Alfonso González Jerez

Nervios

Si hay una cosa que me pone realmente nervioso, lo admito, no es la evolución de la prima de riesgo, ni los oscuros precipicios de la bolsa, ni la penúltima idiotez o canallada del Gobierno, ni siquiera el desempleo galopante y las nuevas formas de explotación laboral. Todas esas situaciones generan cabreo, malestar, agitación, pero no la desazón que siente uno al contemplar la reacción de las izquierdas frente a todo este desastre demoledor, este cambio de paradigma político y social que avanza pisoteando triunfalmente principios democráticos y derechos ciudadanos. Para empezar, el centroizquierda que representa (¿representa aun?) el PSOE. El PSOE que gobernaba apenas hace medio año y que en la actualidad ya no es ni el eco de un eco de un partido, no digamos ya de una alternativa de poder. Deben haberse creído realmente que vivimos en una situación política normal y que les bastaba con esperar el desgaste de Rajoy para crecer y burbujear en las encuestas. Ni se olieron una crisis del bipartidismo cada vez más amplia y evidente, ni sospecharon que han perdido todo depósito de credibilidad, porque el votante socialista está convencido (y no le faltan razones) que Pérez Rubalcaba haría exactamente lo mismo que está haciendo Rajoy, aunque con una prosa más ordenada. A ver si se enteran: no son ustedes creíbles. Y colocando al frente del partido a un caballero que lleva treinta años incrustado en el coche oficial, acompañado por una turbamulta de mediocres y pelafustanes por alfabetizar, cuyo mejor exponente es una grotesca charlatana como Elena Valenciano, peor aun.

Los lajas, cuando hablan de un buen pibe del barrio, suelen decir que es un pibe verdadero. ¿Y la izquierda verdadera? Bueno, pues engolosinada en sus chucherías de siempre, desde el conspiracionismo universal hasta las automáticas soluciones redentoras, pasando por ese milenarismo progresista que lleva siempre implícito, como coartada sadomasoquista, que cuanto peor mejor: las contradicciones del capitalismo se agudizan y de su crisis saldrá una nueva sociedad de hombres y mujeres iguales, libres y etcétera. Son los que cotorrean incesantemente que, aflorando solo un 10% de la economía sumergida, se acabó la crisis fiscal del Estado, los que piden rodear el Congreso de los Diputados y proclamar la República y el impago de la deuda, los que construyen y expanden viralmente un miserable collage, expresión de una impotencia intelectual formidable, con los rostros y las firmas caóticamente entremezclados de Navarro Vicens, Noam Chomsky, Paul Krugman, Alberto Garzón, un exdirectivo del FMI,  el alcalde de Marinaleda y (agregado de la versión local) un miembro de la Plataforma contra el puerto de Granadilla.  No, no creo que la derecha en el poder, ni el Banco Central Europeo ni el capitalismo financiero globalizado tengan nada que temer.

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Una oportunidad

Mientras el Gobierno de Mariano Rajoy rueda por el abismo de la inoperancia más estúpida y se cubre de un ridículo internacional,  el señor Alberto Ruiz-Gallardón, ministro de Justicia, sigue a lo suyo. Hace años algunos despistados consideraban al señor Ruiz-Gallardón el ala progresista unipersonal del Partido Popular, pero en el PP, aunque se admitan conversos de vez en cuando, hijos de buena familia que se distrajeron leyendo a Althusser en pleno fervor hormonal, pero que volvieron al aprisco purgados de toda culpa, en el PP, digo, no han existido progresistas jamás. Un progresista en el PP es como una piraña vegetariana: una contradictio in adiecto. El señor Ruiz Gallardón se ganó su hipotético progresismo evitando parecer demasiado meapilas, eludiendo cualquier pronunciamiento demasiado ideológico, y su contraste con el populismo chulapo, rojigualdo y anarcocapitalista de Esperanza Aguirre hizo el resto. Ahora le ha tocado, como ministro de Justicia, un papel involucionista al que se ha adaptado plena y gozosamente. El Gobierno conservador no tiene demasiadas alegrías que repartir entre la mesocracia que le votó mayoritariamente el año pasado, pero al menos puede dar satisfacción ideológica y doctrinal a una parte sustancial de su electorado, el más derechista y nacionalcatólico, y en esta misión pone Ruiz-Gallardón todos sus esfuerzos y desvelos.

Sin embargo, el ministro de Justicia se está quedando corto. Sinceramente. Está muy bien suprimir las deformaciones y minusvalías detectables del feto o el cigoto como causa para abortar, porque el sufrimiento inocente e inacabable es prenda segura de vida eterna, pero no se entiende muy bien por qué no se excluye, igualmente, la inviabilidad del mismo. Pongamos un feto que no pueda sobrevivir en el exterior más que unas horas, incluso unos minutos. Si se defiende tan ardientemente el derecho a nacer, ¿por qué se les niega cruelmente el derecho a morir? ¿No les asiste a los padres la potestad de que el feto reciba la extremaunción y el perdón por sus pecados intrauterinos?  Desde un sano espíritu demócrata y cristiano, solo cabe rechazar que la circunstancia menor de no haber nacido vulnere tu condición de ciudadano. Cualquier modificación normativa debe recoger para el feto o el cigoto todos los derechos cívicos, sin que valga la excusa de que todavía no ha nacido, porque, como bien explicó el señor Ruiz-Gallardón, siguiendo los criterios científicos de Carmen Sevilla, los fetos son personitas que todavía no han tenido tiempo de afiliarse al Real Madrid o a sacarse un abono en el Teatro de la Ópera. No hay ningún artículo en la Constitución que establezca que no haber nacido constituya un obstáculo para ejercer el voto, por ejemplo. Los fetos no han tenido tiempo de leer nada, ni siquiera la prensa extranjera o el BOE, y no existe riesgo, por tanto, de que se inclinen por el PSOE, IU o UPD. Ruiz-Gallardón tiene una ocasión excepcional para avergonzar moralmente al resto de Europa y, al mismo tiempo, ampliar la base electoral del Partido Popular. Quiera Dios que la aproveche.

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Polvorín

¿Dispone el Gobierno de Canarias de los 525 millones que debe abonar por el vencimiento de la deuda pública en los próximos meses? ¿Están consignados en los presupuestos generales de la Comunidad para el presente año? ¿Se plantea el Ejecutivo este pago o considera que existe algún margen de negociación?  Hace unos días, el presidente Paulino Rivero afirmó, con cierta contundencia, que Canarias no solicitará el rescate del Estado. Hace apenas unas horas, el consejero de Economía de la Generalitat de Cataluña insinuaba que su Gobierno pediría el rescate, nada menos que una entrevista de la BBC, y las declaraciones de este caballero eran conocidas mientras en el Congreso de los Diputados el exgobernador del Banco de España, Miguel Angel Fernández Ordóñez, declaraba que todo se hizo muy bien en los procesos de fusión y privatización de las cajas de ahorro, salvo lo que se hizo mal.  O quizás fue viceversa: nada era fácilmente evidente en las palabras de Fernández Ordóñez, salvo su pasmosa y repugnante arrogancia.

Por supuesto, la pastizara con la que se rescata a las comunidades autónomas no es un regalo, sino un préstamo, una línea de crédito. Un Gobierno central endeudado hasta las cejas, y que ha traspasado el compromiso con los límites fiscales a las comunidades, las endeuda aun más para que puedan pagar sus deudas. Uno supone que la afirmación de Rivero es un deseo, un ardiente y fervoroso deseo, incapaz, con todo, de superar la realidad presente y, sobre todo, la espeluznante situación venidera. Porque Canarias (al igual que el resto de las comunidades) no podrá cumplir con ese maldito compromiso fiscal a finales de año. Si ya existen tensiones de tesorería en el Gobierno regional para pagar los sueldos y a los proveedores más urgentes – basta recordar el vía crucis de las oficinas de farmacia –, ¿cómo sobrevivirá a la nueva vuelta de tuerca en 2013? Es imposible. Después del verano la Comunidad canaria está abocada a solicitar el tramposo crédito del Estado, como un zombi solitario está condenado a devorar su propio cerebro. Todos los sacrificios presupuestarios, y sus altísimos costes sociales y asistenciales, se revelarán como perfectamente inútiles. Ninguna comunidad autónoma ha intensificado tanto los recortes sanitarios y educativos como Cataluña y Cataluña vive económicamente con la soga al cuello, transeúnte asfixiada al borde de la quiebra. Nos han instalado encima de un barril de pólvora y la mecha está encendida hace ya mucho tiempo. ¿No la huelen ustedes? Sí, huele que apesta. Nos quedan unos minutos para volar por los aires. El último que me llame pesimista  que apague la luz, ese lujazo de antaño que José Manuel Soria transformará en magia prodigiosa solo al alcance de los ricos.

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Irracionalidad

Escuchar a un señor como Luis de Guindos quejarse amargamente por la irracionalidad de los mercados es divertido. Si la prima de riesgo sigue escalando no sería imposible que Guindos y Montoro, disfrazados de Marx y Engels, subieran a la tribuna de oradores para denunciar el rostro consustancialmente inmoral del capitalismo. Son cosas que ocurre cuando uno busca a la desesperada exonerarse de cualquier responsabilidad: antes de admitir que el Gobierno lo ha hecho patéticamente mal, culpemos al sistema capitalista y a sus fiebres tifoideas. Ah, esos malditos especuladores. En realidad la partida está prácticamente perdida. Hay distintas formas de perder y lo que ha conseguido el Ejecutivo de Mariano Rajoy es perder miserablemente: tal y como analiza Felipe González – resulta angustioso comparar la lucidez, capacidad interpretativa y conocimiento de la UE que median entre el expresidente y este tartajoso registrador de la propiedad — la política económica y fiscal española ya se encuentra intervenida de facto a cambio, apenas, de 30.000 millones de euros.

La clave de las claves – según subraya González – reside en la pérdida de la autonomía de los centros de decisión políticos frente a las exigencias de un capitalismo financiero globalizado. Y la gente lo nota. Vaya que si lo nota. En el creciente desencuentro entre los poderes públicos y la llamada clase política con los ciudadanos, ciudadanos que ya apenas pueden llamarse así, está una emergente deslegitimación democrática de las instituciones y sus responsables. En el tránsito de esta recesión, y admitiendo los diversos escenarios nacionales de la misma, las élites políticas españolas y europeas, por cobardía, por ignorancia, por un cortoplacista instinto de supervivencia o por su corrupción moral,  se han lanzado a mantener los requisitos de funcionamiento del capital y sus intereses a costa del euro, del proyecto de unidad europea, acaso de los mismos principios democráticos. Finalmente tal proyecto les importa un higo pico y si sucumbe una España en bancarrota yo seguiré a las órdenes del capitalismo financiero. Nada de refundar (para conservar) el pacto entre poder político y desarrollo capitalista que se instituyó después de la Segunda Guerra Mundial. Al contrario: los recortes y rescates y préstamos, concedidos a un terrible precio (cierre de negocios, desempleo, desprotección social) confirman y fortalecen el estatuto privilegiado – política, legislativa, fiscal y normativamente – del capitalismo financiero. En último término, ese 0,5% del PIB como déficit fiscal con el que se soñaba en Maastricht bloquea sistemáticamente cualquier redistribución de los recursos a través del Estado de Bienestar.

Luís de Guindos ha reparado en la irracionalidad de los mercados de capital. Ya es un premarxista. Cuando comprenda la racionalidad interna de los mismos podrá leerse El Capital; seguro que antes de terminarlo encontrará curro en Goldman Sachs.

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Vacío

“Hay que vivir en la realidad”, dijo ayer la vicepresidenta Saenz de Santamaría al salir de la Tienda de los Horrores, es decir, del Consejo de Ministros, y lo dijo con una entonación extraña, como si no se decidiera entre una sentencia existencialista y la letra de un bolero. A su lado, con la habitual sonrisita de hurón perdonavidas, el ministro Cristóbal Montoro dirigía ocasionales miradas de desprecio burlón a los periodistas. Cuando más acojonado se encuentra este pobre diablo más ensoberbecido se muestra. Los analistas económicos cuentan que sus palabras el pasado jueves, en la tribuna de oradores del Congreso de los Diputados, han contribuido sustancialmente a la escalada vivida por la prima de riesgo española en las últimas 24 horas. Ya saben, aquello de que el Gobierno no podía garantizar el pago de las nóminas de los funcionarios. Lo dijo. Y lo dijo cuando se estaba celebrando, precisamente, una subasta de deuda pública, que pudo ser cubierta casi milagrosamente elevando los intereses medio potosí. Aun más: un ratito antes de comenzar la rueda de prensa del Consejo de Ministro comparece en Valencia el portavoz del Gobierno de la Generalitat y anuncia que su comunidad autonómica solicita el rescate al Gobierno central. La Comunidad de Valencia está en quiebra, en definitiva, y necesita fondos estatales para hacer frente a sus obligaciones de gasto más elementales. Al parecer a Fabra y a su colección de gaznápiros y trincones no se les ocurrió esperar hasta la noche o mejor aun, hasta el sábado.

Todo esto es alucinatorio, porque es cierto: hasta la ilusión de que no podría encontrarse peor presidente para una crisis de semejante envergadura que Rodríguez Zapatero nos han quitado. Si el Gobierno de Mariano Rajoy está desacreditado –aun más fuera que dentro de  España – es porque se trata de un pésimo Gobierno que llegó al poder sin un diagnóstico preciso de una situación angustiosa ni una estrategia para desbrozar dificultades y salir de la misma. Ni reformas económicas y fiscales estructurales, ni plan de reforma de las administraciones públicas, ni diseño de un mapa inteligente para navegar por las revueltas aguas de la Unión Europea. Absolutamente nada. Un vacío perfecto bajo la batuta de un líder pancista y cortesano cuya sabiduría y diligencia se limitan a haber sobrevivido a todas las zancadillas, descalificaciones y puñaladas políticas en la cúspide de su organización. Desde luego, son un Gobierno de derechas, de la rancia derecha nacionalcatólica española, que desprecia al Estado, salvo cuando se trata de incrustar a los suyos en sus más doradas covachuelas, y que al socaire de la catástrofe introducirá  sus ñames para promover privatizaciones de servicios públicos e imponer sus valores educativos y culturales. Pero es interesante insistir en que son un Gobierno inepto, torpe, estúpido y mentiroso.

El próximo octubre España deberá pagar 27.000 millones de euros de vencimiento de su deuda pública. Hasta entonces el país atravesará un infierno con aumento del desempleo, cierres patronales y encarecimiento del coste de la vida. La quiebra del Estado parece inevitable. Ya no estamos al borde del precipicio: caemos en el vacío a toda velocidad abrazados a un futuro que no existe.

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