Willy García

Una cultura del cochambeo y la impunidad

Cuando comenzaron aflorar nombres, cifras y metodologías en el caso Willy García un comentario machacón no tardó en florecer en conversas cafeteras y tertulias de bareto: “¿cómo se atrevió a llegar tan lejos?”.  No es mala pregunta. ¿Cómo te arriesgas así para –sin entrar en otras consideraciones éticas – arriesgar prestigio profesional, imagen personal y quizás libertad bajo fianza? Y la respuesta no es muy difícil. Consiste en la impunidad. En una sensación de impunidad tranquilizadora, y hasta estimulante, porque te crees protegido por el Número Uno, y el Número Uno no te dejará caer. Además se trata de una cultura profesional donde periodismo, negocios y amistades políticas fulgían como prótesis dentales de oro macizo en esta incomparable capital del Atlántico. En Tenerife resulta perfectamente detectable una arraigada cultura del cochambeo y la impunidad entre ciertos medios y periodistas y ciertos políticos y empresarios. Ah, esas terrazas de verano chicharreras de principios de los años noventa. Era un descubrimiento salir y encontrarte a periodistas y locutores casi imberbes que habían montado su pequeño garito estival a través (por supuesto) de concursos públicos irreprochables. Desde entonces esta gente, gente como Willy García por ejemplo, siempre estuvo un poco confundida, como los cuervos que vuelven una y otra vez a los campos de trigo convencidos de que los plantaron para ellos. ¿Y qué vas a pensar si el espantapájaros es un colega, te deja vía libre a las mazorcas y te permite montar una terraza de verano en el viejo cobertizo con una mano en el corazón y otra en una botella de bourbon?
El largo mandato electoral de Paulino Rivero no tuvo como eslogan Canarias un solo pueblo  ni Canarias por encima de todo, no. Si hubiera que elegir un auténtico eslogan debía ser algo así como Por mis gónadas peludas. Los que por convencimiento sincero o porque les viene bien la hilarante leyenda de un Rivero por encima de crasos intereses insularistas, cuasiheroico caudillo frente al Partido Popular e incansable defensor del Estado de Bienestar – no he visto una farsa tan grotesca en los últimos 25 años – deberían pensar en lo que supone conceder una subvención multimillonaria al Club Deportivo Tenerife  — a costa de esquilmar los apoyos a pequeños equipos y al deporte infantil y juvenil – para pretender convertirse en el presidente de la entidad blanquiazul apenas año y medio después. El cuajo, el inmenso cuajo que hay que gastar para diseñar esta operación, y el desprecio punto menos que demencial que demuestra hacia el ordenamiento jurídico y, en último término, a la Presidencia del Gobierno como institución pública. Reflexionen un momento al respecto y dejen de comprar la hedionda burra de cinco patas que este individuo pretendió venderles mientras ejercía el poder como si no hubiera mañana. Y no me refiero estrictamente a la acción de gobierno. A Rivero le interesó más el ejercicio del poder para conservar el poder que casi para cualquier otra cosa.

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Escepticismo palcolor

Los hermosos tiempos en los que los lectores no sabían localizar al articulista han desaparecido para siempre. Unos y otros participamos en las redes sociales y ahí terminamos por encontrarnos más allá (o más acá) del artículo del día. Sólo la mayoría de los venerables ancianos de la profesión – los que siguen labrando con su verbo florido, irónico y siempre desinteresado las ondas radiofónicas y los diarios de papel – no se asoman por las redes. No les interesan: están demasiado ocupados en las pequeñas o supremas conspiraciones, de las que las columnas son meras excrecencias, para ser o lucir como los artríticos reyes del mambo interminable. Que les aproveche, aunque el precio a pagar por todos es que sigan pudriendo esta profesión. Algún día alguien estudiará a esta primorosa generación que transformó el periodismo isleño en un ingenioso muladar donde instalaron su cinismo de garrafón o su sórdida hipocresía egomaníaca. En fin, lo que me han preguntado algunos lectores es si no me interesan los cambios en la RTVC, la marcha de Willy García, el nombramiento de Santiago Negrín. “¿Usted no escribe nada de eso?”, me apunta incluso algún indignado, porque ya se sabe que actualmente solo mereces existir si estás indignado.
Pues no, no me interesa mucho.
Mi desinterés parte de un profundo escepticismo. La nueva ley que regula la RTVC se hizo aprisa y corriendo en el último tramo de legislatura porque el presidente Paulino Rivero – magnífico ajedrecista del poder, aunque lo suyo sea el envido y la petanca – no quería correr el riesgo de perder a su mejor escudero político – el propio Willy García – antes de tiempo si no conseguía que CC lo designase por tercera vez candidato a la Presidencia del Gobierno autonómico. A finales del pasado año dos diputados – porque fueron solo dos – zurcieron el texto legal tomando básicamente como bienaventurado modelo la derogada ley de Televisión Española en vigor durante el mandato de José Luis Rodríguez Zapatero. Ha sido un disparate: la ley de Rodríguez Zapatero estaba diseñada para una televisión pública, mientras que la televisión autonómica responde a un modelo mixto con participación privada, en la que una productora proporciona bajo contrato contenidos no informativos. Todas las cautelas de la normativa para impedir la presencia de intereses y simpatías privadas en el denominado Consejo Rector se han burlado más o menos delicadamente: ya resulta un tanto raruno que algunos de los consejeros prefieran vender sus acciones o romper contratos a cambio de un cargo sin remuneración. Y a las tensiones entre los entrecruzados intereses políticos y empresariales se sumará la denuncia de los nuevos partidos en la Cámara regional, que no dejarán de observar, justificadamente, que tanto el Consejo Rector como su presidente han sido nombrados en una legislatura finiquitada que apuraba sus últimas semanas de vida. Desear mucha suerte a los nuevos responsables de la RTVC es un tanto ambigüo, sinceramente. ¿Mucha suerte, para qué?

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Willy García, en clave de ja

La diputada Ángela Montelongo preguntó al director general de la Radiotelevisión Canaria, en sede parlamentaria, por algunas producciones televisivas que había adquirido hace años el ente público a un precio entre sabrosón y escandaloso y que jamás había emitido. Las facturas ascendían a varios cientos de miles de euros y el beneficiario era una empresa de Francisco Padrón, ex-jefe de García en Radio Club Tenerife, quien solo comparte con Cernuda una fascinación efébica que ha pasado por los juzgados. El director general de la tele canaria, Willy García, se negó a contestarle porque su exquisita pituitaria le advirtió que lo que pretendía Montelongo era armar “morbo político”. Es una respuesta curiosa. Ya no porque, por enésima vez, el señor García se niega a responder a las preguntas de los diputados como si fuera una opción a su alcance y no una bofetada de laja encorbatado a la diputada, al Parlamento y a los ciudadanos por él representados, sino porque uno de los objetos más morbosos de la política regional, desde hace años, es precisamente el señor García.
Incluso en la selva selvaggia de las televisiones autonómicas resulta difícil encontrarse con una patología política como la que representa Guillermo García, que se considera exonerado de rendir cuentas al consejo de administración de la entidad pública que dirige (un consejo de administración que los partidos políticos mayoritarios, ciertamente, han convertido en inoperante primero y han destruido después) y ni responde a las preguntas de los diputados ni, si se tercia, se reprime a la hora de descalificar a sus señorías. Pero lo más sorprendente de este escándalo cotidiano – que debió ser interrumpido fulminantemente hace años por una dimisión o una destitución – es cómo se diluye en el debate político, en los medios de comunicación y en la propia sociedad civil canaria, si admitimos hipotéticamente que existe tal cosa como la sociedad civil canaria.  La nueva ley de la Radiotelevisión Canaria, uno de los compromisos programáticos del pacto entre CC y el PSC-PSOE, sigue durmiendo plácidamente en alguna gaveta entre fotos de La Revoltosa. Los socialistas han mudado su antigua crítica acerada hacia la gestión de la tele autonómica en un silencio cómplice, acomodaticio y profundamente estúpido. La prensa bosteza y ni las productoras que no comparten amistades ni los trabajadores del ente público mueven ya una ceja. Entre todos nos hemos resignado a la gestión opaca, salpicada de sospechas inquietantes y ayuna de explicaciones solventes de Willy García. Una anomalía que se conlleva estoicamente como si se tratara de una afección oncológica o unos golondrinos inextirpables. Un morbazo permitido de vez en cuando en las tribunas parlamentarias. Un espectáculo espasmódico en el que el señor García, cuando se le antoja hablar, lo hace siempre en clave de ja,ja,ja.

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El escándalo cotidiano

Algunos recordamos todavía – siquiera vagamente – que uno de los compromisos del pacto de gobierno entre Coalición Canaria y el PSC-PSOE era la reforma del modelo de elección del director general de la Radio Televisión Canaria y de sus órganos de gestión.  En la pasada legislatura  los socialistas se habían mostrado singularmente beligerantes contra el director de la RTVC, Guillermo García, por buenas razones que el transcurso del tiempo solo ha incrementado, cuantitativa y cualitativamente. Sin embargo está próximo a cumplirse el tercer aniversario de las últimas elecciones autonómicas y el proyecto de ley de reforma de la tele sigue reposando en un cajón, no se sabe  si del escritorio de José Miguel Barragán, de José Miguel Ruano o de Pepe Benavente. Los socialistas no se acuerdan ya ni del nombre del director del ente público.
–¿Le suena a usted Guillermo García?
–¿García?
–Willy.
–¿García o Willy dice usted?
–¿No le suena? García y García.
–¿Cómo?
–García Checa.
–¿Es checa y se llama Willy?
Es un incumplimiento flagrante del pacto que no perturba la digestión de José Miguel Pérez. Nada perturba política ni fisiológicamente al profesor Pérez, que ha creado la teoría y la praxis de un budismo socialdemócrata ajeno a los males de este mundo: en la voluntad anida la infelicidad y lo mejor es suprimir cualquier impulso volitivo para que la Consejería de Educación siga en manos de un militante socialista. Quizás a los actuales dirigentes del PSC-PSOE lo único que les queda, una vez liquidado su programa, su aspiración de mayoría política, su renovación organizativa y su implicación con la sociedad civil es, precisamente, su modesta, cataléptica, susurrante  participación en el Ejecutivo regional.
La continuidad de Guillermo García al frente de la televisión autonómica, después de sus burlas, desaires y secretismos frente al Parlamento y a su propio consejo de administración, después de los malolientes informes de la Audiencia de Cuentas y de su reprobación por la Mesa de la Cámara, supone un escándalo. Un escándalo cotidiano a la que el relato político isleño se ha habituado, como los hombres y mujeres del Medievo estaban acostumbrados a la peste bubónica.

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Vale todo

Reconozco que no me ha indignado la farsa del programa televisivo Salvados sobre el intento de golpe del 23 de febrero de 1981 y quizás no me ha indignado porque tampoco me sorprende mucho. Desde el punto de vista del espectador lo ofrecido anteayer por Jordi Évole y su equipo, en fin, no deja de ser una estafa. Salvados es un programa semanal de televisión y, como todos los programas, tiene un compromiso con sus seguidores. En su caso, para decirlo brevemente, abordar a través de un relato crítico asuntos graves de trascendencia social y política. Ese pacto implícito entre el programa y sus televidentes quedó hecho añicos el domingo pasado cuando Évole se decidió por ofrecer un falso documental, surtido de hipótesis generalmente delirantes, sobre el 23-F, a modo de bufonada sonriente y gamberroide. En términos de audiencia ha triunfado arrasadoramente.  Pero se suponía que, precisamente, el combate del periodismo crítico de Salvados consistía en sobrevivir comercialmente sobre el compromiso con la investigación de lo que ocurre desde ese relato progresista. En las redes sociales se pudieron registrar perfectamente los vaivenes de sus espectadores, que tienen en su indignación su certificado de lucidez política y moral. Primero, la credulidad enfurecida. A continuación – y sin olvidar a centenares de besugos que se apresuraron a borrar sus tuits – la estupefacción más o menos incómoda. Y finalmente la explosión de júbilo donde, de nuevo, croaban los más listos: es un gran experimento televisivo que pone en cuestión nuestras convicciones, suposiciones, anhelos, sospechas, barruntos, decepciones. Évole ya no era un presentador de televisión con estilo propio o un astuto entrevistador, sino un sociólogo en ciernes practicando una operación meaperiodística. Recordé a la señora Mercedes Milá, que en su día calificó inmortalmente a Gran Hermano como un “apasionante experimento sociológico”.
Tonterías. Évole y su equipo solo buscaban audiencia. Y la han ganado. Pues estupendo.
En televisión vale todo. Es un significante que devora cualquier significado. Por eso debe actuar así Willy García, el director de la Televisión Canaria, cuando se dirige a los diputados del Parlamento y lanza veladas amenazas a Águeda Montelongo. Es una costumbre de la casa. Un rasgo del medio. Una manera de estar (y mear) en un mundo que solo existe para ser televisado, es decir, convertido en espectáculo.

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