Periodismo

Libertad de expresión

A un periodista – y fundador y copropietario de un medio de comunicación, eldiario.es – Ignacio Escolar, lo han “despedido” de la SER. Muchas miles de personas (incluyendo numerosos compañeros de profesión) se han solidarizado con Escolar y han mostrado su asombro, irritación o indignación por la decisión del grupo Prisa. Nacho Escolar afirma (y existen pocas dudas al respecto) que el consejero delegado de Prisa, Juan Luis Cebrián, ha decidido expulsarlo de una tertulia semanal de la emisora más escuchada de la radio española por publicar que tenía vinculaciones con empresas off  shore radicadas en Panamá. Cebrián no solo lo ha negado, sino que ha anunciado acciones legales contra los medios que han afirmado que existen esas relaciones e incluyen a su esposa. Escolar publicaba hoy un artículo en su periódico digital en el que insistía en que continuaría investigando y publicando y difundiendo la verdad.

Es difícil, si se tienen más de veinte años, eludir el asombro ante el texto obsesivamente digno de Escolar, con su ligero hedor a tramoya. De manera que publicas en tu periódico que el consejero delegado de un grupo editorial con el que colaboras andaba metido en confusas operaciones para evadir dinero del fisco y te quedas estupefacto cuando dicho consejero delegado ordena que no colabores más en uno de los medios de su conglomerado empresarial. ¿Sorprendente, no? Es algo que no se ve en ningún lado. Lo natural es que en la SER se organizara semanalmente una tertulia sobre evasores fiscales, panamanizables o no,  y el aguerrido Escolar lo contase absolutamente todo:

–¿Y saben ustedes que Cebrián, muy probablemente, ha mentido canallescamente en todo este asunto y pueden existir indicios inequívocos de la comisión de delitos tributarios?

–¿Juan Luis Cebrián, el consejero delegado de esta empresa que te paga como contertulio habitual?

–Sí, sí, ese, ese mismo.

–Cuenta, cuenta, Nacho. Entonces podemos decir desde la SER que Cebrián es un…

En el mundo adolescente, intangible e irresponsable de los escolares, Cebrián no debería tocarles ni uno de sus pelos churretosos, muy al contrario, estaría obligado a convertir a Escolar en opinador diario para que desmenuce meticulosamente todo su patrimonio.  Como no es así el director de eldiario.es expone su martirologio y se ofrece por enésima vez, humildemente, como peana de la libertad de expresión en España. En su todavía corto pasado, eldiario.es evidencia algunas muestras de escasa o nula tolerancia. Generalmente no son los propietarios los que largan a los incómodos, sino la masa furibunda y babosa de suscriptores y lectores. Firmas como Roger Senserrich, Manuel Saco, Ignacio Urquizo o Julio Embid desaparecieron porque no respetaron consignas, no hozaban en los lugares comunes de la izquierda sonambúlica o criticaron las divinas proporciones de Podemos y otras bellezas políticas. No tuvieron que meterse con Escolar: bastó con que no demostraran un pensamiento de izquierdas tan sólido, articulado, genuino e independiente como gerardo tecé o barbijaputa.

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Buscando al canario

¿Ocurre alguna catástrofe en algún rincón del planeta? Para el periodismo local lo fundamental, en una tesitura tan delicada, es que un isleño esté por ahí. Si, por ejemplo, un terremoto sacude apocalípticamente Antioquía, la primera reacción del redactor jefe consiste en localizar de inmediato a un canario que viva en Antioquía. “Tiene que haber alguno”, he escuchado yo mismo en innumerables ocasiones, “no me digas que en Antioquia, cojones, no vive ningún canario…Si es casi tan grande como Las Palmas o Santa Cruz. Es cuestión de localizarlo, hablar con él cinco minutos y nada más”.  A veces, sin embargo, se trata de una misión imposible. En el caso de no encontrarlo se pone en marcha instantáneamente la siguiente escala informativa por orden descendente de preferencia editorial:
1)  El canario en cuestión no vive en Antioquia, pero residió en la ciudad turca durante varios años a finales del siglo pasado.
2)  El canario en cuestión no vive en Antioquia, pero tiene (o tuvo) a un familiar que vivió en Antioquia, sin excluir necesariamente a los cuñados,  durante varios años a finales del siglo pasado.
3)  El canario en cuestión pasó durante sus vacaciones por Antioquia y llegó a tomarse un café en una cuadra maloliente que se hacía pasar por un establecimiento hotelero. Ya entonces el lugar le dió mala espina.
4)   El canario en cuestión – que puede ser un periodista de la propia redacción – tiene un amigo que pasó durante sus vacaciones un par de noches en Antioquia, aunque no recuerda nada, porque jamás, durante todo el viaje, logró escapar de un estado de embriaguez tumultuosa.
5) El canario en cuestión es profesor interino de Geografía de Enseñanzas Medias y puede situar aproximadamente a Antioquía en el mapa, siempre y cuando no se aplique un criterio demasiado exigente.
6)   El canario en cuestión siempre quiso instalarse en Antioquía, pero se abstuvo porque tenía mala rima, y ahora tiembla recordando el terremoto que sacudió (un poquitín) la capital tinerfeña en los años ochenta.
Ocurrió, por supuesto, con los terribles atentados que sembraron de muertos la mañana gris marengo de Bruselas. Todavía resonaban las explosiones y ya diligentes periodistas isleños buscaban afanosamente a canarios afectados en mayor o en menor medida, hasta que localizaron a uno que, guau, viajaba además en ese momento en el metro. No, no le pasó nada pero  –aclaró al respetable y a la Historia – no le ocurrió nada por los pelos, sin reparar que media algo más que el grosor de un cabello entre el chisme y la tragedia. Es una pasión que no entiendo: el sabor del terror, de la destrucción y la maldad no cambia sea cual sea el idioma o el acento en el que se expresen. Lo que sería interesante – aunque me temo que imposible – es que se abra periodísticamente un debate sobre las fragilidades de nuestros sistemas de seguridad como región fronteriza, por ejemplo, o se vertebre una discusión sobre nuestra capacidad para demostrar solidaridad con los refugiados sirios (y no solo sirios) que ahora se pretenden estabular indecentemente a tanto la pieza en Turquía.  Sería estupendo abandonar la obsesión de buscar al canario en la noticia y sustituirlo por buscar la noticia en Canarias.

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Combustión espontánea

Creo recordar que el primer síntoma de la transformación llegó muy pocos meses antes de las elecciones autónomas, cuando me tropecé con ese pibe que ahora investigan judicialmente por contratarle programas de televisión al espíritu evangelista que todos conocemos y que se tomó aquello de “dejad que los niños se acerquen a mí” demasiado literalmente. Se lo tomó hasta el pliegue inguinal. El pibe este siempre había optado por no saludarme jamás. Se me antoja que no fue una decisión dramática, sino el comportamiento natural de una tipo importante hacia un vaina que nunca había entendido lo que era importante. El hecho es que el pibe,  cuando no tenía más remedio – ah, una vez, en las escaleras de Radio Club, por donde han bajado y subido tantas cosas – se quedaba paralizado, abstraído, con la mirada concentrada en un punto ignoto, preso rendido de un silencio paralítico. Como corresponde a un vaina, yo le decía, por ejemplo,  yo le decía “buenas tardes”, y el pibe no movía un músculo, no abría la boca, no proyectaba ninguna señal de hacer detectado vida inteligente o estúpida a su alrededor. Sin embargo, esa mañana, poco antes de las elecciones, fue distinto en la plaza Weyler, junto a la fuente donde excretan las palomas con admirable gusto estético,  y el pibe abrió una gran sonrisa, intentó emborronar un abrazo en el aire, preguntó admirativamente por los artículos y por la familia o quizás fue al revés. Solamente quería expresar que me quería, como se quiere a los viejos compañeros que nunca lo han sido, y que gozaba de toda su simpatía, radiante como el polo blanco, sus blancos pantalones, sus níveas zapatillas para correr y absorber cualquier blancura.
A partir de este episodio, ya digo, los síntomas se han multiplicado. Sobre todo después de las elecciones, en efecto. Todos los días descubro a mi alrededor combustiones espontáneas de cariño, afecto, admiración, entusiasmo sobrevenido por parte de gente que apenas conoces y de gente que nunca debiste haber conocido. Chistes, sesudas recomendaciones, arrumacos, llamadas telefónicas surrealistas, muy sentidos mensajes por el móvil, tuits como una dulce carantoña, invocaciones a la amistad fecunda, pequeños prólogos a escenas de infortunio y desolación que solo tú sabrás comprender y transmitir, ejem, a quien corresponda, hermano, a quien corresponda. El otro día, en un restaurante, estuve a punto de pegarle una hostia a un individuo empecinado en abrazarme con lágrimas en los ojos. Me imagino que resulta inútil explicar que continúo siendo el mismo sujeto execrable al que se la pelan sus silencios o sus baboserías. Arden cinco segundos, otra explosión de simpatía inútil, y no sirven ni para iluminar sus caries.

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Igual, pero distinto

Durante lustros imaginé que dejaba de criticar a los Gobiernos porque me nombraban presidente en la sombra o, en su defecto, escritor de discursos del director de la televisión autonómica, pero ni siquiera he conseguido lo segundo en la coyuntura histórica de menor exigencia lectoescritora que ha registrado Canarias. Recuerdo que hace no mucho un erudito e insomne chirisgabís, actualmente diputado, expresó irónicamente lo poco que me faltaba para cobrar del presupuesto público. Se equivocó, por supuesto. La principal característica que comparten todos los profetas es que se equivocan siempre, porque su objetivo no es acertar, sino destruir. Los que solo han leído novelas se equivocan más, naturalmente. También era posible, en fin, que un día los gobiernos fueran diligentemente inofensivos, pero esa fantasía, como la que me conmovía en mi juventud, un mundo sin banderas tremolantes ni patrias infectas donde jamás faltaran maestros, médicos ni fontaneros, no llegará nunca. Ya empieza a estar muy claro que, como dijo el poeta, envejecer y morir no son las dimensiones del teatro, sino el único argumento de la obra.  Y suele acabar mal.
De repente un feliz golpe del destino me ha sustraído maravillosamente de esa crasa, abominable, cansina obligación de fiscalizar las torpezas, boberías y maldades hipotéticas del Gobierno de Canarias, a lo que me he dedicado mayoritariamente en los papeles durante el último cuarto de siglo. No negaré que, como columnista, esta circunstancia es bastante perturbadora.  Te quedas como huérfano tembloroso a la orilla de un camino desconocido, mirando al cielo donde ya no brillan como estrellas luminosas nombramientos, discursos parlamentarios, decisiones políticas, la galaxia atorrante de páginas enteras del Boletín Oficial de Canarias, los agujeros negros de las promesas electorales. Garrapateas entre ansias y añoranzas como el escritor que se ha retirado del tabaco y ya no puede dibujar el adjetivo preciso con el humo acre del pitillo. Con lo fácil que resultaba rellenar el folio con la penúltima huevonada de un viceconsejero descerebrado, es más, con lo que prometen los viceconsejeros en esta legislatura…En fin. Se trata de practicar otra mirada sin ocultar el estrabismo, de andar con otro ritmo sin crear una coreografía, de escuchar otras voces y atender otros ámbitos pero, ustedes lo saben o intuyen bien, los articulistas en ningún caso sirven para anunciar el desayuno. Forman parte del mismo. Somos nuestro propio producto precipitado en este montoncito de palabras y aunque cambien algunos ingredientes el sabor – no se engañen  ni pretexten ilusiones — será el mismo.  Un sabor parecido  al que desprende ese diminuto cuento de Hemingway:  “Vendo zapatos de bebé, sin usar”

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Cercenar las libertades públicas

La Federación de Asociaciones de Periodistas de España (FAPE), la Asociación de Editores de Diarios Españoles (AEDE), el Foro de Organizaciones de Periodistas (FOP) y varias entidades empresariales y profesionales más firmaron ayer un documento contra la reforma de la Ley de Enjuiciamiento Criminal, que está a punto de entrar en el Senado, lo que significa, dada la aplastante mayoría absoluta del PP en la Cámara Alta, que la modificación normativa podría entrar en vigor el próximo julio. Como una muestra más del proceso de bunkerización del Partido Popular – y de una voluntad inequívoca de recorte y domesticación de las libertades públicas – la derecha cavernaria ha añadido al artículo 520.1 referido a las detenciones  — ¿recuerdan el caso de Rodrigo Rato? – una coletilla (de rata infecta) según la cual “se deberán adoptar las medidas necesarias para asegurar el respeto a los derechos constitucionales (de los detenidos) al honor, intimidad e imagen en el momento de practicarse así como en los traslados ulteriores”. ¿Se impondrán cordones sanitarios alrededor de juzgados y comisarías para evitar que periodistas y fotorreporteros se mantengan a menos de cien metros de distancia? Esta sinvergüencería apenas resulta el complemento de la mucho más preocupante ley de Protección de la Seguridad Ciudadana, recurrida en el Constitucional por toda la oposición parlamentaria, que convierte lo que eran faltas establecidas en el Código Penal en sanciones administrativas con multas de hasta 600.000 euros por el abominable acto de fotografiar o filmar a las fuerzas y cuerpos de Seguridad del Estado o, sencillamente, “por la perturbación grave de la seguridad ciudadana con ocasión de reuniones o manifestaciones”. Es una ley innecesaria para mantener el orden público, pura arqueología punitiva que añade a los porrazos y las hostias la amenaza coercitiva de multas a individuos y a organizaciones políticas, sindicales o cívicas,  y cuya manifiesta inconstitucionalidad ha sido señalada por numerosos juristas.
En estos días se ha escuchado un montón de cantos aurorales por parte de los nuevos y viejos partidos, ofertas y promesas, saludos y epifanías, juramentos por lo más sagrado o lo más terrenal y metáforas ya marchitas antes de salir de las bocas sobre retos, caminos, épicas hazañas o disposiciones administrativas por venir. Quisiera uno aprovechar tanto fervor para recordar a los nuevos o renovados representantes populares – ni siquiera cabe desdeñar al propio PP – que lo que está en juego con la Ley de Seguridad Ciudadana o la reforma de la Ley de Enjuiciamiento Criminal no son privilegios de una profesión tan puteada y ningüneada como en los últimos años, este oficio atroz y disparatado que es el periodismo, sino el derecho a la libertad de información y expresión, que no es de nadie, porque es de todos.

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