literatura canaria

Atropello intelectual y estupidez moral

Finalmente la exposición Pintura y poesía. La tradición canaria del siglo XX, comisariada por Andrés Sánchez Robayna y Fernando Castro, ha sido vergonzante suspendida. Se trata ni más  ni menos que de un acto de censura, de la primera exposición censurada desde el tardofranquismo en las islas, y lo ha sido por la cobardía de un Gobierno al que le puso nervioso una campaña de recogidas de firmas, un par de manifiestos grotescos y un chisporroteante río de babas sulfurosas en las redes sociales. Para empezar se ha pretendido estigmatizar a dos magníficos profesores universitarios como misóginos, cuando ni un solo dato, ni uno solo, de su carrera académica o su labor intelectual avalan semejante insulto, sino más bien todo lo contrario. Por supuesto que da igual. Los que se sumaron al juicio sumarísimo y exigieron el cierre definitivo de la muestra se abstuvieron de cualquier análisis crítico de las bases teóricas de una exposición que, como todas, es una interpretación concreta de un conjunto de autores y obras artísticas, integrada en una lectura de la modernidad plástica y literaria en Canarias. No es en absoluto necesario compartir – parcial o totalmente – la base teórica de la exposición para rechazar cabalmente ese miserable y falsario reduccionismo que la ha presentado como el antojo machista de un par de misóginos arrebatacapas. La censura ha llegado también al catálogo de la exposición, que ha sido depositado en uno de los sótanos del TEA con el didáctico propósito de que jamás vean la luz. Un catálogo es el instrumento por el cual una exposición se presenta, se explica y se explicita y, al mismo tiempo, una invitación y un recordatorio. Al secuestrar el catálogo – pues es lo que ha ocurrido – se pretende borrar, simplemente, hasta la más modesta memoria de la exposición. No es que haya sido suspendida. Es que jamás habrá existido. No olvidar nunca que se ha llegado a escribir que el catálogo debería ser destruido para que no corrompiera a las niñas canarias del futuro, porque ya se sabe lo que corrompen los catálogos de las exposiciones, porque nadie ignora (tampoco) que lo mejor para evitar la corrupción de la juventud es impedir sabiamente su acceso a las lecturas incorrectas.

Pintura y poesía. La tradición canaria del siglo XX  formaba parte de un proyecto más amplio de revisión crítica de la producción literaria y plástica contemporánea en Canarias que incluía, por ejemplo, una reflexión renovada sobre la obra de César Manrique, la celebración de debates o acuerdos con una editorial como Cátedra para que poetas como Pedro García Cabrera o Alonso Quesada contaran, por primera vez, con una edición de ámbito nacional. Todo esto se ha ido al infierno por una coalición de  intereses mamarrachescos entre los que figuran las patologías ideológicas que actúan fraudulentamente bajo la cobertura del feminismo, la obsesión por el postureo, los sarpullidos de protagonismo de alguna expolítica y un deporte tradicional entre la intelectualidad canaria como es fastidiar y perjudicar a Sánchez Robayna, que entre muchos profesores mediocres y poetas ilegibles de las ínsulas baratarias resulta más o menos el equivalente al arrastre de ganado, solo que más hediondo.

No se diga que el mísero disparate no está completo cuando, por lo demás, se cita a la ley de Igualdad para proclamar que la muestra era ilegal.  Por supuesto, la ley de Igualdad no estipula ningún criterio selectivo para organizar una concreta exposición: solo establece que las administraciones públicas deben velar porque la difusión de propuestas y bienes culturales que gestione  no privilegie a ningún sexo. En absoluto introduce obligatoriamente un sesgo de género en la gestión de los interese públicos; es vergonzoso tener que escribir obviedades tan elementales, tan sencillas, tan inmediatas. Lo más intranquilizador de todo esto es, precisamente, comprobar cómo una pequeña horda de indocumentados, con el apoyo o la anuencia abierta o tácita de artistas y docentes que ansiaban expresar su malestar profesional o poner la enésima zancadilla de sus carreras, ha podido imponer su criterio o, mejor dicho, su supino desprecio a cualquier criterio argumentado. Cuando la otra noche, en un brevísimo debate en la tele autonómica, le pedí a Dulce Pérez el nombre de una pintora canaria con obra importante a la altura de 1920, me contestó impertérrita que Pino Ojeda, que era, fíjate tú, escritora y pintora. Me quedé estupefacto, porque Pino Ojeda, una pintora discretísima, nació en 1916, y no consta que a los cuatro años haya inaugurado una exposición individual. Ni siquiera que haya participado en una colectiva. Pero es que esa insustancialidad argumental, esa trivialidad ignorante, es lo que ha caracterizado a los censores y a sus acólitos. La triste crónica de un proyecto expositivo y crítico – sin duda criticable, sin duda merecedor de ser criticado – arrasado por la bobaliconería ambiental, la inepcia intelectual, la ignorancia satisfecha, el encanallamiento académico. Un atropello intelectual y una estupidez moral que tendrán consecuencias en Canarias en los próximos años, especialmente, en el ámbito de la gestión cultural en las administraciones públicas.

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Una carta delirante

He leído con creciente estupefacción la grotesca carta enviada al presidente del Gobierno autonómico por el llamado  colectivo Artemisa sobre (contra) la exposición Pintura y poesía. La tradición canaria del siglo XX  Es delirante. Las firmantes pretende que se apliquen a las muestras artísticas el artículo 26 de la ley orgánica 3/2007 y que sea obligatorio implantar en las mismas –imagino que en las impulsadas por administraciones públicas, aunque cabe esperar cualquier cosa –  “la perspectiva de género” que debe estar presente “desde un principio”. Los comisarios o comisarias del futuro, por lo tanto, deberían abstenerse de cualquier planteamiento o criterio selectivo u organizativo que no incluya “la perspectiva de género” entendida metodológicamente, por supuesto, según las abajofirmantes. Una cosa es asumir y defender la igualdad de derechos de las mujeres o establecer penas y castigos normativos contra la violencia machista y otra muy distinta que tu ideología se incorpore como asignatura obligatoria a la elaboración intelectual y a la interpretación cultural de cualquier agente individual o colectivo. ¿Esgrimirán la ley orgánica 3/2007  si se publican más novelas de escritores que de escritoras en Canarias en este año en las colecciones institucionales? ¿Exigirán a los escritores que incorporen a sus relatos o a los poetas que introduzcan en sus poemas o a los críticos que consideren prioritariamente en sus ensayos “una perspectiva de género”?
Todavía más delirante es que en un penoso tono amenazador las firmantes declaren que buscarán apoyos a nivel regional, nacional e internacional “para acabar con esta situación injusta y al margen de la legalidad”.  A las malas exposiciones –que pueden incluir o no actitudes machistas en sus criterios programáticos – se les responde con críticas argumentadas y con debate intelectual, no invocando estrafalariamente a una legislación que no viene al caso y que no se promulgó para lapidar a comisarios artísticos equivocados, acertados o simplemente groseros en desafortunadas declaraciones públicas. Reconozco que yo soy todavía más alarmante que los señores Sánchez Robayna y Fernando Castro. Descreo que existan las docenas y docenas de poetas canarios valiosos y perdurables.  No, no, existen. Tenemos una quincena de líricos estimables durante cinco siglos de ejercicio literario en estos peñascos atlánticos y la mayoría son hombres, simplemente, porque las mujeres estuvieron aherrojadas en una posición subordinada y con un acceso vetado a la educación y a la cultura. En Canarias, particularmente, esta condición cosificante de la mujer fue más prolongada e intensa, porque la nuestra no es una sociedad posindustrial y con una sólida tradición de democracia y tolerancia a sus espaldas, sino una sociedad que hasta anteayer era rural y agrícola, pobre y desconectada con el exterior, de un conservadurismo brutal y embrutecedor con hondas raíces religiosas que tuvo su última expresión en el nacionalcatolicismo de una dictadura que hasta finales de los años setenta impidió que las mujeres pudieran abrir cuentas en las entidades bancarias sin permiso expreso de sus maridos, por ejemplo.
Respecto a las reclamaciones del colectivo Artemisia para “normalizar” la situación de las mujeres en el sistema de arte  canario, habrá que decirles lo mismo que a sus compañeros, los pintores, artistas, escultores, músicos o cineastas: espabilen. No pidan ser normalizados. Construyen su propio “sistema de arte” y desocúpense del Gobierno y sus infinitas e inútiles majaderías. No exijan obsesivamente ser bien tratados y dedíquense a tratarse mejor (con más imaginación, coraje y autonomía y menos subvencionismo y afeites ideológicos) a sí mismos.

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Juan José Delgado

Juan José Delgado fue mi primer jefe, si vale la exageración Todavía ignoro lo que me llevó a aparecer por La Gaceta de Canarias la víspera de tirar el primer número. Delgado estaba ahí, embutido en una rebequita, los ojos oscuros de sultana tímida mirando una pantalla en blanco mientras empezaba a extendérsele una alopecia testaruda pero casi invisible, como él mismo.  Alguien – un pibito joven pero increíblemente desenvuelto que se llamaba Víctor Álamo – nos presentó. Delgado sonrió con escaso entusiasmo, me tendió la mano y me saludo:
– ¿Qué tal, señor?
Era su estilo habitual. Un fisco de ironía, pero con respeto. O un fisco de respeto, pero con ironía. Juan José Delgado parecía (y sin duda era) un hombre ahormado en el respeto a los demás. Le repugnaba hasta lo fisiológico el chismorreo maldicente. Cumplía invariablemente las normas de la urbanidad. Pero siempre podía detectarse  en él una actitud ambigüa entre el reproche y el elogio, entre el entusiasmo y la desconfianza, entre la calidez y la indiferencia. A menudo Juan José estaba ahí y no estaba. Incluso en plena conversación,  mientras analizaba inteligentemente una novela, por ejemplo, Delgado desaparecía y dejaba su inteligencia hermenéutica flotando en el aire, como un polen. Entonces descubrías que se marchaba o que ya se había marchado:
–Hasta luego, señor.
Juan José Delgado estuvo en La Gaceta diez meses como jefe de Cultura pero, sinceramente, creo que el periodismo le interesaba muy poco. Había aceptado ese disparate para poder crear y dirigir un espléndido suplemento cultural, que se llamó inicialmente Gaceta de las Artes o algo por el estilo, y que fue la mejor publicación en su género en Canarias (años después el periódico se demostró capaz de prohijar otro suplemento igual de contundente, nutricio y brillante, conducido por Daniel Duque). Delgado era el hombre perfecto para impulsar y coordinar revistas, editoriales o entidades culturales como el Ateneo lagunero: tenía una curiosidad vigilante, tenía seductor talento formativo, tenía una intensa y tranquila capacidad de trabajo y tenía, sobre todo, la inusual facultad de no molestar a nadie por acumular tantas y tan discretas virtudes. Nunca supe si la literatura –el ejercicio ininterrumpido de la literatura desde una solitaria adolescencia –le servía de precipicio o de máscara. Tuvo de poeta la gracia que no quiso darle el cielo y de narrador las ganas, demasiado bien satisfechas, de entender, pero no de sorprender y, menos aún, de divertir. Pero fue un excelente ensayista y crítico literario, la actividad escritural que mejor se correspondía con su calidad de caballero honesto, congruente, lúcido, valeroso e inexistente. Yo lo apreciaba, lo apreciaba mucho, y no hay alumno suyo que no lo respete cabalmente  y a menudo lo admire, a la vera de la llama de su amor por los libros y los versos. Lo he recordado, corrigiendo y ajustando texts de otros en la pantalla luminosa de las mediasnoches de la redacción, mesándose la barba corta y entrecana, y he abierto una puerta, esa puerta cada vez más chirriante y dolorosa, para despedirme finalmente:
– Buenas noches, señor.

 

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Doce escritores isleños

Mi querido amigo Eduardo García Rojas ha pedido a un montón de escritores, profesores y periodistas isleños un listado de autores y libros canarios para un reportaje que publicará este fin de semana en su blog El escobillón  — de lectura obligatoria siempre – con ocasión del Día del Libro. Como me suele ocurrir, me lié y le mandé una docena de autores. Obviamente Eduardo no ha pedido a sus corresponsales una evaluación crítica, sino una relación de preferencias. Al final le mandé cinco libros de mi predilección. Pero esta es la lista completa: libros, autores y  razones.
1)  “Poesía”, de Juan Bautista Poggio y Monteverde
a) Porque te permite respirar después de la asfixiante pedantería de Cairasco.
b) Por una elegante contención expresiva impropia de un isleño.
c) Porque inauguró brillantemente la cortísima nómina de sonetistas apreciables (y no ripiosos) en Canarias
2) “Historia de Canarias” y “Epistolario” de José Viera y Clavijo.
a) Porque Viera y Clavijo sigue siendo uno de los mejores prosistas –quizás el mejor — que hemos tenido. Es uno de los poquísimos escritores canarios que tiene una relación pacífica, normal, limpia y placentera con el idioma.
b) Por su inteligencia narrativa.
c) Porque su curiosidad hacia lo universal se complementaba admirablemente por la atención a las singularidades de su pequeño país atlántico, sin conflictos, sin complejos, sin paparruchas.
3) “Cartas diferentes”, de Cristóbal del Hoyo y Solórzano, Vizconde de Buen Paso.
Por su descaro, por su libertad, por su gracia expresiva, por haber intentado ser un gran escritor con fiereza más que por haberlo conseguido con plenitud.
4) “Yo, a mi cuerpo”, de Domingo Rivero
Sí, simplemente, por ese soneto.
5)  “Poesía”  y  “Smoking room”, de Alonso Quesada
Porque supo ver en verso y prosa lo que es Canarias y como hiere este paradisíaco matadero.  Sobre todo al final, cuando su vida ya no tenía arreglo. Por supuesto, Canarias tampoco.
6) “Crimen” y “Ensayos” de Agustín Espinosa
a) Porque fue un surrealista, un surrealista profesoral, pero surrealista.
b) Porque abrió espacios expresivos e interpretativos a los que nadie volvió a asomarse nunca.
7) “Dársena con despertadores”“La esperanza me mantiene”,  de Pedro García Cabrera
a) Por una poesía que me gusta incluso (a veces) cuando es mala
b) Por una capacidad de oído y una intuición verbal excepcionales.
8)”Debates sobre el teatro europeo contemporáneo”, “Introducción a la novela inglesa actual”“Entrada y salida de viajeros” e “Isla y literatura”, de Domingo Pérez Minik
a) Porque fue un crítico literario que ejerció su propio criterio en la periferia de la periferia de los centros culturales y editoriales de su época.
b) Por la felicidad por leer y escribir que se le nota en cada página.
c) Porque sobrevivió al fascismo sin marchitarse, sin amargura, sin resentimiento.
d) Por su curiosidad incesante y su compromiso vitalista y sus ganas de dejarlo todo claro de una maldita vez, pero sin alzar la voz jamás.
e) Por un estilo que no comenzó a ser suyo hasta que dejó que se le destartalara la sintaxis.
9) “Fábulas de octubre”, “Salutaciones”, Del amor”, “Casa común”, “Dinde”, “Más que el mar”, de Luis Feria
a) Porque es un poeta excepcional que nadie puede explicar – es maravilloso – ateniéndose  al horizonte, a la insularidad, al mar o al resto de los estúpidos artilugios hermenéuticos.
b) Porque cada palabra parece recién nacida en sus poemas.
c) Porque expresó como nadie la maravilla de la niñez y su caída horrorosa en la vida y el amor y la soledad.
d) Porque nos detestó como es debido.
10) “A la sombra del mar”, “El náufrago sale”, “Desnudo en Punta Brava”, de Manuel Padorno
a) Porque inventó la luz de las islas en su poesía.
b) Porque vivía en las palabras palpando esa luz, ciego de pura lucidez.
c) Porque sabía ver las palabras antes de escucharlas.
11) “Teoría de una experiencia”, de Eugenio Padorno.
Porque es la suya una de las experiencias poéticas más reflexivas, lúcidas y luminosas sobre la soledad.
12) “Fetasa”, de Isaac de Vega.
Por su carga extrañamente perturbadora, su sentido del riesgo, su desprecio por el realismo chato y costumbrista del momento, su capacidad para desplazar significados con un mínimo de pericia verbal, y todo esto apurando hasta la fiebre el puro instinto literario, sin terminar de entender lo que estaba escribiendo.

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Honoris causa

He leído que la Universidad de La Laguna ha acordado conceder el doctorado honoris causa a un señor que diseña zapatos muy caros y cuya madre era palmera: su único vínculo conocido con Canarias. Manuel Blahnik se marchó de La Palma siendo casi un niño y no volvió jamás, aunque gracias a las fincas de plátanos de la familia pudo estudiar o simular que estudiaba en Ginebra y en París. Una tarde de diciembre inolvidable y sin duda ya olvidada descubrí un par de manolos en el escaparate de una tienda neoyorquina: costaban 1.500 dólares. Lucían muy bonitos, es cierto, 1.500 dólares, lo suficiente  –pensé demagógicamente –para alimentar a un niño, vestirlo decentemente y mandarlo a comer en medio mundo en el que tal proyecto es imposible. ¿Qué diablos tiene que ver la Universidad lagunera con Blahnik? Absolutamente nada. Por no tener la Universidad de La Laguna ni siquiera tiene una Escuela de Diseño Industrial ni nada por el estilo, mientras sigue expectorando decenas de licenciados en Pintura todos los años, como fabrica anualmente cientos de abogados, pedagogos y maestros. Pero es que resulta absolutamente indiferente. La Universidad de La Laguna es la que quiere hacerse publicidad con el diseñador, porque el diseñador no necesita para orlar su prestigio mundial ningún pergamino de la Universidad lagunera, cuyo gobierno pretende intentar, incluso, modificar el reglamento de honores y distinciones, para que sea el propio Rectorado quien se basta y se sobre, sin la intervención de facultades o departamentos, para bendecir doctoralmente a quien se le antoje: minerólogos, astronautas, ingenieros de telecomunicaciones, físicos cuánticos, estrellas de televisión, cocineros, deshollinadores, grandes directivos empresariales. ¿A quién puede hacerle daño? Propongo que en el acto académico todos, del doctor Martinón para abajo, lleven taconazos. Con un poco de suerte podemos salir en algún programa de Tele 5.
A Domingo Pérez Miñik jamás lo propusieron como doctor honoris causa de la Universidad de La Laguna, ni a Pedro García Cabrera, ni a Luis Feria. Acaba de morir, con un modesto reflejo en los medios de comunicación, Juan Pedro Castañeda, novelista y poeta y, cuando pudo y quiso, un decidido y comprometido animador cultural, como demostró en esa admirable revista, Liminar, que dirigió Juan Manuel García Ramos, y en el Ateneo de La Laguna, y en varias revistas y suplementos locales. Castañeda, cuya formación universitaria fue científica, fue el autor de una obra exigente pero muy compartible, un prosista magnífico sin maquillajes ni afeites, un poeta cuya órbita recorrió solo y arriesgado y venturoso y terrible, un hombre que desafiaba a diario el dolor físico quizás para distraer su terrible dolor espiritual. Yo creo que al final consiguió cierta serenidad: “Diosa de la armonía, no permitas que se derrumben/ las veredas de mi juventud,/ ni que por ellas transcurra mi vejez./ Procura que en cada momento mi alma tenga la edad justa,/ que mi sangre fluya a la velocidad del siglo,/ y que mi espíritu continúe sin patria ni enemigos”.  No, ciertamente es normal: la Universidad de La Laguna tiene aun menos que ver con el escritor Juan Pedro Castañeda que con ningún zapatero prodigioso, Casteñeda, un escritor que solo gastó los zapatos para recorrer el mundo y volver a nombrarlo y mostrar su espanto, su ironía o su aceptación de una experiencia que nunca entendió, que no entendemos nunca, y que llamanos la  vida.

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