Retiro lo escrito

Una fábula

En un país muy sorprendentemente lejano, sobre todo lejano de sí mismo, vivía un rey en un castillo con el que cada cuatro años debía renovarse el contrato de alquiler. El rey era universalmente admirado por su sabiduría, su prudencia y su valor, pero hete aquí, como dirían Marcabrú o Juan José Millás, que un día, muy cercano a la revisión del arrendamiento, los más fieles cortesanos del monarca se acercaron reverentemente al trono y le expusieron un peliagudo problema:
— Majestad…
— ¿Qué tengo hoy en la agenda?
— La clausura de la XXXIV Convención Internacional de Artesanos del Porrón, Majestad…
— ¿Y cómo va la producción de porrones autóctonos?
— No levanta cabeza, Majestad…
— No hay que preocuparse. El turismo tirará de nuestra industria del porrón. Todo consiste en que cada turista se lleve dos o tres porrones a casa y asunto arreglado…Dentro de unos meses no vamos a tener porrones suficientes para tanto turista…Apunta el lema, juglar: “Los turistas, a porrones”. ¿Qué les parece? Que diseñen unas vallas inmediatamente.
–La clarividencia de Su Majestad engrandece al Reino y nos empequeñece a todos… Sin embargo, ha ocurrido algo…
–Reposa la angustia en tu ancho corazón, mi buen Fernando, y confíale tus cuitas a tu Rey y señor…
–Majestad, ¿recordáis el concurso de flautistas?
–Huuum. ¿Pretendes insinuar que me olvido de algo?
–Es una forma retórica que nos enseñan en el Quadrivium, Majestad…Ejem… Tenemos dificultades con el concurso…Ya sabéis, no hay flautas para todos, y es tan difícil ser justo y ecuánime…
–¿Y dónde está el problema? ¿Es menester ser el gran Aristóteles para decidir en materia de flautas? Elegid las que mejor suenen.
–¿Las que mejor suenen? Es asunto de gran variedad de gustos…
–Las que mejor suenen donde han de sonar. La delicada y sutil música de maese Conchito, la transparencia de las melodías de Jaume Écorce, la belleza de los cantos gregorianos de Lacop…¿No está lo bastante claro?
— Por supuesto, Señor. ¿Y los pequeños?
–Que se presenten el año que viene al Concurso de Armónicas…¿Algo más?
— ¿Y el Soso Carlos?
— Entregadle un flautín. En toda orquesta que se precie es menester alguien que desafine.

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Superviviente

El periodismo es un oficio ingrato, si es que sigue siendo un oficio y no un automatismo verbal, un recipiente retórico diseñado para las relaciones públicas y progresivamente vaciado de cualquier significado, como democracia, soberanía, pueblo, Estado, opinión pública. Contemplen ustedes a ese joven que, una mañana de principios de los años sesenta, en una Santa Cruz  diminuta y casi a oscuras, se acercaba a la delegación del Ministerio de Información y Turismo, en la calle del Pilar, para que un funcionario de bigotitos le aprobara un artículo, tan joven y ya cansado de su propio miedo, modesto equilibrista del pánico cotidiano, un pánico que era una sintaxis obligatoria, periodista en agraz en medio de una dictadura feroz que ahora, según la Real Academia de la Historia, queda apenas como un régimen autoritario paternalmente dirigido por un noble militar, al que solo faltó ser alto y rubio como la cerveza. Ese mismo periodista joven fue requerido en alguna ocasión por el propio gobernador civil y jefe provincial del Movimiento, y entonces el miedo se alarmaba y crecía como una herida que te doblaba la espalda, y el gobernador civil le explicaba, fumando un cigarrillo con boquilla marfileña, que cómo se le ocurría, don Gilberto, decir que se estaba vendiendo barras de pan de 100 gramos que solo pensaban 75 gramos, eso es un error, don Gilberto, y el error es la guarida de la confusión, y la confusión solo genera desconfianza y desorden, don Gilberto, y el periodista sabía que el repetido tratamiento deferencial era una burla, un pequeño eructo burlesco del gobernador sobre su cara pálida, vaya, vaya, pero no se confunda más ni confunda a la buena gente, don Gilberto, el error es disculpable si no se reincide en él, y la pequeña figura abandonaba el despacho y respiraba, de nuevo en la calle.
O pueden verlo quince años después, el periodista corriendo al aeropuerto con una pequeña maleta, porque lo habían amenazado de muerte en esta encantadora y recoleta ciudad, por independentista y socialista, volando para deslomarse a trabajar de nuevo en Venezuela, de la regresó para partir de nuevo de la nada con cincuenta tacos a las espaldas y una familia que fue la tribu de un dios menor, atrabilario e indulgente: su refugio final.
Gilberto Alemán fue un magnífico periodista cuya dimensión profesional no cabe, simplemente, en el tramo final en el que se convirtió en el zahorí literario y fotográfico de una nostalgia melancólica e impura. Hizo muchas cosas, se agotó en muchos frentes, sirvió a la noticia y nunca se sirvió de ella, y sobre todo sobrevivió al periodismo: poquísimos periodistas pueden decir lo mismo, maestro.

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Así no, belillos

Una petición previa. Que levante la mano aquel que pueda sostener haber sido más crítico que el arribafirmante sobre (contra) la política cultural del actual Gobierno autonómico y, más en particular, contra (sobre) el programa Septenio. No veo ningún dedito en lontananza. Siquiera una uña roñosa. Cuando se celebraron los grandes, ridículos, inútiles fastos de Septenio – la galana presentación en Fuerteventura y esa efervescente reunión de inteligencias en La Palma – no recuerdo haber leído una sola línea de reserva, sospecha y no digamos crítica al respecto. Quizás porque, previsoramente, a ambos ágapes fueron invitados varios periodistas, alguno que otro con galones y todo. Sin embargo, ha bastado con que un diputado socialista, sin el más tenue y puñetero conocimiento del asunto, haya metido sus ardientes manos en Septenio, para que estalle el escándalo de los gastos, el oprobio del despilfarro, el horror por el pecado presupuestario hecho carne de canapé, agencia de viajes o junior suite.  Y los heroicos amanuenses del despropósito nos sorprenden todos los días con titulares adacadabrantes y aniquiladores.

Lo más estremecedor de estas informaciones no es la ominosa figura del viceconsejero Alberto Delgado repartiendo dádivas con una gigantesca cornucopia sobre la chepa,  sino la palmaria incapacidad de los periodistas a la hora de leer un presupuesto, su tenaz ignorancia administrativa, su evidente desconocimiento del programa Septenio y su desarrollo en los últimos tres años, su impotencia al articular un análisis de lo ocurrido. Regurgitar las sobras que te pone en el plato una oposición parlamentaria que no se entera siempre es peligroso o, por lo menos, pringoso. Por poner un solo ejemplo, la sociedad pública Canarias Cultura el Red – la que en su día sustituyó a Socaem – no ha gestionado Septenio en solitario. Pero en las desinformaciones publicadas en los últimos días se entremezclan alegremente fondos de la Viceconsejería con fondos de la empresa pública, contratos vinculados con Septenio con otros que poco o nada tienen que ver con el programa cultural estrella del Ejecutivo regional.

Al fracaso de Septenio como estrategia básica de política cultural se corresponde así el fracaso del periodismo como instrumento crítico de la gestión pública. Con este Gobierno dedicado a la épica, esta oposición sonetista y esta prensa prosaica nos pueden asestar sin conmiseración una docena de septenios antes de que acabe el siglo o el siglo acabe, justicieramente, con nosotros.

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El tal Sostres

Qué asunto, el de Salvador Sostres. Pese a lo insignificante del individuo –y sobre todo del periodista- tiene cierto interés. Señala como la vida privada –cada vez menos privada– se ha convertido paradójicamente en la excusa perfecta para legitimar cualquier comportamiento público. Ya sabrán ustedes que el tal Sostres, durante una pausa publicitaria en un programa de tertulianos de Telemadrid, comenzó a expandir groserías machistas como un aspersor. Algunas eran especialmente repugnantes. En el estadio estaba presente un grupo de niños extranjeros entre el público. La moderadora le pidió reiteradamente que no continuara con su vómito, le señaló incluso que había niños delante, pero este zascandil continuó con sus rijosas arcadas. Los defensores de Sostres explican que no hay motivo para el escándalo, porque era una conversación privada. Las autoridades del Gobierno de Madrid, por su parte, han explicado que las opiniones de Sostres son exclusivamente suyas, no de la cadena televisiva, e implícitamente han dejado claro que continuará asistiendo a las tertulias.

Entre los apologetas de Sostres se ha pronunciado, lamentablemente, Arcadi Espada. Como el argumento de defender que una charla entre varios periodistas, con cámaras y maquilladores pululando a su alrededor, y frente a más de medio centenar de personas, sea un acto privado, resulta impracticable, Espada ha optado por la vía de ridiculizar a los escandalizados. “Ahora es noticia que a un señor le gustan las mujeres jóvenes”. Bueno. Sostres no se limitó a enfatizar que le gustaran las mujeres jóvenes  -algo que, pese a los machistas bienpensantes, no le ocurre a cualquiera- sino que acompañó sus palabras con simpáticas referencias a vaginas, ácidos úricos, pubis depilados y sin depilar, ese temblor cachondo y tenso de la carne inocente. Casi se le escuchaba el crepitar de las babas. Nos escandalizamos por el pestilente vertedero rosa que inunda las televisiones, sin reparar en que la basura llega a todas partes y que los periodistas no somos inocentes. Basura, cada vez más basura, se encuentra en las páginas de opinión de los periódicos de este país. Sostres es un pequeño provocador, con una prosa que es su espejo, una prosa bajita, grasienta, alopésica y con una boquita de piñón encendido. Escribe insultos, dicterios y abominaciones más que con metáforas, con su arrabalero ácido úrico. Quiere focos. Quiere pasta. Quiere ser debatido, insultado, piropeado. Y entiende que escribir con los pies no supone un demérito. Aquí y ahora no le falta razón.

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Esencialidades

Empezamos a entender el significado de una curiosa expresión que han enfatizado, en los últimos meses, responsables gubernamentales de CC y el PP: pese a los frankestenianos recortes presupuestarios “se mantendrán los servicios públicos esenciales”. En materia sanitaria significa, esencialmente, que el Ejecutivo se ha comprometido en no derribar con una pala mecánica ningún hospital ni centro de salud a lo largo del próximo año. Todo lo demás es, digamos, negociable. ¿Negociable con organizaciones colegiales, los sindicatos o la oposición parlamentaria? No, claro que no, no sea usted tan pusilánime. Negociable por el Gobierno regional consigo mismo. Empezarán con el gasto farmacéutico durante la hospitalización de los enfermos y continuarán con la paralización de nuevas contratación de médicos y enfermeros por el Servicio Canario de Salud, pese a que Canarias es la comunidad autónoma con la ratio más baja de enfermeros por habitante del Estado español y sufre un déficit aterrador tanto de médicos de familia como de especialistas. Entre medias, pues se le echa menos de comer a los enfermos: menos verdura en los potajes, que aguachentos entran mejor, y pollo, mucho pollo, que la ternera es un vicio de mileruistas que viven por encima de sus posibilidades, y los yogures, un antojo infantil. Yo le recomendaría al consejero Bañolas -¿no necesitaría un posoperatorio para perder doce o catorce kilos?- que leyese o releyese El Buscón de Quevedo y tomase nota de los métodos culinarios del dómine Cabra. El maestro Cabra metía un trocito de tocino en una cajita metálica agujereada que depositaba en el fondo de una olla de agua durante unos diez minutos. Así preparaba la sopa para sus pupilos, Meses le duraba el fisco de tocino hasta su desintegración. Un auténtico visionario.

Los médicos ya han empezado a señalar las obvias consecuencias: mayor deterioro de la calidad médica y asistencial, máxima sobrecarga de las plantillas, estampida generalizada hacia los servicios de urgencia, riesgos inminentes de colapso en el sistema. Tonterías. No entienden que el Servicio Canario de Salud está implantando una versión autóctona del copago: el ciudadano para con sus impuestos por lo que le dan y paga con su salud lo que le retiran a fin de no destruir el Estado de Bienestar. Es una forma de pedagogía social que ni siquiera excluye el papel higiénico, porque a corto plazo tendrás que traértelo de casa, con una sábana y el pijama. Ellos no pondrán nada, excepto la mierda.

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