,  y como ellas fatalmente destinados a integrarnos en la memoria ingrávida de este caserío tendido al sol con más indolencia que cansancio.
A sangre fría, pensé otra vez. Me fui caminando hacia la Rambla, dejando tras de mí el ancho cielo, el susurro de las voces de los amigos muertos y vivos doblando mansamente los laureles de indias, y el mar siempre al fondo, como un cuadro mal colgado.

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Murgas sin gracia

Las murgas no le hacen gracia a nadie. Ni siquiera a los murgueros. La razón principal de este fenómeno está, por supuesto, en que las murgas no pretenden ser graciosas hace mucho tiempo y, por lo tanto, han olvidado la gracia, la chispa, el relámpago del humor.  Si uno no se divierte en el escenario jamás divertirá al público en el patio de butacas. Creo recordar que la última vez que descubrí a un murguero riéndose durante la actuación fue el año en que se jubiló Juan Viñas. Ahora ser murguero es una cosa muy seria. El murguero no se ríe jamás: su misión es demasiado importante. En la actualidad la murga sube disciplinadamente al escenario y comienza a actuar como el consejo de administración de General Motors o el comité ejecutivo de Izquierda Unida-Unidad Popular. Las murgas se han terminado creyendo eso de que son la voz del pueblo, algo así como medio centenar de cantautores a los que, casualmente, les salió la misma letra alrededor de una gran perola de garbanzas y tres garrafones del vino azufrado de la finquita del suegro. El murguero contemporáneo no se ríe contagiosamente de nada, pero lo denuncia meticulosamente todo. El murguero contemporáneo no desmonta lo que ocurre con la herramienta del humor, sino que se apresura en darle de patadas entre chillidos terribles, exasperados, casi agónicos, que algunos se empeñan en llamar coros. El murguero contemporáneo – en esto hay que reconocerles cierta actitud vanguardista – no pretende reírse, sino que busca indignarse. Sí, el murguero es, hoy por hoy, un indignado, es decir, carece de sentido del humor y anhela una justicia instantánea y sumarísima. Yo los he visto desplegarse por la calle de La Noria, hacia las terribles justas del concurso, lo que más les emociona, y les juro que en youtube pueden encontrar ustedes desfiles de escuadrones de las SS más relajados y sonrientes.

A menudo los murgueros ni siquiera resultan muy reconocibles. Ya no son gente del barrio con unas ganas irreprimibles de bacilar y reírse de todo y de todos, sino los celosos depositarios de una moral mesocrática, hipócrita, advenediza y despistada: ceñudos payasos que te observan con ira, con indiferencia, tal vez con desconfianza. Payasos enfadados que gesticulan mucho pero a los que termina siendo extremadamente difícil entender nada. Por supuesto, se me antoja una lástima que en vez de ser murgueros pretenda ser superhéroes dispuestos a acabar con el Mal una noche al año y, además, llevarse el primer premio. Como Batman maquillado al estilo de Jocker. ¿O sería al contrario? No lo sé, pero hace muchos, muchos años, recuerdo que las murgas eran una invitación a la risa y no, como hoy, a un horno crematorio, a un juzgado de primera instancia o a la ONU.

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Carnaval

Un amigo lo decía ayer asomado al coso del carnaval. “Cuarenta años haciendo esto y aun no lo saben hacer divertido”.  Creo que resulta injusto. El carnaval – el carnaval de Santa Cruz de Tenerife, se entiende – es una ilustración del eterno retorno hasta en los lugares donde se alivian miles de vejigas al unísono. Es exactamente igual a sí mismo y nadie toleraría que fuera de otra manera, en la calle y, sobre todo, en los espectáculos. Significa una reivindicación hipócrita demandar, por ejemplo, una renovación organizativa, escenográfica o plástica en la Gala de Elección de la Reina. Cuando se ha intentado practicar tímidamente por algún director despistado la gente ha bramado de irritación mal contenida. La Gala es uno o varios presentadores abusando de los chistes malos y peloteando al público mientras manifiestan su pasmo ante tanta grandeza, un heteróclito jurado que no entiende absolutamente de nada, y un montón de candidatas arrastrando trajes que, desde hace décadas, son variaciones casi imperceptibles sobre los mismos temas e idénticos materiales. La comparsas triscan atléticamente por el escenario, las murgas, ejem, cantan (si retiran amablemente una letra homófoba aprovechan la ocasión para interpretar otra llamando imbécil al concejal que les pidió que lo hicieran) y unos curiosos señores denominados personajes del carnaval se arremolinan confusamente gesticulando más confusamente todavía. No nos equivoquemos, porque eso es lo que le encanta a la peña. Lo mismo ocurre, por supuesto, con el coso: un interminable, monótono y bullanguero desfile de todo el mundo en una suerte de todo a cien de la creatividad popular que muchísimas personas (¿no es extraordinario?) siguen expectantes, sentadas en modestas sillas desde las aceras, para reconocer a un cuñado disfrazado de novia preñada. Construido más o menos sintéticamente con fragmentos, secuencias y prácticas de variadas procedencias – desde Cádiz a Brasil – el Carnaval del Chicharro ha devenido un fenómeno social sofocantemente autorreferencial, en una ilusión de identidad y hasta en una forma sorprendente de patriotismo enmascarado.
En lo que no es simplemente diversión – aunque indisolublemente unido a ella – el carnaval de Santa Cruz es la única oportunidad que consienten los chicharreros de mirarse a sí mismos, de quererse a sí mismos, de admirarse y deleitarse consigo mismos. Para algunos ciudadanos y colectivos es algo tan serio como una religión. Despojados de cualquier significado ritual y amortizada su supuesta carga  transgresora  — esta ciudad no ha sido transgresora nunca, ni de noche ni de día, desde los tiempos de Alonso Fernández  de Lugo  — el carnaval santacrucero es un cruce en verdad curioso entre exaltación localista, festejo popular y gestión municipal del ocio. Dicho todo lo cual, por supuesto, me terminaré el whisky, me pondré cualquier disfraz, bajaré al mogollón y olvidaré este artículo sacrílego dentro, digamos, de diez minutos.

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Una oportunidad murguera

No creo que nadie haya pretendido censurar la letra de la murga Ni Fu Ni Fa. Entre otras cosas porque no es posible hacerlo. Ha ocurrido lo que debió ocurrir hace bastantes años gracias a la dignidad y sensatez del concejal Tino Guzmán: el repudio público contra expresiones de homofobia que son, sencillamente, indefendibles. Recuerdo que hace mucho tiempo critiqué a una murga chicharrera al respecto de esa cansina y estúpida obsesión por insultar a los habitantes de Las Palmas y a los homosexuales que, en sus momentos más creativos, encontraba siempre la rima entre canarión y maricón. La murga en cuestión  — les aseguro que no recuerdo ya cuál era – respondió al año siguiente que seguirían cantando lo mismo y que me fuera al carajo. Sinceramente no creo que me entendieran. Nadie pretendía prohibirles nada – y menos un humilde juntaletras – pero no estaban dispuestos a tolerar ninguna crítica. Se trata de una actitud prácticamente universal en el mundo murguero. Las murgas se reservan el derecho a la crítica, y si hay que hacer a una murga picadillo, tan noble tarea está asignada exclusivamente a otra murga, canibalismo entre payasos enfadados que practican de vez en cuando con un entusiasmo prodigioso. Parafraseando una sentencia de Woody Allen sobre la mafia, las murgas no son en ningún momento peligrosas, porque solo se matan entre sí, poniéndose a parir ferozmente, sustrayéndose directores o  traficando con la media docena de letristas que sazonan su particular ingenio a tanto la pieza.

Las murgas disfrutan desde hace lustros de un estatuto institucional perfectamente establecido y que los propios murgueros defienden con celo. Una murga histórica no es menos institucional que el Consejo Consultivo de Canarias, para hablar de una agrupación cuyos dictámenes también suelen dar risa. Cuentas con sus propios locales de ensayo y confraternización, perciben subvenciones y despliegan rituales bien codificados, entre los cuales no es el menos relevante las visitas que, en vísperas carnavaleras, les rinden obedientemente políticos del gobierno y de la oposición, que a cambio de recibir algunos dardos inofensivos, posan ante las cámaras improvisando sonrisas, meneando las caderas con el frenético ritmo de un koala y tocando pitos estruendosamente. Los murgueros disponen de su propio catálogo de convicciones, y una de las más sagradas es que son la voz del pueblo, una hilarante enormidad que se han arrogado porque, al parecer, ya no basta con divertirse en las esquinas del carnaval y les urge representar el volkgeist del Chicharro para legitimarse. La decisión de la Ni Fu Ni Fa de retirar esa letra homófoba y ramplona no solo es correcta, sino que abre una oportunidad a que las murgas reflexionen sobre sí mismas, abandonen cualquier manía de trascendencia y recuperen su sencilla y excelsa justificación primigenia: divertir y divertirse en carnaval.

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