Román Rodríguez

Crónica parlamentaria. Rorró se ríe en el rincón gomero.

El principio del pleno se retrasó lo suyo –más de media hora –por el retraso de las conexiones aéreas entre Tenerife y varias islas. Porque los diputados son como las hadas, que llegan y se van volado, aunque el polvo de las alas se los pague usted. Como si temiera una revuelta Gustavo Matos había dejado su mochila ocre ocupando su butaca presidencial. Sus señorías, en pequeños grupos, masticaban su propio aburrimiento, con Vidina cada vez encoalicionada; Julio Pérez recordando tal vez la ominosa dictadura franquista con Manuel Marrero, que un par de horas más tarde había de advertir a los que querían una España “una, grande y libre” que no pasarán; los del PP siempre distantes entre sí, como una familia de erizos, y Juan Manuel García Ramos en su escaño, buscando en el móvil un verso de algún poeta neozelandés para asombrar al respetable. Por fin a las 11.03 sonaron los timbres convocando a los diputados y al par de minutos Matos, ya con la mochila en el suelo, declaró abierta la sesión plenaria.

En el banco azul se nota la ausencia del presidente Ángel Víctor Torres, que estaba en La Palma,  acompañado por Casimiro Curbelo como consejero supernumerario del Gobierno autonómico. Torres estaba de nuevo junto al volcán para vender que ya su Ejecutivo había soltado los 1.140 millones para pymes y autónomos y los tres millones y medio para agricultores, y es cierto, lo que no significa exactamente que ya esté disponible para la totalidad de los afectados, lo que no ocurrirá hasta dentro de diez o quince días.  Pero tenía prisa, mucha prisa para que no se le pueda reprochar que antes de fin de año sigue sin llegar un céntimo a La Palma. Torres se ha convertido en una pesadilla para sus subordinados, porque exige ininterrumpidamente que se agilicen los malditos expedientes y se pague ya. Con el presidente ausente varios corifeos pudieron descansar; Nira Fierro, por ejemplo, tuvo una mañana muy relajada.

Las primeras preguntas fueron para Román Rodríguez que, como siempre, estaba encantado. Si en un remoto futuro algún historiador despistado quiere conseguir una imagen de Rodríguez deberá leer un cuento maravilloso de Max Beerbohm titulado Enoch Soames; ahí aparece el diablo, un diablo mentiroso, jactancioso y sin escrúpulos, que muestra el mismo humor vitalista y el mismo código gestual polichinesco que Rodríguez. El vicepresidente y consejero de  Hacienda respondió a preguntas de García Ramos sobre la UE o a Nieves Lady sobre la planificación de la recuperación económica y social de La Palma; en ambos casos lo hizo con su facundia acostumbrada para no decir absolutamente nada. Cuando contestaba a la diputada palmera, por ejemplo, Rodríguez dijo que “había que repensar la economía de La Palma con criterios de  sostenibilidad”  lo que no pareció entusiasmar a su señoría. Más tarde, en otra comparecencia, el consejero de Obras Públicas, Sebastián Franquis, insistiría en que “todavía” se estaba en la fase de emergencias. Lo que no acaba de entender el Gobierno es que en una erupción volcánica de larga duración no puede aplicarse un cronograma lineal, es decir, la atención a las emergencias no puede ni debe posponer el diseño de una estrategia de análisis y recuperación económica.  El vicepresidente también fue interrogado por esos preocupantes informes previos sobre la reforma del sistema de financiación autonómica y del asombroso propósito que respiran: volver a anclar el REF en el sistema, lo que supondría para Canarias no solo vulnerar el Estatuto, sino perder cientos de millones de euros anualmente. Por supuesto todas las fuerzas políticas insistieron en que no tolerarían semejante agresión, menos el PSOE que, como suele ser habitual, piensa que todo es un malentendido entre caballeros (y damas) y no pasará nada grave. Curiosamente los más ardientes detractores estuvieron entre los diputados de Nueva Canaria. “Esta actitud previa del Ministerio de Hacienda nos tiene muy preocupados” dijo María Esther González, “y no vamos a tolerar ninguna rebaja de nuestros derechos”. Incluso Rodríguez musitó, fue un poco difícil escucharlo, que sumar de nuevo los recursos del REF a la cuota canaria en el sistema de financiación autonómico “sería jugarse el autogobierno”. Sería, en efecto, exactamente eso. Sería un mensaje explícito a la comunidad canaria: resígnense ustedes a una autonomía de segunda.

Rodríguez demostró, poco después, que en materia de grosería está bien servido, y que entiende que en la Cámara regional existen grupos parlamentarios de primera y de segunda. La diputada Socorro Beato (CC) había solicitado la comparecencia del vicepresidente para que explicara los avances (o empantanamientos) del proceso de transferencia de las nuevas competencias registradas en el Estatuto de Autonomía de 2018. Rodríguez se zafó de las explicaciones y se las endilgó a Julio Pérez, tal vez la criatura más omnívora del gabinete, porque siempre se come lo que le manden. De los tres ámbitos competenciales por cuya transferencia se ha interesado el Ejecutivo canario – ordenación de costas, tutela financiera y promoción y defensa de la competencia – no se han producido avances sustanciales en ninguno, lo que quedó perfectamente claro pese a los juegos malabares de Julio Pérez, que sembró varias genialidades tornasoladas siempre con una pizca de paciencia patriarcal: “vamos hacia un modelo de cogobernanza”, “obtener nuevas competencias no es más importante que ejercer correctamente las que ya tenemos”, “la verdad que no son tantas las nuevas competencias del Estatuto, no se crea”. Es como si le hubieran preguntado su opinión como caballero bien informado, no como si tuviera que responder a una demanda de información de la oposición. Beato fue dura y precisa con Rodríguez, leyó el articulado del Reglamento Orgánico del Gobierno, que atribuye al vicepresidente la coordinación en la gestión de las transferencias competenciales, y le acusó de escurrir el bulto, porque no tenía que ofrecer, después de dos años y medio, ningún avance a la Cámara. Para entonces ya había ocurrido lo más sorprendente: Román Rodríguez había abandonado el banco azul y se había largado a un escaño del grupo de la Agrupación Socialista Gomera, abriendo una animada tertulia con Jesús Ramos Chinea. Al ratito se acercó Luis Campos y subió el volumen de la conversación y se escucharon algunas risas. Mientras tanto Socorro Beato seguía preguntado, refiriéndose directamente a Rodríguez, y Julio Pérez seguía respondiendo.

Esta jocosa ordinariez del señor Rodríguez, montando numeritos en el salón de plenos con un comportamiento indigno que no tiene otro objetivo de burlarse de una diputada, sobrepasa ya cualquier límite, y debería tener una respuesta. No es ya una descortesía parlamentaria: es una palmaria grosería.  Imagínense ustedes que en medio de una comparecencia de un ministro que la sustituyera por medio de una artimaña, la vicepresidenta Nadia Calviño abandonase el banco azul y se marchara a contar chistes y hacer chirigotas a los escaños del PNV. Es exactamente lo que ocurrió ayer en la Cámara regional. Eso sí: quedó meridianamente claro que las transferencias a las que obliga el nuevo Estatuto de Autonomía están encalladas y que cuando ocurre eso al vicepresidente lo que se le ocurre es reírse del Parlamento. Como si fuera un merendero. El suyo.

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El poder de un Gobierno rico en una sociedad empobrecida

 

Román Rodríguez: "No vamos a tocar la fiscalidad ni recortaremos el gasto  público" - La Provincia

Estoy aplastado en la tribuna de prensa del Parlamento de Canarias. Sobre mí, como sobre el espinazo de todos los presentes, caen las decenas, cientos, miles de millones que el vicepresidente y consejero de Hacienda, Román Rodríguez, anuncia un día tras otro desde que salimos del confinamiento pandémico. No sé cuánto dinero es ya. Un río de euros incesante que salen triunfalmente de la boca de Rodríguez para salpicarnos de gozo y dejar claro a la oposición que no tiene nada que hacer y a los ciudadanos que no hay que preocuparse: Dios (es decir, el Gobierno) proveerá. Y entonces se consolida mi convicción de que esto no va a salir bien. No quiero decir que, necesariamente, todo este dineral esté cebando una catástrofe, pero no se van a conseguir los objetivos que cacarea el vicepresidente, más retóricos que económicos. En primer lugar la administración autonómica – por no hablar de cabildos y ayuntamientos – no está en condiciones –y me refiero a condiciones técnico-administrativas y organizacionales– de gastar toda esa pasta. ¿Recuerdan esos 1.144 millones en ayudas directas a pymes y autónomos transferidos por el Gobierno central? “Canarias recibirá más dinero que nadie y más que nunca”, gritó entusiasmado Román Rodríguez. Pues bien: el plazo de solicitud se cerró el 28 de julio, y hasta el día de hoy, dos meses después, solo se habían concedido 100 millones. Lo mejor hubiera sido, por supuesto, y tal y como se ha hecho en Estados Unidos, Alemania o Japón, que el propio Estado inyectase este dinero a las empresas desde el conocimiento que tiene el Ministerio de Hacienda de su situación fiscal. Se manda un cheque o se hace un ingreso en la cuenta corriente y sanseacabó. En el hispánico modo se actúa como si esto no fuera una emergencia y las pymes pudieran esperar semanas o incluso meses para disponer de una mínima liquidez. Pese a la ayuda de las Cámaras de Comercio se está haciendo mal, y no por ánimo destructivo o deliberada torpeza: sencillamente los procedimientos administrativos tradicionales son demasiado lentos,  torpes y, en este caso, letales, para una intervención de esta naturaleza.

Pero no es solo eso. En los análisis – o los tropos – del vicepresidente Rodríguez está un fondo perturbador, un fondo ligeramente turbio en el que late la confianza de que el Estado –en este caso la comunidad autonómica – puede y debe jugar a la ingeniería económica y empresarial desde la gestión de fondos financieros muy amplios, como los asignados por la Unión Europea y el propio Gobierno central. Este Gobierno de Canarias, el presidido por Ángel Víctor Torres, es el más poderoso e influyente de toda la crónica autonómica, y tiene a la élite empresarial comiéndole de la mano y a una sociedad civil complaciente y temerosa que no se ha reorganizado y galvanizado por la crisis sino que, muy al contrario, se ha acurrucado en su propia debilidad, una sociedad civil agotada que anhela una gubernalización sistemática las actividades económicas como única vía de salvación. Por eso es tan ridículo, por mencionar solo una estridencia, que Podemos proteste por las campañas contra el Gobierno de Canarias. A este Gobierno ningún poder está en condiciones de hacerle una campaña. Dentro del Gobierno y su zona de influencia estás relativamente a salvo de la catástrofe, fuera crece una oscuridad en la que no hay salvación y como explican las Escrituras, “la noche de Dios es infinita”.

El consejero de Hacienda suele repetir eso de las políticas anticíclicas que le enseñó el vice Fermín Delgado hace varias legislatura, pero es falso. El Gobierno canario no hace políticas económicas anticíclicas. Si ni siquiera sabemos aún si algún proyecto de inversión en las islas será respaldado por los fondos Next Generation. Políticas anticíclicas no son ayudas a pyme, prolongación de los ertes o esmaltar una y otra vez el escudo social, sino crear viviendas, sustituir infraestructuras,  levantar colegios, rehabilitar de edificios y entornos urbanos: dinamización de la economía real y creación de empleo. Y eso ni está ni se le espera.       

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Una amnesia desvergonzada

En un ensayo breve y delicioso Roland Barthes llamó a Voltaire el último escritor feliz, porque jamás sufrió ni la hiperconciencia del lenguaje ni conflictos ideológicos internos ni las ambigüedades morales de quienes le sucedieron. El último (y quizás el único) presidente del Gobierno de Canarias feliz, indescriptiblemente feliz de ser presidente, fue Román Rodríguez.  Su gorja naturaleza, su buen humor casi inalterable, su ciega confianza en sí mismo lo convertían en una excepción, porque los presidentes, aunque anhelen mucho su condición (“se puede llegar a presidente por casualidad, pero no sin desearlo mucho”, como dijo Abraham Lincoln) suelen  mostrarse como esclavos de un ideal, estrictos servidores de los intereses públicos, monjes trapenses de la gestión institucional,  víctimas de su propia entrega acogotadas por una responsabilidad  que devoraba sus días y sus noches. Rodríguez jamás pisó semejantes pantanos. Dormía a pierna suelta sin perdonar breves y reparadoras siestas, bebía bien y comía mejor, bromeaba con unos y con otros, proyectaba una imagen entre deportiva y hedonista del poder en época de presupuestos gordos y mantecosos. Pero, por supuesto, era un presidente, un presidente bastante común y corriente, y quería seguir siéndolo.
Ahora Román Rodríguez le pide a otro presidente, Fernando Clavijo, que presente una cuestión de confianza en el Parlamento. Todo el mundo tiene derecho a cambiar. Rodríguez cambió cuando los restantes dirigentes de CC incumplieron tramposamente el acuerdo en virtud del cual le correspondería la Vicepresidencia y la Consejería de Economía y Hacienda a partir de la victoria electoral de 2003. Fue entonces cuando decidió marcharse y fundar con la mayoría de los cargos públicos (y los militantes) de la CC grancanaria un partido, Nueva Canarias. Cambió entonces, no antes. Pero no se trata de afear los cambios de posición política, sino de subrayar esa amnesia empapada en cinismo con el que Román Rodríguez, reverdecido izquierdista, se desenvuelve hace años. Reclama conocer los apoyos de Clavijo y olvida la espectacular y follonera inestabilidad que presidió buena parta de su mandato. Al parecer no lo recuerda. No recuerda cuando destituyó a Guillermo Guigou, secretario general del PP de Canarias, como consejero de Agricultura y Pesca. No recuerda tampoco que el PP decidió abandonar el Gobierno autonómico, pero sus tres consejeros – Lorenzo Suárez, Tomás van de Valle y Rafael de León – se negaron a dejar el gabinete: los tres se negaban a reconocer el liderazgo de José Manuel Soria. Es difícil imaginar una inestabilidad más circense: gobernar con tres consejeros que no reconocen la autoridad de tu socio parlamentario y que se niegan a seguir las instrucciones de su propio partido. Esta grotesca situación duró más de cinco meses. La oposición socialista le solicitaba casi a diario una cuestión de confianza, pero a Rodríguez el infecto vodevil que copaba la información política le importaba un rábano. Finalmente el PSOE de Juan Carlos Alemán presentó una moción de censura pero ya por entonces se había recuperado la confianza entre Coalición y el PP, y los votos de la derecha acudieron prestos a salvarle el pescuezo a Rodríguez.
Como ejemplo de inestabilidad – incluso de inestabilidad en el seno de CC – podría citarse también esa monstruosa comisión de investigación sobre Tindaya: montaña sagrada y violentada que parió un ratón parlamentario. Que un político con estos antecedentes describa ahora mismo un escenario cuasiapocalíptico y siempre dudas sobre la legitimidad del Ejecutivo regional – cuya gestión, sin duda, reclama duras críticas – no es más que una lección de desmemoriada sinvergüencería.

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Calidad opositora

Esta mañana, mientras intentaba despertar a un horrible amanecer, escuché a una diputada de Podemos  –lamento no poder recordar su nombre – que bueno, que el anteproyecto de la ley del Suelo podía tener sus cosas buenas, sobre todo en lo que se refiere a suelo rústico y a la gestión agrícola y ganadera del territorio, pero que tales mejoras hubieran podido introducirse como pequeñas reformas “en la legislación ya existente”.  Esta necedad, afortunadamente, terminó por despertarme. ¿Cuánto despiste es necesario para ignorar que lo urgente – si se trata de sacar del marasmo actual a la gestión del suelo y la planificación territorial – es precisamente fusionar leyes, reducir la selva normativa y reglamentaria y fortalecer la seguridad jurídica como algo imprescindible para cualquier estrategia de desarrollo? Mucho, mucho despiste. En especial si se insiste en defender la vigente maraña administrativa, tan espléndida, tan inmejorable, que nos ha conducido a la actual situación, la misma que denuncian incansablemente la izquierda y los ecologistas: un urbanismo atroz y sandunguero, una costa mayoritariamente hormigoneada, unas aterradoras medianías de un espanto entre gótico y gore. Por favor, que nadie toque la basurienta y pululante normativa que lo ha hecho posible…
En esta coyuntura, pero también por razones estructurales de una democracia de baja intensidad y por un proceso de selección de élites demencial, la calidad de los gobiernos (y de la gobernanza) es sumamente cuestionable, pero lo realmente preocupante es la calidad (la falta de calidad) de las oposiciones, y sobre todo, el progresivo desánimo que están provocando las fuerzas emergentes, y singularmente, Podemos y Ciudadanos. Una parte sustancial de la creciente desilusión, por supuesto, es inevitable: unos se dan cuenta en que conquistas los cielos lleva algo más de tiempo que encontrar un paraguas decente una mañana de lluvia en Santa Cruz de Tenerife; otros terminan pactando y legitiman con su apoyo a opciones que habían caracterizado como facciones pútridas de una misma bacanal. Pero es que, suplementariamente, las inepcias, torpezas e infantilismos ideológicos de las leales oposiciones generan grima. La oposición, en una democracia representativa, no es un mero contrapeso retórico del Gobierno, sino que debe asumir la fiscalización de la gestión, la denuncia articulada de errores y sinvergüencerías, la exigencia de transparencia y rigor, la oferta argumentada de propuestas y medidas alternativas. En el Parlamento de Canarias el PP es un partido zombi que incluso ha perdido el apetito por la carne humana. Podemos necesitaría una enciclopedia – y alguna gramática de fácil lectura – para saber de lo que está hablando. Román Rodríguez  sigue jugando a ser el Robin Hood nacionalista mientras encanece la cabellera y mete tripa: ha descubierto que si una persona no es tan de izquierdas como él no resulta de fiar. Y Casimiro y sus mariachis…En fin. En el mismo informativo radiofónico, cuando el amanecer ya era un hecho ominoso, escuché a uno de los diputados curbelistas proclamar que los canarios deberían tener los mismos derechos que cualquier otro español. Sentí una ligera arcada y decidí apagar el aparato. Mejor que la luz fuera atravesada por el silencio y no por tanta estupidez.

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A vueltas con el pleitismo (y 3)

Sí, temo la coagulación de ese imaginario pleitista y victimista en Gran Canaria que caricaturiza el pasado, pero sobre todo emborrona y confunde el futuro. De nuevo el mantra de las sedes de las consejerías, verbigracia, robadas todas a tierras tinerfeñas, aunque jamás (jamás) se argumente con cifras, porcentajes y normativas semejante tremebunda acusación. Leo con estupor que el maestro Alemán incluso subraya la paciencia de Gran Canaria ante la circunstancia que en esta legislatura no solo el presidente, sino la mismísima vicepresidenta del Gobierno de Canarias sea tinerfeña. Realmente asombroso. Fue el PSC-PSOE quien designó a Patricia Hernández, a través de un proceso de primarias, candidata presidencial para las elecciones del pasado mayo. El PSOE, no Coalición Canaria, ni el PP, ni Podemos. ¿Por qué esto debe significar un baldón político para Gran Canaria? Los socialistas o los conservadores, ¿están obligados a proponer candidatos grancanarios si el de CC es tinerfeño?  ¿Y ese entrañable leyenda según en Gran Canaria no cuaja – se supone que por la indescriptible nobleza ideológica y/o genética de sus naturales – un partido insularista y así no han podido defenderse de los malvados insularistas de las restantes islas? Una leyenda, en efecto, porque en Gran Canaria también han surgido partidos insularistas, el penúltimo de los cuales se llama Nueva Canarias y está liderado por Román Rodríguez, exicánico y excoalicionero,  aunque el expresidente del Gobierno haya intentado con escaso éxito alcanzar acuerdos electorales fuera de su isla para enmascarar la naturaleza básicamente isloteñista – y desde hace mucho tiempo vergonzantemente pleitista — de su proyecto.
José Alemán apunta algo perturbador en Gran Canaria y que define como un “creciente pasotismo” que registra entre los grancanarios hacia la comunidad autonómica. Como si Gran Canaria – permítanme la expresión – se estuviera catalanizando en el contexto de la región: el regreso al insularismo como afán de hegemonía o entelequia de desconexión. Y eso es un disparate. Si Canarias debe cambiar la fuerza y la creatividad política, empresarial y cultural de Gran Canaria es indispensable. Y Gran Canaria, por supuesto, no puede cambiar y progresar – política y económicamente: mejor democracia, más prosperidad y más cohesión social  – encerrada en la retorta de la incredulidad o la indiferencia. Los problemas básicos de la sociedad grancanaria son idénticos a los de la sociedad tinerfeña: desde el mortífero desempleo estructural hasta el muy bajo gasto social per cápíta, desde nuestro fracaso escolar hasta la inaudita concentración de la renta y la ruinosa desigualdad social,  desde nuestra inserción en la economía globalizada hasta la degradación de nuestras ciudades, desde la corrupción hasta las excesivas insuficiencias de nuestro periodismo. Si distraídos por viejas banderas y verborreas no se unen fuerzas para exigir los cambios imprescindibles en las instituciones públicas y rechazar el cortoplacismo rentista y antirreformista de las élites del poder este país (y no solo el régimen autonómico) está perdido por los siglos de los siglos, por los pleitos de los pleitos.

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