Marruecos

El petróleo marroquí

Cuánto sabe la gente que sabe. Cuando el Gobierno presidido por el coalicionero Paulino Rivero (y vicepresidido por el socialdemócrata José Miguel Pérez) se enfrentó a las prospecciones de Repsol en aguas próximas a Canarias no faltaron los que ridiculizaron este rechazo – que contó con un amplio respaldo popular – como un ejemplo de catetismo aldeano y manipulación. ¿Por qué negarle a Canarias la oportunidad de disfrutar de las ventajas de la explotación de importantes yacimientos submarinos de petróleo?  Ahora que las prospecciones apoyadas por el gobierno de Rabat y desarrolladas por la empresa británica Europa Oil & Gas han encontrado un yacimiento de crudo que podría llegar a los 1.000 millones de barriles a unos 200 kilómetros de la Graciosa, casi al borde de la zona económica exclusiva de España, esta gente tan lista vuelve a dar la murga, y te cuentan que Marruecos nos va a chupar (sic) todo el crudo que exista por esos andurriales. Qué listos los marroquíes y que bobos somos los que rechazamos las pesquisas de Repsol y no asistimos (por ejemplo) a los almuerzos y merendolas que ofreció la multinacional española a los periodistas isleños.

Canarias no se hubiera beneficiado ni con un barrilito de queroseno si Repsol hubiera insistido en su exploración submarina y encontrado un yacimiento explotable. No somos un Estado, sino una comunidad autónoma, y no estamos en condiciones de imponer condiciones a una compañía de la potencia empresarial, económica y tecnológica como es Repsol, cuyos permisos de perforación concedió en su día el Gobierno español. Yo ignoro de dónde sacan sus petulantes ensoñaciones los que sostienen que nos podríamos haber llevado un solo céntimo si las prospecciones hubieran concluido con éxito. El señor José Manuel Soria, ministro de Industria y Energía, insistió mucho al respecto, pero jamás concretó nada sobre el fantasmagórico modelo de explotación que permitiría a Canarias participar en los beneficios de la extracción y la venta de crudo. Por una razón obvia: no existe tal modelo y una comunidad autónoma no tiene absolutamente nada que decir, proponer o exigir, desde un punto de vista jurídico, sobre una explotación petrolera a 100 kilómetros de sus costas. Nada.

El futuro energético de Canarias apunta irreversiblemente a las energías limpias aunque el petróleo – y el gas – sigan manteniendo un alto porcentaje en el mix energético durante los próximos lustros. La energía fotovoltaica y la energía eólica aumentaron su velocidad de implantación en la pasada legislatura, y después de pasar lo más duro de la pandemia, han cobrado de nuevo fuerza. Y sin embargo persisten agónicos cuellos de botella reglamentarios y administrativos que deben ser resueltos o suprimidos para que se cumplan las predicciones del Plan de Transición Energética de Canarias,  y en el 2030 el 60% de la demanda eléctrica del archipiélago se cubra con fuentes renovables. El Plan de Transición está muy bien, pero curiosamente no cuenta con las inercias e ineficacias que la selva de informes, permisos, autorizaciones y contratos que empresas y particulares deben superar. En ese encrespado desbrozamiento administrativo, que coarta todavía la implantación de renovables en las islas, y en la colaboración sistemática de la administración autonómica con cabildos y ayuntamientos con el objetivo de acelerar la transición energética es donde debe centrarse la exigencia crítica, no el lloriquear por un petróleo que, en ningún caso, sería nuestro, ni directa ni indirectamente, y que en Marruecos tampoco bendecirá a la población, sino a la familia real y a la camarilla corrupta y criminal del Majzén.

 

 

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Los sinvergüenzas

A mí me da sentimiento cuando Ángel Víctor Torres informa que el Gobierno canario participara en las negociaciones entre España y Marruecos para solucionar el complejo problema de una delimitación de las aguas territoriales entre ambos países. Como conozco muy poco al nuevo periodismo – que sobre todo es una forma de convivir con el hambre – no entiendo por qué el periodista que toma nota del anuncio de Torres no le pregunta d inmediato detalles específicos de la participación canaria. ¿Se integrará un consejero, un viceconsejero o un director general en los equipos negociadores? ¿O solamente técnicos de la comunidad autonómica? O tal vez –como ya se murmura – el Ejecutivo regional se limitará a remitir un informe periódico sintetizando naderías? Lo más probable es que ni Torres lo sepa. Ya improvisarán algo. De lo que se trata – es una línea estratégica del Gobierno desde 2019 – es de insistir en que el nacionalismo –cualquier nacionalismo – deviene superfluo porque Pedro Sánchez le tiene un respeto ilimitado a Torres y a su equipo y, como un padre comprensivo y generoso, está dispuesto a conceder lo que se le pide respetuosamente, siempre que sea justo y necesario. Lo que sea justo y necesario, por supuesto, lo decide Pedro Sánchez. Al parecer existen otras comunidades en las que el nacionalismo no solo es natural para el PSOE, sino profundamente comprensible, como en Cataluña y el País Vasco, mientras en otras es prescindible, como ocurre con un país a 1.500 kilómetros de distancia de Cádiz, por ejemplo.

“Pedro Sánchez tiene que venir a Canarias para explicar el cambio de postura respecto al Sáhara”, llegó a decir el presidente canario en un reciente  pleno parlamentario.  A Canarias no ha venido, por supuesto, pero sí visitó Marruecos hace pocos días. Por supuesto, una vez que se ha cedido a la solución marroquí al conflicto, esa autonomía de cartón piedra, se produce un pinturero despliegue sobre los restantes conflictos e intereses enfrentados. Y así Rabat ofrece graciosamente retomar las conversaciones sobre las aguas jurisdiccionales interrumpidas desde hace más de quince años. Foto de Mohamed IV y de Pedro Sánchez compartiendo con sus ministros un modesto refrigerio de veinte platos. Rabat empleará en este asunto exactamente la misma metodología que con el Sáhara: gestión de los tiempos, primacía de los hechos consumados, verdadera diplomacia con Francia y Estados Unidos  y comedias de enredo con España.  Punto de partida: la costa sahariana es, entera y verdadera, territorio marroquí.

Todo coincide en una infinita burla. Lo más hiriente es escuchar la defensa de la falsa solución autonomista y que Sánchez o Torres o Julio Pérez  insistan a continuación que toda solución “deberá contar con el respaldo de las dos partes”. Y eso no es solo cinismo supurante, sino una perfecta estupidez. Marruecos, un régimen autoritario y deficientemente enjalbelgado, es una potencia ocupante en un territorio que no es el suyo. Luego están los realistas. Esa gente que charlotea que el referéndum no es posible. Es la misma gente que lo decía hace diez años y hace veinte también. Son los que desde la política, la empresa y el periodismo –dentro y fuera de Canarias — han colaborado con la estrategia de marroquización del Sáhara –con persecución, con detenciones y torturas, con corrupción y bajezas, con chantajes y sobornos, con mucho dinero para comprar dirigentes y cuadros polisarios. Conocí a uno y comí en su hermosa casa. Durante varios años vivió en esa casa hermosa y recibió excepcionales regalías. Un día perdió la cada y desapareció el dinero. Ha ocurrido con cientos de polisarios sobornados. Ni un céntimo se ha dedicado al desarrollo del Sáhara y a la prosperidad de sus habitantes. Todo se ha dedicado a fusiles, morteros, balas, policías, corrupción de voluntades, terror institucionalizado. Los que insisten en defender toda esta maquinaria criminal y canalla como algo triste o felizmente inevitable son unos sinvergüenzas y llevan lustros trabajando para los intereses de la monarquía marroquí y su inmunda cleptocracia.

 

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Recuerdo que en 1999, cuando Mohamed VI subió al trono, muchos observadores y analistas presagiaron que se produciría una mayor apertura política y que las reformas del nuevo monarca se encaminarían hacia una aceptable democracia parlamentaria, más o menos homologable y basada en un respeto irrestricto a los derechos humanos. Mohamed VI tomó algunas decisiones iniciales realmente esperanzadoras, entre las cuáles no fue la menor destituir al ministro de Interior y mano derecha de su padre Hassan II, el temible Driss Basri, bien conocido, por cierto, por los saharauis: mató a muchos cientos y torturó a varios miles. Bari era simultáneamente un chacal sanguinario y un referente de la infinita corrupción del reino alauita como cabeza visible del Majzén. Intervenía, bajo la jurisdicción del Rey de los Creyentes, en el reparto de canonjías y mordidas y licencias de importación. Todo el mundo aplaudió a Mohamed VI en el país y en el extranjero. Los años más oscuros tocaban a su fin. A lo largo del lustro posterior una cadena de cambios políticas, jurídicos y normativos parecieron dar la razón a los más optimistas. Aumentó el pluralismo –dentro de ciertos límites –en los medios de comunicación y en la institución universitaria. Pero poco a poco el luminoso esfuerzo reformista fue perdiendo fuelle y terminó por detenerse.

El mismo Mohamed VI, muy activo al principio de su reinado, fue afectando una indiferencia creciente no ya a una agenda reformista muerta, sino al propio gobierno cotidiano. Pasó y sigue pasando largas estancias, a veces de varios meses, en París y en los Alpes suizos; con menos frecuencia, en Londres y Nueva York. En todas esas ciudades dispone de viviendas de esplendor palaciego y de importantes inversiones inmobiliarias. Porque ese es el secreto – si merece tal nombre – del fracaso de las reformas después del fallecimiento de Hassan II. Reformar el país democráticamente, emprender una vía para una política social amplia, eficaz y eficiente, significaría necesariamente el sacrificio del Majzén, esa oligarquía que, a la sombra de Palacio, maneja y amplía fortunas inmensas relacionadas con el turismo, la hostelería, las licencias de importación, las infraestructuras, la compra de material militar, la minería o la producción agrícola. Y la primera fortuna –con intervención directa e indirecta en las empresas públicas marroquíes – es la del rey. Es imposible una plena democratización de Marruecos si la corrupción estructural del reino – que articula y fiscaliza toda la iniciativa económica y empresarial — no es destruida de raíz. Por decirlo con la máxima sencillez: más allá de algunos aspectos valiosos, pero muy insuficientes, el Reino de Marruecos resulta política y socialmente irreformable.

De ahí se deriva, por supuesto, otra obviedad: el gobierno marroquí no está en condiciones ni anhela ni podría permitir en absoluto un Sáhara dotado de un estatuto de autonomía política. Ninguna región marroquí dispone de tal artefacto político. Solo puede pensarse — y necesitaría de una reforma constitucional — en una limitada y siempre suspicaz autonomía administrativa, que probablemente terminaría desapareciendo en muy poco tiempo. La marroquinidad del Sáhara ha sido, precisamente, una de los límites en el espacio público del reino. Ninguno de los grandes partidos políticos de Marruecos (de izquierdas o de derechas, laico o islamista) pone en cuestión que la excolonia española debe integrarse sin más en su territorio. O  más exactamente: todos los partidos políticos, cn o sin representación parlamentaria,  respaldan sin fisuras que el Sáhara es propiedad de Marruecos. Cuando uno escucha a altos cargos de los gobiernos de España y de Canarias las cínicas y repeinadas insensateces de los últimos días no sabe dónde meterse para que lo asfixie la vergüenza ajena.   

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Gana Marruecos

Cuarenta y tantos años después se consuma la traición definitiva al pueblo saharaui. La carta que ha remitido el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, al rey de Marruecos, está empapada de ignominia. Contra la posición tradicional – aunque puramente retórica—del PSOE, contradiciendo incluso el programa electoral que hace dos años lo consolidó en el poder, Sánchez ha aceptado el objetivo instrumental de Marruecos: lo mejor para el Sáhara no es un referéndum sobre su soberanía política, sino la limitada autonomía administrativa que le ofrecen los marroquíes. Es exactamente lo mismo que admitir que España reconoce que el Sáhara forma parte territorial de Marruecos. Mohamed VI y el régimen que heredó de su padre – y que no ha sabido o querido reformar  sustancialmente – han ganado la partida. Durante casi medio siglo han empleado todas las herramientas – la ocupación militar, el despliegue de una policía secreta omnisciente, el cultivo de la corrupción de líderes saharauis, el encarcelamiento y la tortura de opositores, un incansable aparato de propaganda dentro y fuera del Reino – para retrasar los mandatos de la ONU y desactivar la sentencia del Tribunal Internacional de la Haya de 1975. Para todas las fuerzas políticas del país – de izquierda a derecha – el Sáhara forma parte integral de Marruecos “desde lazos históricos y culturales comparten todos los marroquíes”.  Eso nunca ha sido negociable.

También es cierto que nunca se ha intentado negociar seriamente por parte de ningún gobierno español desde 1976, pese a que legalmente, como potencia colonizadora del territorio, España estaba obligada a hacerlo, con el mandato explícito de cumplir un proceso de descolonización que preservara los intereses saharauis  Por el contrario, los gobiernos españoles han dejado pudrir la situación facilitando la marroquinización del Sáhara. Mientras se seguía sosteniendo, cada vez más ridículamente, la estratagema del “colchón de intereses” entre ambos vecinos para evitar conflictos a través de una arcangélica cooperación económica y comercial, Rabat seguía a su bola, mejorando sus acuerdos agrarios y pesqueros con la UE y chantajeando con su flujo migratorio a cambio de nuevas concesiones. En los últimos cinco años ha adquirido armamento y material militar por valor de 20.000 millones de dólares. Desde antes incluso se había embarcado en una política de compras que incluye cazabombardeos, carros de combate, helicópteros Apache, fragatas y cuatro drones MQ9.  Hace casi dos años se reintrodujo el servicio militar obligatorio.  El objetivo de Marruecos – nunca lo ha ocultado – es alcanzar la supremacía militar regional que se disputa con Argelia.

Unas pocas fechas. El diciembre de 2020 Donald Trump reconoció la soberanía de Marruecos sobre el territorio del Sáhara. En julio de 2021 Sánchez entregaba la cabeza de la entonces ministra de Exteriores, Arancha González Laya, por su implicación en la estancia en un hospital español de Brahim  Ghali, líder del Frente Polisario; eso no bastó, y los chacales de Rabat exigieron igualmente la destitución del jefe del gabinete de González Laya, que lo había sido con los tres ministros anteriores. Aun así el Gobierno marroquí no estuvo satisfecho y mantuvo las relaciones congeladas hasta anteayer, cuando la invasión de Ucrania por Rusia proporcionó la desatención más adecuada para la infame carta de Sánchez.

Es tan sórdido y grotesco. Llorar por la pisoteada soberanía de Ucrania y dejar en manos de un déspota corrupto 270.000 kilómetros cuadrados de un pueblo ultrajado. Con Argelia y su gas mirando. Con Canarias ignorándolo todo sobre este desafuero criminal.

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Tarbak Haddi

El cónsul de Marruecos en Las Palmas de Gran Canaria no se ha dignado a bajar una docena de metros de escalara, y a atravesar cinco o seis metros más de acera, para dirigirse a Tarbak Haddi, una saharaui que mantiene una huelga de hambre que ya amenaza su vida. Ni ha bajado él, ni ha mandado a ningún subordinado para interesarse por la situación. Si la propaganda política marroquí contuviera un ápice de verdad – según esa misma propaganda obscena Tarbark Haddi es una ciudadana del reino de Marruecos, porque el Sáhara no existe – el señor cónsul debería demostrar una mínima diligencia. Pero Tarbark Haddi recibe la misma atención que un perro callejero. Es una estampa vomitiva que ilustra, precisamente, lo que el discurso oficial del Gobierno marroquí insiste en negar: que los servidores de Mohamed VI – autoridades políticas, funcionarios, policías y militares — tratan a los saharauis como bestias que no merecen ni una palabra, ni una mirada, ni un remoto rastro de humanidad y reconocimiento.
La exigencia de Tarbak Haddi, por supuesto, supone un escándalo. Ni siquiera pide la vida de su hijo; solicita que le sea entregada su muerte.  Que le entregan su cadáver, para ser enterrado dignamente, y que una autopsia neutral certifique las razones por las que se apagó su vida. Mohamed Lamine Haidala, apenas veinte años, fue herido en una reyerta entre saharauis y colonos marroquíes. La policía lo detuvo y pasó 48 horas en un calabozo, y de esa macabra ratonera salió directamente a un centro hospitalario, donde murió a causa de una septicemia el pasado mes de febrero. Hasta ahí lo que amablemente han comunicado las autoridades de Rabat. Pero nadie sabe dónde se encuentra el cadáver de Mohamed Lanime Haidala.  Nadie, realmente, es capaz de relatar las circunstancias de sus últimas horas. El dolor por la pérdida de un hijo es un infierno indescriptible, pura llaga viva y supurante que enciende el aire y te quema en cada suspiro, y no acaba jamás. Cuando además ignoras sus últimos momentos y no sabes cómo o quién te lo arrebató para siempre ya no eres apenas un ser humano, sino una máquina de sufrimiento incesante en medio de una oscuridad completa, irredimible. Las persianas del Consulado General de Marruecos en Las Palmas permanecen echadas.
Todo el mundo celebra (y yo el primero) que la pasión política haya regresado a este país y millones de ciudadanos reclamen en las calles y en las urnas honradez, dignidad, buen gobierno, el apuntalamiento de los servicios sociales, transparencia en la gestión, lucha contra el empobrecimiento y la desigualdad. Pero no deberíamos olvidar que la recuperación de la política no es solo una exigencia que incumbe a nuestras vidas cotidianas y a nuestras propias injusticias. Tarbak Haddi sigue esperando y deberíamos hacerla saber que, en su desolación y en su dignidad, no está sola.

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