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Sampedro como símbolo ortopédico

Hace unos días falleció, a los 94 años, el escritor y economista José Luis Sampedro. Su muerte ha conmovido a muchos millares de personas en este país, pero no por la desaparición de un gran novelista o un relevante científico social – no fue ninguna de las dos cosas — sino por las actitudes políticas de Sampedro en los últimos años de su vida, que lo convirtieron en un referente de movimientos sociales como el 15-M o Democracia Real y de muchos colectivos y ciudadanos de las izquierdas que desprecian o abominan del orden constitucional o de las veleidades de una desacreditada socialdemocracia. Yo creo modestamente que esta fulminante y sentida idolatría por el profesor Sampedro representa bastante acertadamente la confusión, a ratos delirante, en el que vive instalado este país y, más concretamente, la puerilidad ideológica de amplios sectores de las izquierdas españolas.

Para decirlo con rapidez, pero sin excesiva injusticia, José Luis Sanpedro no hizo absolutamente ninguna aportación intelectual para comprender más y mejor la situación política, económica y social que padecemos: esta crisis sistémica que ha degradado (y descubierto la degradación) de la democracia parlamentaria, está desarbolando el Estado de Bienestar, abriendo vertiginosamente la brecha de las diferencias de renta y llevando a la ruina a cientos de empresarios y al desempleo y la exclusión social a millones de personas. Si se revisan los contados artículos y conferencias de Sanpedro dedicados a esta catástrofe – son muchas más numerosas sus entrevistas, discursos y actos públicos – se descubre que el escritor se limitó –quizás no podía ni quería hacer otra cosa – a comunicar dignamente su rechazo moral frente a esta situación, pero absteniéndose de interpretar o explicar nada en absoluto. Sanpedro, para decirlo brevemente, expresaba un rechazo, no explicaba una situación. ¿Por qué ocurre lo que está ocurriendo y cuáles son las alternativas? Cuando se le planteaban estas preguntas, obviamente, el economista insistía en lo mismo: en sus razones éticas. Pero analíticamente no avanzaba un paso. Bien: esa fue la opción de Sampedro. Lo malo es comprobar como sus trémulos o postizos seguidores (la gran mayoría de los cuales no habían leído ninguno de sus textos de economía y quizás apenas hojeado alguna de sus novelas, las meritorias, como Octubre, octubre, o las ilegibles, como La senda del drago) toman esta limitación al pie de la letra y se extasían ante afirmaciones como “actualmente el dinero está por encima de las personas”, un aserto que podrían suscribir curas trabucaires, Hans Christian Andersen,  Ezra Pond o alguna improbable –pero no inimaginable –bisabuela de Rodrigo Rato. Tomar estas simplezas como un diagnóstico cabal de lo que ocurre, confundir una postura moral con la comprensión de un hecho o un conjunto de hechos, no es precisamente un ejercicio de lucidez ni contribuye, al fin y a la postre, a mejorar absolutamente nada. Las convicciones morales de Sanpedro solo son compartidas por aquellos previamente convencidos de las mismas, y sirven, por lo tanto, para vestir o desvestir cualquier santo o demonio del imaginario de las izquierdas.

Para esa labor de sastrería ideológica, por supuesto, conviene obviar la biografía de José Luis Sampedro: un hombre muy inteligente y de múltiples curiosidades que llegó a la cátedra universitaria a finales de los años cuarenta, en pleno franquismo duro, y que hizo carrera en el Banco Exterior de España – un organismo público – hasta llegar en los años cincuenta al rango de subdirector general. No entiendo muy bien su distinción entre “las dos clases de economistas”, es decir, “los que hacen más ricos a los ricos y los que hacen menos pobres a los pobres”. Al menos en su carrera profesional, Sampedro, además de la cátedra universitaria, donde fue un espléndido profesor, desarrolló todo su trabajo en el Banco Exterior, cuya denodada lucha contra la pauperización es, para mí, todo un misterio. Fue en los años sesenta cuando José Luis Sampedro, fruto sin duda de una reflexión interior, decide abandonar España y dedicarse a enseñar en universidades estadounidenses, hastiado de las miserias intelectuales y de la brutalidad política del franquismo, del que ya abominaba abiertamente. Pero no cabe olvidar que, a su regreso, en absoluto defiende posiciones de extrema izquierda. De hecho se le propone y acepta ser designado senador real en 1977. Tal vez no se recuerde ese invento de los senadores reales. Fue una de las irregularidades más notables (y menos recordadas) en los inicios de la democracia parlamentaria española. Ese año se celebraron elecciones democráticas por primera vez desde 1936, pero el jefe del Estado se reservó, por sus reales gónadas, el nombramiento de un amplio grupo de senadores. El objetivo estaba claro para todo el mundo: controlar hasta cierto punto la Cámara Alta, en especial, en previsión de la apertura de un proceso constituyente, y ocurría que a) las izquierdas y los nacionalistas se ponían muy farrucos o b) entre los reformistas procedentes del franquismo se levantaba un bloque demasiado inmovilista. Sampedro –como otro escritor, Camilo José Cela – tomó posesión del escaño tranquilamente, como tranquilamente ocupó su lugar en la Real Academia Española. No digo nada de esto en demérito del profesor fallecido. No encuentro en esta evolución nada reprochable; incluso, bien al contrario, tiene aspectos, a menudo, dignos de admiración, y casi siempre, merecedores de respeto. Pero Sanpedro –digámoslo así – no fue una versión tardía y carpetovetónica de Jean Paul Sartre. No fue un incansable opositor a las fantasmagorías de la democracia parlamentaria ni a las maldades del capitalismo. Fue un intelectual que evolucionó desde los institutos conservadores de su clase social a posiciones democráticas en lo político y socialdemócratas en lo económico y que mostró en todo momento una coherencia muy estimable. No es casual, por ejemplo, que se ocupara de traducir el curso de economía moderna de Samuelson al español. Esta evolución, a lo largo de medio siglo, choca, sin embargo, con la simplificación, el sectarismo derogatorio y las condenas sumarísimas que se pueden detectar desgraciadamente entre las izquierdas que lo hermanaban, como una pareja de abueletes heroicos, con Stéphane Hessel.

Y eso no. Un respeto, caramba. Que Sampedro sabía escribir.

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El fin del ‘juancarlismo’ y la crisis de la monarquía

Aquí al lado,  a tres pasos de la mesa de trabajo, he encontrado, estampillada en una farola, una pegatina de Izquierda Unida con un dibujo central que he visto en otras ocasiones. La cabeza de Francisco Franco se abre verticalmente para mostrar, saliendo de su interior, la cabeza de Juan Carlos I, y la cabeza del rey se abre, a su vez, para dejar ver la de su hijo y heredero, el príncipe Felipe. Lo más gracioso de todo, sin embargo, es el texto, una invocación a no dejarse escamotear la memoria histórica, “porque este rey lo puso un dictador” o algo por el estilo. Debe tratarse de una memoria muy selectivamente histórica, porque la fuerza hegemónica de Izquierda Unida es el PCE, y el PCE pidió en 1978 el voto a favor de la Constitución que establecía en España una monarquía parlamentaria, la cual finalmente fue aprobada por el 88,54% de los votos emitidos (aunque, es cierto, la abstención rozó el 33%). En la actual ola de republicanismo que empapa al país – y que a veces parece o es simplemente un muy irritado sentimiento antimonárquico – se entremezclan, como ilustra la mencionada pegatina, supuestos principios mayores de carácter histórico con intolerables comportamientos de miembros de la Casa Real, sin excluir en absoluto al propio jefe del Estado. No es precisamente un ámbito de análisis e ideas ordenados para plantearse si la institución monárquica es ya inservible – o incluso, para los más noblemente asirocados, si sirvió ajena o contrariamente a los intereses generales – y proceder a debatir con un mínimo rigor sobre la oportunidad del régimen republicano.

Ciertamente después de la muerte de Franco los españoles no fueron consultados para elegir entre monarquía y república. Los que actualmente se escandalizan por ello o hasta lo denuncian como pecado original de la Corona española parecen olvidar las condiciones en las que se pactó la llamada  transición política entre el franquismo reformista y la oposición democrática. Ciertamente el nombramiento de Juan Carlos de Borbón como heredero de la Corona fue exclusivamente una decisión del dictador y se tomó sus años (sus décadas) para tomarla. Pero sobre todo, en ese discurso ligeramente alucinógeno que estigmatiza la actual monarquía como vestigio franquista, se obvia un hecho elemental. Juan Carlos de Borbón llegó al trono carente de las dos legitimidades básicas. Ni su padre no le había cedido en 1975 sus derechos sucesorios ni el pueblo había tomado parte alguna en su coronación. Los poderes de Juan Carlos de Borbón dependían únicamente de la designación de Franco y de la Ley Orgánica del Estado, tal y como se lo habían recordado los propios dirigentes del franquismo, empezando por el presidente del Gobierno que heredó, el tenebroso Arias Navarro. Por tanto, solo podía alcanzar una legitimación que lo asentase en el trono sobre el fundamento de un proyecto político que estableciera un sistema representativo. El más elemental instinto de supervivencia dinástica llevó al rey, por tanto, a presentarse y actuar, al mismo tiempo, como garantía de continuidad  y garantía del reformismo, tal y como explica inmejorablemente el profesor Ferrán Gallego en un libro que no ha tenido la atención que se merece, El mito de la Transición (Crítica, 2008). Lamentablemente para los que defienden la transición como una operación de escuadra y cartabón perfectamente diseñada por los poderes fácticos y otros demonios familiares, se trató de una negociación con límites claros, pero en el que actuaron numerosas variables, forcejeos, improvisaciones, concesiones y renuncias, entre las cuales no fueron las menores los de una izquierda dividida. El amplio apoyo al proyecto constitucional de 1978 funcionó como un aval a una monarquía parlamentaria con un rey con limitadísimas funciones. A partir de la promulgación de la Constitución la monarquía reinstaurada pasaba a gozar de una legitimidad democrática; no es un presupuesto de la Constitución, sino un elemento de la misma. La actuación del rey en la asonada del 23 de febrero de 1981, en defensa del muy joven orden constitucional, convenientemente publicitada y aclamada sin matices incómodos, le granjeó la simpatía de una ciudadanía agradecidaque no se convirtió automáticamente en monárquica, pero sí en decididamente juancarlista.

Si la monarquía se encuentra en cuestión no es, por tanto, porque carezca de legitimidad de iure, sino porque un conjunto de errores institucionales y comportamientos intolerables amenazan su legitimidad de facto y, especialmente, cuestionan su auténtica utilidad política: es ese cúmulo de desperfectos, torpezas y felonías las que, por lo demás, realimenta de nuevo la convicción política de que es el régimen republicano el más ajustado a los principios democráticos. Según la constitución, el rey es símbolo de la unidad y permanencia del Estado; para muchos de los republicanos de siempre y casi todos los antimonárquicos sobrevenidos el monarca es ahora un símbolo del fracaso político y económico del país, de la corrupción sistémica y de las agresiones brutales que sufren las clases medias y trabajadoras españolas. La situación ha cambiado drásticamente en el último lustro por tres factores básicos: a) los errores y negligencias cometidas en el diseño de la propia institución monárquica (dos tinerfeños, Miguel Ángel Aguilar Rancel y Óscar Hernández Guadalupe lo han descrito muy bien en su libro Juan Carlos Rex. La monarquía prosaica) que ahora quedan en evidencia; b) el feroz blindaje informativo alrededor del monarca y la Casa Real, admitido y obedecido por los grandes medios de comunicación del país, con un efecto pernicioso inevitable cuando una institución como la Jefatura del Estado se ve libre de cualquier fiscalización crítica; y c) el comportamiento irregular, indecoroso, sospechoso o abiertamente punible del monarca y de otros miembros de la Casa Real, en especial de su yerno, Iñaki Urdangarín, que ha llevado a su esposa, la infanta Cristina, a las puertas del juzgado.

Personalmente creo que la actual monarquía española se encuentra en una situación irrecuperable y que a medio plazo se intentará, como último recurso salvador, una abdicación en el príncipe Felipe de Borbón y Grecia. Mientras llega este momento, no obstante, la posición republicana irá ganando peso y extensión porque la monarquía todavía no, pero el juancarlismo parece definitivamente instalado en un pasado que no puede volver.

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El Comandante en su laberinto

El retrato de Simón Bolívar era horrible. Un óleo pintarrajeado de cualquier manera en el que el Libertador se asemejaba a un beisbolista tísico disfrazado de general. Los relojes apenas marcaban las once de la mañana y el calor ya enseñoreaba en Caracas, ese calor caraqueño que te cachea para registrarte y borrarte el último hálito de frescura. Imagino que en el resto del Palacio de Miraflores disponían de aire acondicionado, pero en esta estancia, donde aguardábamos una docena larga de políticos, funcionarios y periodistas, no. Paredes color crema, retratos y grabados dignos de un digno chamarilero,  pesadas cortinas,  un aparador aparatoso, dos sofás y cuatro butacas tan macizas como incómodas. Ya estaba harto de contemplar el retrato de Bolívar. Recordé mi infancia inundada de Bolívar, mito fundacional de la República que había muerto solo y despreciado como un perro por sus compatriotas: los retratos y afiches innumerables, las citas repetidas hasta la náusea, las visitas anuales a la Casa del Libertador, las monedas para las chucherías que multiplicaban su perfil patilludo, la exaltación de las anécdotas escogidas de una vida salmodiadas por prensa, radio, televisión. Las once y media. Me aflojé el nudo de la horripilante corbata y volví a sentarme. Al lado estaba José María Noguerol con expresión de máscara de terracota. ¿Cuánto se prolongaría esto? Noguerol decidió levantarse y preguntar. Al llegar a la puerta le salió al paso un gigante mulato y,  a su lado, un individuo cetrino con la cara cubierta de huellas de viruelas. Intercambiaron unas palabras y se marcharon. Dieron las doce. Se acercó un funcionario venezolano extrañamente parlanchín. No había que preocuparse, todo era normal. El Presidente trabajaba siempre hasta muy tarde. Ayer había llegado a las dos de la mañana a Palacio y allí mismo, a esa hora, convocó a varios ministros. Lo miré horrorizado.  El funcionario agregó cordialmente que el Presidente estaba reunido de nuevo, pero que terminaría pronto, si no lo había hecho ya. La habitación era ya un horno silencioso cuando,  a las doce y media, el funcionario venezolano saltó como un resorte y marchó con rapidez, casi a saltitos, en medio del sopor. El mismo Bolívar parecía derretirse en el óleo clavado en la pared. De repente todo cambió.

Alguien se acercó a la puerta y nos apremió a seguirle. Abandonamos la estancia como un buzo podría salir de un mar de té tibio. Recorrimos varios pasillos entre cuchicheos y en un instante  llegamos a un amplio patio interior maravillosamente refrescado por sombras bienhechoras y fuentes de agua. Uno de sus laterales se abría a un gran salón intensamente iluminado en el que se podía divisar a Román Rodríguez, Rogelio Frade, Francisco Aznar, Noguerol y tutti quanti. Se escuchó un murmullo y escuché (o creí escuchar) el taconazo de un edecán. El Presidente había llegado. Transcurrieron varios instantes más de parabienes y abrazos y luego se aproximaron, encabezados por Hugo Chávez y Román Rodríguez, y el Presidente de la República comenzó a saludar a todos los presentes.

Si Hugo Chávez había dormido poco no lo parecía. Era un hombre todavía en la cuarentena y en buena forma física que desprendía cortesía, bienestar y pulcritud. Faltaban años para que engordase y más años aun para que la enfermedad mortal lo desfigurara cruelmente. También faltaban algunos años para que radicalizara su discurso y su acción política y se empecinara en construir un modelo social que llamó el socialismo del siglo XXI, pero que consistió, básicamente, en extender un Estado providencial cuya pésima gestión ha cronificado graves problemas económicos pese al maná incesante del petróleo, y en desarrollar un régimen político con una inequívoca vocación autoritaria. Ninguna revolución lo llevó al poder; fue él quien, desde el poder, se dedicó a frangollar una revolución nutrida ideológicamente de un sopicaldo en el que se mezclaban Bolívar, Jesucristo y Fidel Castro. Incluso en un grupo reducido de personas Chávez proyectaba un hipnótico atractivo carismático ajeno a cualquier pompa. En ese momento, escuchando sus palabras y sus gestos,  reparé en que si Chávez no hubiera sido Presidente de la República todos, igualmente, lo habríamos admitido como el centro de la reunión en ese patio o en cualquier otro. ¿Cómo no sería entre los muchos cientos de miles de venezolanos bajo cuyos programas gubernamentales habían aprendido a leer, habían recibido una sanidad asistencial por primera vez en su vida, habían obtenido un sueldo que, por lo general, era una dádiva a cambio de un mínimo esfuerzo? ¿Entre todos aquellos que eran beneficiarios de una batería pasmosa de subvenciones, ayudas, becas, descuentos, pequeñas regalías?  El precio a pagar por ello – el aumento de una dependencia exterior estructural, la obsolescencia tecnológica y la desertización industrial, la renuncia a acabar con la corrupción y la atroz violencia callejera, la estigmatización del disidente, la propaganda asfixiante, la acelerada fusión entre Estado, partido y recursos públicos – no les importaba lo más mínimo. El hombre que estrechaba las manos esa mañana iba a usar y abusar del poder, pero no moriría como un dictador ni le tomaría gusto a la sangre. El hombre sonriente que preguntaba por nombres y ocupaciones y tenía siempre la anécdota a punto, sin embargo, desde su indignación ante una democracia cleptómana que despreciaba a los pobres y saqueaba el país, se llegó a creer la encarnación de su pueblo, el instrumento de una misión histórica local y universal, la fuerza mesiánica que se multiplicaría en millones de pechos. Y eso nunca, nunca acaba bien. Cuando se embalsama a un líder revolucionario es que la revolución está presta a ser embalsamada.

Me tocó el turno y el Presidente me dio la mano. Una mano morena, casi delicada, de dedos alargados. Román Rodríguez acudió presto:

–Este es venezolano. Venezolano y periodista.

— Ah. ¿Eres venezolano?

— Sí.

— ¿Y de dónde eres tú, compatriota?

— De Catia, Presidente.

–Catia es un sitio bravo, pero ya está más tranquila. Ahí hay muchos isleños y también portugueses e italianos. Gente que trabajó mucho por Venezuela. Bueno, no sé si había periodistas también. Yo lo único que le pido a los periodistas es que lo cuenten todo, ¿no? No una versión o la otra. Hay que contarlo todo.

— Estoy de acuerdo –le dije.

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Choque de trenes

En la Unión Europea de la crisis de la deuda pública y la cronificada anemia económica existe un conflicto en ciernes entre democracia representativa, estrategias estatales e intereses económicos del capital financiero globalizado. Las elecciones italianas del pasado domingo lo han expuesto claramente. Para horror de bolsas, mercados y gobiernos las urnas arrojaron una situación de inestabilidad política insalvable. Para empeorar las cosas el sistema electoral italiano parece diseñado por un mandril empapado en pacharán, y en parte lo es, pues las últimas reformas al mismo fueron introducidas por Silvio Berlusconi. Precisamente bajo el pretexto de corregir las débiles, insuficientes y a menudo caóticas mayorías parlamentarias que arrojaban tradicionalmente las urnas Berlusconi y los suyos –que eran legión – añadieron un nuevo parche y se estableció que el partido o coalición ganadora obtiene inmediatamente un bonus de 50 diputados. El pasado domingo el partido más votado fue el Movimiento Cinco Estrellas de Beppe Grillo, con el 25,5% de los sufragios, seguido por el Partido Democrático liderado por Pierluigi Bersani, ex ministro de Industria y Comercio con Romano Prodi. Sin embargo, al presentarse coaligado con tres pequeñas organizaciones, Bersani se alzó finalmente con el primer puesto, consiguió el bonus y obtuvo la mayoría absoluta en la Cámara de Diputados. El problema es que derrapó en el Senado, y desde el Senado se puede bloquear, retrasar y torpedear casi infinitamente al Gobierno y a los proyectos legislativos procedentes de la Cámara. Asombrosamente, Berlusconi superó el 20% de los votos, y menos asombrosamente, Mario Monti, primer ministro en funciones, arañó apenas un 10% al frente de una coalición de centro derecha.

Italia es ese espejo incómodo donde la contradicción entre la democracia representativa nacional y los intereses financieros transnacionales se refleja con cierta obscenidad. La caída de Berlusconi no obedeció a un proceso político interno, a la dinámica de mayorías y minorías: repentinamente los italianos asistieron, atónitos, al nombramiento como primer ministro de un senador vitalicio, excomisario de la UE y exasesor de Goldman Sachs, que fue presentado como un desinteresado, sapiencial y neutral técnico, cuyo concurso era imprescindible para corregir la deriva económica del país y cumplir las estrictas exigencias de la Unión Europea, pero al que nadie – nadie – había votado. Los dos grandes partidos parlamentarios – el Polo de la Libertad de Berlusconi y el Partido Democrático – apoyaron sin apenas rechistar sus medidas. Que este fulminante proceso se haya producido en el corazón de Europa y haya sido –por así decirlo – homologado sin mayores aspavientos no es, sinceramente, una prueba de madurez política e institucional, sino un síntoma de la subordinación de los sistemas políticos parlamentarios a un poder cuya raíz no es democrática y cuyos intereses no son, precisamente, los intereses generales. No se ha refundado el capitalismo, esa fugaz ocurrencia de Sarkosy de poner el cascabel a un tigre. Es el poder del capital financiero está reformando (deconstruyendo) los sistemas democráticos.

Los dos argumentos con los que se pretendido diluir esta incómoda realidad son harto cuestionables. El primero es muy sencillo: había que alegrarse de la aniquilación política de un inmundo delincuente como Silvio Berlusconi. Pero, tal y como demuestran las últimas elecciones, el canalla de Berlusconi sigue ahí, políticamente vivo, y no se ha avanzado un centímetro en cercenar su fabuloso poder económico y empresarial o en acercarlo al banquillo de los acusados. El segundo es más sofisticado y apunta a la transferencia de poder político de los estados a la Unión Europea y a la imperiosa necesidad de cumplir, en beneficio de todos los agentes, las decisiones económicas y fiscales de la UE. Pero una cosa es la transferencia de poder y competencias de los estados a la Comisión y otra distinta suplantar la voluntad política expresada en las urnas y tutelar, si no maquinar sigilosamente , cambios de gobiernos y programas en plena legislatura, como ha ocurrido en Italia.

Los resultados electorales del pasado fin de semana no dejan de ser una respuesta de los italianos al experimento Monti (desde un punto de vista político) y al austericidio como eje de la política comunitaria  (desde un punto de vista económico). Lo han rechazado clamorosamente votando a Grillo y a Berlusconi. Nuevo ejercicio de licuefacción del sentido: los italianos han votado a dos payasos. No, no es exacto. No es necesario reseñar lo que es el berlusconismo. Como figura política Beppo Grillo puede ser un botarate,  pero no es un criminal. Su programa, ciertamente, se asemeja mucho a una carta a los Reyes Magos: su relativo desinterés por lo económico resulta asombroso y sus propuetas carecen de articulación interna, de coherencia argumental, de rigor expositivo y análisis realista sobre una coyuntura de endemoniada complejidad. Más que un programa político recuerda a los cahiers de doléances  que se presentaron en los Estados Generales previos a la Revolución Francesa. A buen seguro muchos de sus electores habrán optado por el Movimiento Cinco Estrellas no como alternativa de gobierno, sino como oportunidad para la protesta desde un escepticismo absoluto sobre las posibilidades de regeneración del sistema político italiano. Una protesta desengañada, carnavalesca y hasta nihilista.

Italia – junto a Grecia – es un grave y preocupante aviso de un choque de trenes entre legitimidades e intereses que ya no parece capaz de conciliar e integrar el modelo de democracias parlamentarias europeas.  Todas las encuestas advierten que, en caso de convocatoria electoral,  en España se desataría una situación de ingobernalidad. Un gran jurista italiano, Luigi Ferrajoli, explicó ya en los años setenta que el moderno sistema de democracia representativa, de carácter oligopolista, consensual e integrador se presenta y publicita como síntesis política de toda la sociedad.  Ese modelo de democracia consensual es el que está colapsando. Cuando ya no existe la posibilidad de consensos, el equilibrio de intereses se reduce a un mal chiste, la alternancia política se desdibuja y solo es posible una única estrategia político-económica que empeora la vida cotidiana de la inmensa mayoría de los ciudadanos sin un horizonte verosímil de recuperación, ¿hasta qué punto se puede seguir hablando de un sistema democrático, de legitimidad política, de la autonomía de pueblos y ciudadanos?

 

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Entrevista con Luis Bárcenas

El señor Luis Bárcenas, extesorero del PP y exsenador –lo segundo lo hemos podido constatar fehacientemente — nos recibe una lluviosa mañana en su piso,  de cuyas paredes cuelgan admirables fotoopias de los mayores maestros del Barroco.  Bárcenas está enfundado en un batín escarlata a medida y se toma una copa de Soberano, que es cosa de hombres, un hábito sentimental residual de la época en la que todavía no cataba el alcohol con el borde afilado de una visa platino.

–Muchas gracias por concedernos esta entrevista, señor Bárcenas…

— Cabrón…

— ¿Cómo dice?

— Qué llámeme Cabrón si quiere. Es lo que menos me duele de todos los disparates y calumnias que están diciendo los medios de comunicación…

— Usted no reconoce que los 22 millones de euros que tiene en un banco de  Suiza…

— Es dinero ganado duramente, con el trabajo, con mi sacrificio, con mi esfuerzo… Este país detesta a los ricos, a los triunfadores, a los ganadores, a los que saben aprovechar las oportunidades, a los inteligentes, a los hombres de abundante pelo plateado… Manga de miserables fracasados… ¿Usted practica el esquí?

— No.

–Lo siento. Pero a su favor puedo decir que aunque sea un fracasado no parece un resentido. Mire, desayuné hace un rato. Si quiere puede llevarse las sobras cuando terminemos la entrevista. Yo me considero un humanista cristiano.

–Entonces, ¿cómo acumuló usted 22 millones de euros y por qué los tiene en Suiza?

–Suiza. Esa obsesión le delata. Si usted practicara en esquí comprendería por qué tengo el dinero en Suiza. Es un deporte vigorizante pero caro.

–Ya…

–Yo invertí mucho en arte. Compro y vendo. Mire, una vez compré en su ciudad, en el rastro de Santa Cruz, una acuarela de Bonnín por cincuenta euros y luego la vendí por 220.000. ¿Ve usted que no es tan difícil? Cien acuarelas de Bonnín, 22 millones. Si las cuentas salen enseguida.

— Ya, ya… Usted fue tesorero del Partido Popular…

— Si, hasta hace un rato.

— ¿Un rato?

— Bueno, hasta hace algún tiempo, sí. Y durante todo el periodo en el que llevé esa honrosa responsabilidad, en fin, la contabilidad se llevó cumpliendo escrupulosamente la legalidad vigente…

–¿Y los papeles que se han publicado? ¿Los reconoce usted como propios?

— Todo es un vil montaje, y espero no tener que entrar en prisión para demostrarlo con la contabilidad verdadera…

–Bueno, pero imagino que la contabilidad auténtica obrará en manos del Partido Popular…

–Aaah, pero es que son como niños. No entienden casi nada. ¿no ve usted el lío en el que están metidos? Perdiditos están sin mí.

— Entonces los llamados papeles de Bárcenas son un montaje.

— Claro. Los papeles los tengo yo. Todo lo demás son, como mucho, fotocopias de chamarilero. Volvamos al ejemplo de Bonnín. ¿Es lo mismo un Bonnín auténtico que una falsificación? Claro que no. Cualquier experto sabría distinguirlos.

— ¿Por ejemplo?

— Si no hay buganvillas, no es un Bonnín…

–Definitivamente.

–Puede usted asegurarlo. Yo tengo un olfato artístico de la hostia.

–Pero, y discúlpeme que insista, ¿se repartían o no sobres entre la dirección del PP?

— Todos los días. Sobres, bolígrafos, gomas de borrar, posit,  unos pins muy graciosos que hice con la cara de Zapatero y que decían zapatero a tus zapatos

–Me refiero a sobres con dinero…

–Uno, en un sobre, puede encontrar cualquier cosa…Yo a veces meto la mano en el bolsillo y me encuentro un billete de diez euros arrugado y a en ocasiones se lo doy a un pobre, siempre que no sea periodista…¿A usted no le pasa?

–Eeeh, no… Creo que le pasa a poca gente…

–Ya le digo, este es un país de perdedores que odia patológicamente el éxito ajeno…A quien le asquea el dinero es porque no lo tiene.

–¿Y las donaciones de grupos empresariales que incumplían los topes legalmente establecidos?

— Imagínese, por un momento, que eso figurase en la contabilidad que podría tener, hipotéticamente, en una caja fuerte subterránea bajo un retrato ecuestre de Mariano Rajoy. Bien, ¿no podría haberme equivocado al realizar el apunte? “Luis, cabrón, te doy cien, pero pon ciento veinte para que Javier Arenas me mire mejor”. A veces uno puede pagar un precio elevado por la amistad. Pero los principios no son negociables salvo, quizás, en Zurich.

–¿Por qué cree usted que el presidente Mariano Rajoy no lo cita nunca?

–Es una clave amistosa que tenemos. “Mariano”, le dije la tarde que cobré la última parte del finiquito, “no menciones mi nombre, que puede traerte problemas”. “Hombre”, me dijo, “no me digachah’s eso”. Entonces se me ocurrió. “Cuando me quieras saludar, no digas Bárcenas, dí déficit”. Y mire, funciona. Estos días, siguiendo en la tele el debate celebrado el Congreso de los Diputados, comprobé que me estuvo mandando recados en clave todo el rato. Cada vez que decía déficit, ¿lo vio?, guiñaba un poco el ojo. Hasta me emocioné y todo. Para que a uno lo llamen Cabrón.

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