Régimen

El Régimen

El Régimen. Qué expresión tan afortunada. Coloca entorchados de rigurosa denuncia sobre los hombros de una fraseología imbécil, repetitiva, inimaginativa, justicieramente falaz. Los partidos políticos del Régimen. Los políticos del Régimen. El Parlamento del Régimen. Los periódicos, radios y televisiones del Régimen. Los podridos periodistas del Régimen, por supuesto. Y los empresarios y las cámaras de comercio y los sindicatos del Régimen. Y los intelectuales del Régimen, y los juntaletras del Régimen, y los presentadores de telediarios del Régimen. Sin olvidar (lo he leído, lo juro) los restaurantes y hoteles del Régimen, lujosos catafalcos donde la gusanera del Régimen decide sobre vida y la muerte de todo un pueblo sacrificado y tan idiota, tan sañudamente idiota, que no se da cuenta que vive oprimido y estafado por el Régimen omnipresente, omnisciente, omnívoro e inapelable. El chiflado de Lacan, brillante retórico y pensador impensable, garrapateó en una ocasión que el inconsciente es el Estado. Aquí, por lo visto, el inconsciente es el Régimen. Usted no se da cuenta pero vive como una triste y confusa cucaracha bajo las botas lottusse del Régimen.
En un discurso político mínimamente solvente el Régimen es o debería una metáfora que solo resulta útil — como cualquier metáfora – cuando no pretende representar la realidad tout court. Cuando no se toma la metáfora, en definitiva, como la realidad misma. Pero por estos andurriales un amplio sector de las llamadas izquierdas alternativas, manifestantes y plataformeras, han encontrado en un fetiche verbal la excusa para no analizar la realidad, su complejidad y sus contradicciones. Por supuesto el fetiche que convierte en una chuchería polisémica para armar ruido y enardecer a los afectos, en un estigma universalizable y, al final, en un grumo insignificante. Si el Régimen es la degradada democracia parlamentaria, el poder del dinero y su constelación de oligopolios, el pactismo político elevado a arte de buhoneros mefíticos, la debilitación de los derechos sociales o las impías relaciones entre élites políticas y empresariales, la situación de Canarias no es sustancialmente distinta a la de Madrid, Francia o el Reino Unido. Ninguna de esas graves patologías sociopolíticas es un endemismo canario y ninguna se resolverá desde el maniqueísmo ideológico, el talibanismo estratégico, la simplificación demagógica de los hechos y las retóricas guerrilleras. Para contribuir a la transformación de una realidad política, social o económica no hay nada más contradictorio que caricaturizarla a causa del doctrinarismo sectario, la santa indignación o el resentimiento. Por eso (aunque no solo por eso, desde luego) esas izquierdas no dejarán de ser fraccionales y marginales y se consumirán en su propia inanidad.
Pero no hagan caso. Esto, obviamente, es un mensaje del Régimen.

Publicado el por Alfonso González Jerez en General 3 comentarios