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Diccionario para una crisis vulcanológica

Armas, Alpidio: Presidente del Cabildo de El Hierro que se metió en política después de ser rechazado en el casting de Dante’s Peak// Según una antigua leyenda bimbache, lagarto de Salmor que se transformó en presidente del Cabildo Insular al inhalar los gases sulfurosos de una antidiluviana erupción volcánica// Él mismo y sus circunstancias.

Carracedo: Científico que suele tener razón y que es apabullantemente consciente de que suele tenerla.// Fuente de información universal a la que se rinde, con excepciones, unánime y hasta reverencial acatamiento. (véase Nemesio).

Civismo: Impulso connatural y admirable en el pueblo herreño que les lleva a no arrojarse por las ventanas, ni a liquidar a sus familiares usando escopetas de cañones recortados, ni a enterrar veinte kilos de quesadilla en las macetas de sus casas ni a atacar furibundamente a los equipos de la Cruz Roja con horcas y cuchillos.

La Restinga: Pueblo fantasma de El Hierro, habitado hasta el otoño del año 2011 y convertido después en un parque temático financiados con fondos de la RIC por los cuatro de siempre y dirigido, en una primera etapa, por don Eligio Hernández.

La Respinga: Nombre por el que es conocida la localidad de La Restinga en los medios de comunicación peninsulares y que es pronunciado con regocijada fruición por las locutoras de las televisiones nacionales// Locución popular: “Esto es la Respinga”. Se utiliza para evidenciar una situación particularmente grave, conmovedora o asombrosa. Según Corominas, no guarda necesariamente relación con el tamaño.

Mancha, La: Amenazante extensión de color pardo-verduzco sobre el mar, a corta distancia de las costas herreñas que, según los especialistas en tertulias radiofónicas y televisivas, tiene su origen a) en una incipiente erupción volcánica submarina a unos 200 metros de profundidad; b) Un atentado ecologista contra el Mar de las Calmas relacionado con la construcción del puerto industrial de Granadilla; c) Una manifestación de organismos marinos a favor de la reposición de Belén Allende en la presidencia del Cabildo Insular; d) Una señal evidente de un tsunami; e) Es otro tremor, f) Hay que preguntarle a Carracedo; g) Es lava; h) No es lava; i) Huele muy mal; j) No huele; k) La erupción avanza; l) La erupción se ha detenido; ll) Es una oportunidad para reanimar la actividad turística en El Hierro; m) Es sospechoso que casi haya coincidido con la llegada de las tropas del Ejército español; n) Hay que llamar a Carracedo, o) No puede hacerse nada; p) Que abran el túnel; q) la carretera vieja no está tan mal; r) pasamos a publicidad; s) es otro tremor; t) Son los restos de los restaurante de marisco y pescado de La Restinga; u) Simplemente se trata de salmuera; u) Todos los peces de la zona han quedado sancochados; v) Se aproximan más tremores; w) un indiciode la necesidad de que intervenga la Armada, z) que le pregunten a los pescadores.

Mero: Pez osteíctio del orden perciforme al que en ningún momento se le advirtió sobre la posibilidad de una erupción submarina en las proximidades de la costa herreña con grave riesgo para su vida y domicilio. Las asociaciones ecologistas, sin descartar a los propios meros, estudian presentar una querella criminal contra el viceconsejero de Pesca del Gobierno de Canarias.

Nemesio: Científico incomprendido que consigue hacerse entender en un dialecto poco estudiado del idioma español. Pica mucho entre horas.//Científico que ha comprobado la curiosa pero persistente tendencia ajena a equivocarse sistemáticamente en los puntos más relevantes de cualquier análisis (véase Carracedo).

Nobleza: Siempre es baturra.

Normalidad: Situación que se vivirá en El Hierro, ocurra lo que ocurra, para eludir, precisamente, cualquier circunstancia anómala// Eufemismo vulcanológico.// Fastidio que impide a los periodistas hacer su trabajo y proporcionar jugosos datos e imágenes sobre el desorden, la angustia, la incertidumbre y la desgracia.

Nonangenarias: Especialistas en geociencias que, gestionando un conocimiento infuso que se pierde en la noche de los tiempos, han sustituido, en los principales centros universitarios del mundo, a sismólogos y vulcanólogos.// Señoras de edad provecta con una memoria portentosa que va más allá de la fecha de su DNI. // Señoras de edad matusalémica que custodian los derechos de propiedad de los volcanes sobre la liliputiense soberbia de los seres humanos. Siempre aciertan en la lotería y si les duelen los juanetes resulta una señal inequívoca de lluvias torrenciales, bruscas bajadas de temperatura o erupciones submarinas.

Novena Isla: La que, según una extensa y entusiasta tribu de frikis, está a punto de emerger al sur de El Hierro. Algunas fuentes señalan que se ha visto por las inmediaciones a Tomás Padrón con una bandera herreña bajo el sobaco.

Pancho, el Mero: Conocido pez que habitaba en el Mar de las Calmas y que alcanzó una enorme popularidad, en la primera década del siglo XXI, gracias a un reportaje promocional que se emitía a todas horas, con una evidente voluntad sádica, en los espacios publicitarios de Tele 5. Hasta finales de 2011 se aseguraba que había sido pescado y devorado en una caldereta, pero estudiosos como Sergio de Armas, en su monografía No fue un mero almuerzo, señalan que Pancho pudo haberse suicidado para evitar ver la destrucción de El Hierro por una erupción volcánica o la llegada de Alpidio Armas al Cabildo Insular (véase Armas, Alpidio).

Robot submarino: Aparato legendario, de gran sofisticación tecnológica, tan difícil de localizar y encontrar como el vellocinio de oro//. Aparato submarino sobre el que una asociación de televidentes ha sugerido que incorpore a su tripulación a los presentadores y artistas del programa La Gala, dotados con cámaras para analizar la erupción submarina en las proximidades de El Hierro, a condición de que nunca más vuelvan a la superficie.

Sismógrafo: Aparato cabalístico que registra los tremores y difunde los temores (véase Tremores).

Santana, Juan: Director general de Seguridad y Emergencias del Gobierno de Canarias que transmite, gracias a su fluidez verbal y su código gestual, la misma tranquilidad que un eficiente empleado de pompas fúnebres.

Tremor: Personaje ficticio de la serie del videojuego de lucha Mortal Kombat// Primera parte de la obra Tremor y temblor, del vulcanólogo aficionado Sören Kierkegaard// Señal continua asociada a una actividad eruptiva que, como su propio nombre indica, produce mucho miedico y que muestra a menudo un comportamiento sinuoso y poco fiable para despistar a los políticos y los periodistas con el artero propósito de dejarlos en ridículo.

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Calladitos

Muchos cientos, tal vez miles de laguneros, se sienten involuntariamente inmersos en una cita anual con el agobio, el fastidio, el hartazgo, la tumultuosa e inapelable obstinación espiritualista: las fiestas del Cristo deLa Laguna.Son los agnósticos y ateos que deben soportar campanadas gemebundas, incontables procesiones diurnas y nocturnas, estentóreos grupitos ululando salmos y canciones religiosas, revoloteantes ejércitos de curas y monjas,  cruces poblando cualquier esquina y todo horizonte, cortes de tráfico y cambios se sentido en las vías urbanas, exhiciones pirotécnicas ensordecedoras. Son los ciudadanos que tienen que oír a un obispo proclamar (porque los medios de comunicación se apresuran a propagar su verbo cristalino como si dispusiera de alguna autoridad en el exterior de su organización eclesial) lo que le gusta y lo que no le gusta que se haga o no se haga en los espacios públicos, su diagnóstico sobre la degeneración moral de los jóvenes, los terribles efectos del relativismo moral, la perversidad del espíritu laico y sus malvados apologetas. Y calladitos. Cualquier crítica, distanciamiento o sarcasmo al respecto resulta considerado, paradójicamente, una actitud intolerante. Un modesto hecho, históricamente evidente,  es que gracias a la crítica, el distanciamiento. la ciencia y el sarcasmo más lúcido estos señores no deciden lo que puedes leer, no controlan tu moral privada, es decir, tus esfínteres, no te entregan al brazo secular y no disponen de un Estado para mantener su pingüe negocio de salvación de almas y condena de cuerpos.

Pero ahora se pretende (y en buena parte se consigue) desactivar cualquier actitud crítica bajo la exigencia tronante de una tolerancia que se consiguió, precisamente, contra todas sus feroces resistencias, que no excluyeron jamás la bendición de ejércitos, la manipulación doctrinal en las escuelas, la lucha embrutecedora y sangrienta contra el desarrollo científico ni el apoyo inequívoco a golpes de Estado. Ahora, precisamente ahora, calladitos. Hay que estar calladitos para no herir susceptibilidades, que duelen como coronas de espinas. Si usted es ateo o agnóstico, haga usted el favor de callarse y respetar. Es la trampa perfecta: para nosotros, la calle, las ayudas del Estado y la crítica al Gobierno, el monopolio discursivo de la moral, la atención untuosa de autoridades políticas, fotógrafos y cámaras de televisión; para los ateos y agnósticos, la soledad de su casita mientras escuchan llegar desde la calle el prodigioso ronroneo de interminables procesiones que lo infectan todo. Sí, para esta gente, el mismo Voltaire resultaría actualmente un intolerante, un dogmático, un . Más de una entrada de su Diccionario filosófico no sería publicable en nuestra prensa de provincias. Voltaire, esa serpiente insidiosa, esa pútrido e infernal setina de vicios. Así lo trató en su día la Iglesia Católica  y ese fue, ese es todavía, uno de sus timbres de gloria.

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Segunda fase

En las semanas ulteriores a las elecciones autonómicas José Manuel Soria intentó, infructuosamente, quebrar la unidad de  Coalición Canaria para conseguir su investidura como presidente del Gobierno. El PP había ganado las elecciones y estaba en su perfecto derecho – y había anunciado que lo ejercería – de conformar una mayoría parlamentaria para conseguir su objetivo. Soria no lo  consiguió, pero ha mantenido su estrategia. En medios coalicioneros se insiste en la política sucia que está practicando Soria. Pero la expresión “política sucia” es un pleonasmo. Los dirigentes de Coalición olvidan, entre otras muchas portentosas peripecias de los últimos veinte años, el origen de su invento: una moción de censura en 1993 que propinaron al entonces presidente del Gobierno, Jerónimo Saavedra, sin siquiera tomarse la molestia de abandonar previamente el Ejecutivo.

Lo que no consiguió de inmediato en el parlamento lo intentan ahora Soria y sus conmilitones en los cabildos. Después de desplazar a Belén Allende, toca ahora articular una moción de censura en el Cabildo deLa Palma, más ardua y compleja, pero en absoluto imposible. Asier Antona explica con su refinada astucia habitual a los socialistas palmeros que si  están dispuestos a censurar a Guadalupe González Taño, deben hacerlo antes de las elecciones generales de noviembre: un PP con una aplastante mayoría absoluta en las Cortes quizás sea menos sensibles a tolerar pactos con el PSOE en ningún lado. Tanto en El Hierro como enLa Palmael mensaje a trasmitir a los gerifaltes de CC – y al margen de la gravedad de la pérdida de poder en las corporaciones para fuerzas de ámbito insular — es quela Presidenciade Paulino Rivero sale demasiado cara para la federación nacionalista. Sale a un precio prohibitivo, angustioso, ruinoso. Soria quiere deshacerse de Rivero, en fin, fomentando un malestar insuperable entre los menceyes nacionalinsularistas.

Lo peor para los coalicioneros es que carecen de cualquier margen de maniobra. Su desgaste electoral – desde 2007 perdieron su condición de primera fuerza parlamentaria – y el inminente contexto político nacional –con un PP próximo en zambullirse en una oceánica mayoría absoluta – lo atan al pacto con el PSC-PSOE. A menos, naturalmente, que cedan la Presidenciaa José Manuel Soria. Pero si en esta situación el señor Soria es capaz de sacudirles así, desde una plataforma como la Presidenciadel Gobierno, a buen seguro, dedicará la mitad de su tiempo a  liliputizar al CC e instaurar por primera vez en el Archipiélago un bipartidismo de facto de aquí a la eternidad.     

 

 

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El caso del último socialista

Había sido un agosto casi tranquilo, es decir, que llegué a fin de mes con todas las cuentas bancarias al rojo vivo. A mi despacho de detective privado en El Monturrio no se acercaba ni el suave calor del verano chicharrero. Solo recibí un encargo que me obligó a trasladarme a Madrid: un tipo que quería preguntarle algo al Papa.

–Comprendo que se trata de un encargo inhabitual – me dijo un gordo pegajoso con los ojos irritados y el cuello de la camisa resudado –. Pero necesito la ayuda de un profesional capaz de sortear los sistemas de seguridad y preguntarle directamente a Su Santidad.

— Ya no me asombra nada. ¿Qué quiere que le pregunte? ¿Si existe Dios?

— ¿Dios? No, no. ¿Cómo le va a usted a preguntarle al Papa si existe Dios? Lo pone usted en un compromiso, hombre. Si existe porque lo hace un misacantano superfluo y si no existe porque lo convierte en un farsante.

— ¿Le pregunto si fue nazi?

— Hombre, si militó en las Juventudes Hitlerianas, lo habría porque no tenía más remedio, ¿no? Y evidentemente lo hizo antes de ser Papa, ¿eh? Es como preguntarle a Mourihno si alguna vez fue portugués. Lo sería de chiquito, ¿no? Y sin tener culpa ninguna. Ni él ni los portugueses.

— Pues usted dirá, porque el personaje no tiene mucho más interés.

— No es usted creyente.

— Ya me cuesta creer en lo que veo. Bolorino Armani, por ejemplo. Pero abreviemos. ¿Qué quiere saber usted?

–Bueno. Pregúntele…pregúntele en qué tintorería le lavan el traje…

–¿Cómo?

–Sí, sí. Pregúntele en qué tintorería. ¿Ve mi cuello? Llevo siempre las camisas sudadas. A las diez de la mañana, en invierno o en verano, tengo la ropa más sudada que Luis Deseda en un videoclip. ¿Dónde consigue ese blanco? ¿Cómo le quitan las manchas de sudor? Necesito saberlo. Solo el Papa me infunde confianza.

–¿Ha probado con Micolor?

–Me he metido en la lavadora con tres payasos y nada.

–Le va a salir una pasta esto.

–Me da lo mismo. Es una cuestión vital para mí, ¿sabe? Soy el jefe de planta de Caballeros en el Corte Inglés.

Tal y como suponía, la visita fue inútil. El Papa se me quedó mirando, atónito.

–Hijo mío, ultima hominis felicitas est in contemplatione veritaris, como afirmó santo Tomás de Aquino…

–¿Y cuál es la verdad?

–Usted, como todos los ateos, se cree Dios… Solo Dios tiene derecho a hacerme a mí preguntas tan explícitas…

–¿De veras? Y si soy ateo, ¿cómo voy a creerme Dios? ¿Solo Díos puede ser ateo?

–Por tu boca habla Satanás. La verdad es esta: jamás repito traje. Tengo 365 en el vestidor y uso uno a diario. Después lo desecho.

–¿Y qué hace con el que usa?

–Lo regalo. Ayer, por ejemplo, se lo regalé a Nacho González…Tenía un almuerzo con periodistas…

Salvo esta insignificancia, nada, pero el penúltimo día del mes sonó el móvil, sonó largamente como un miserere a la hora de la siesta, y después de despertarme y maldecir un rato con la boca pastosa, consecuencia de un almuerzo tardío en Casa Neke, escuché una voz que parecía infinitamente agotada:

–¿Es usted el detective?

— Sí. ¿Quién habla?

–Soy José Miguel Pérez, vicepresidente del Gobierno de Canarias…

–¿Seguro?

Solo escuché el silencio durante un interminable minuto.

–Lo acabo de comprobar. Soy vicepresidente del Gobierno de Canarias. Necesito hablar con usted. Le espero en mi despacho dentro de media hora, si es tan amable…

— Huuum. ¿No prefiere un sitio más discreto?

— ¿Más discreto que mi despacho? No se me ocurre.

Una ducha, una copita de coñac y dos cigarrillos me bastaron para revivir bajo la luz huidiza del atardecer. Pocos minutos más tarde llegué al despacho del señor Pérez. Nadie en la entrada del edificio. Todas las mesas de los funcionarios vacías. Pero, lo que era más sorprendente, ni rastro de secretarías, taquimecas, asesores, jefes de prensa, altos cargos pululando por las cercanías del vicepresidente y consejero de Educación. Nada de nada. José Miguel Pérez me recibió con la sonrisa de un hombre que ha enviudado de sí mismo y me invitó a sentarme.

–Seré breve. Necesito conocer un dato y necesito confirmarlo por alguien ajeno a mi entorno.

–Perdón. ¿Qué entorno?

–De eso se trata. Tengo una sospecha que no me permite solucionar, por su carácter artero y desasosegante, los graves problemas que acucian a la educación pública en Canarias…

–Pues sí que es grave, sí… ¿Y de qué se trata?

Pérez se inclinó hacia mí y bajó el volumen de su voz aun más…

–Quiero saber si todavía existe el PSC-PSOE…

Alcé la vista, súbitamente agotado.

–¿Por qué no le pregunta a sus compañeros en el próximo comité ejecutivo?

— Le parecerá a usted sencillo. No lo es. Les pregunto y se ríen. Pero después pactan con el PP y se vuelven súbitamente sordos. Y tengo que expulsaros. Pero no se van, los que no se van, y los que se van, no vuelven. El otro día le pregunté a Julio Cruz, “Julio, ¿pero tú eres socialista, no?”, ¿y sabe lo que me dijo?

— No. No soy gomero.

–“Socialista sí, pero no te creas que para subir hay que bajar”. ¿Usted lo entiende? Hay curbelistas, fuentescurbelistas, alpidistas, marcosistas pero, ¿y socialistas? Hasta Paco Spínola se me desmayó el otro día en Candelaria. Dice que fue un sofoco, pero yo sé que entró en trance y musitó: “He visto la luz”.

Durante 48 horas investigué esforzadamente. Recibí soplos, intercepté llamadas telefónicas, realicé varios seguimientos, mantuve discretas entrevistas. Regresé al deshabitado despacho de Pérez. Levantó la vista. Le estreché la mano.

— Es la primera vez que saludo a un partido político-le dije.

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Un escritor en defensa propia

Empezaré con una cita. A Ezequiel le encantaban las citas, y en la relación que mantuvimos, que nunca fue una relación de amistad, sino un estado de irritación y expectativas frustradas que solo rescataba la literatura, en esa relación confusa y atrabilaria, a lo único que conseguimos jugar es a las citas. La literatura como casa de citas. Ezequiel defendía las citas como dispositivos de estímulo y de cohesión literaria. Para evitar la pedantería se debía citar con pertinencia, pero se debía citar también como acto de agradecimiento, decía Ezequiel, y tenía razón. La cita a la que me quiero referir es del Doctor Johnson, uno de los hombres más citados, precisamente, en la historia de la literatura occidental. En su libro Vida de poetas, y al hablar de los poemas de George Granville, Johnson dice que son “fruslerías escritas por el ocio y publicadas por la vanidad”.  El programa literario de Ezequiel Pérez Plasencia fue, exactamente, todo lo contrario. Para él la literatura no era un engendro del ocio, sino una luz de belleza que se confundía con la vida y la iluminaba moralmente, y por tanto, había que corresponderla con el máximo nivel de exigencia y una entrega incondicional. Y la publicación de lo escrito consistía, apenas, en el último acto de entrega a esa pasión una vez consumada. Publicar era fijar para los demás el combate pasional con las palabras y con su propia memoria, y no únicamente un acto de vanidad, y por eso Ezequiel sufrió tan intensamente, tan furibundamente, cuando se le editó mal. La traición del editor lo llevaba a traicionar su texto. Traicionar sus palabras. Suyas y solo suyas. ¿Cómo tolerar al traidorzuelo incompetente que te convertía en traidor a tí mismo?
Creo que esa actitud ligeramente sacerdotal de Ezquiel, el estricto cenobita  de esa casa de citas que era la literatura y era su literatura, la que más desconfianza sembraba entre nosotros. Por usar otra cita, Ezequiel no hubiera admitido, quizás no hubiera comprendido, esa afirmación de Byron en una de sus estupendas cartas: “Escribir es una costumbre, como la coquetería en una mujer”. Se le hubiera antoja una broma intrascendente, una pequeña frivolidad de un poeta cuya máxima creación fue él mismo, y nada más. Para Ezquiel Pérez Plasencia la literatura, el acto de escribir, era una vía de autoconocimiento, una defensa ante las ofensas de la vida, dicho pavesianamente, y un compromiso moral que se resolvía en una expresión que buscaba la belleza de lo exacto, de lo preciso, de lo inevitable, de lo imaginado desde el infierno para comprenderlo mejor, denunciarlo y no quedar reducido a cenizas insignificantes. La mayor parte de sus maestros son escritores de raigambre moral: Camus, Pavese, Clarice Lispector, Chéjov, Onetti, Thomas Bernhard, ese talentoso llorón que estuvo a punto de destruirlo, y se lo dije, y se cabreó mucho cuando le aseguré que el único escritor al que Thomas Bernhard no condenaba al suicidio era a Thomas Bernhard. En definitiva, se podía jugar, como jugaba maravillosa y admirablemente Cortázar, al que Ezequiel adoraba, queríamos y queremos tanto a Cortázar, pero siempre que se volviese al redil después del recreo, o si lo prefieren ustedes, siempre que el jugador fuera una persona política y moralmente decente. No quiero decir con esto que Ezequiel sufriera el más ligero sectarismo ideológico en sus preferencias literarias: es una de las poquísimas personas con la que, en esta isla, he podido hablar apasionadamente de Louis-Ferdinand Cèline, brutal, antisemita y filofascista y uno de los grandes escritores del siglo XX para Ezequiel y para mí y para cualquier lector que no sea un animal prejuicioso. Políticamente sí usaba y a veces abusaba del sectarismo: era comunista, con toda la quebrantada grandeza moral, la intransigencia inquisitorial, las perplejidades y decepciones de un comunista español trasquilado por lo que se llamó transición democrática. Es significativo  lo que a Ezequiel le interesaba de Cèline: su exploración, cargada de lucidez y desprecio y asco, de la vorágine del alma humana, y por eso encabezó con una cita del excepcional escritor francés su libro La ilusión de los vencidos: “Es más difícil renunciar al amor que a la vida”.  Quizás lo que quiero decir es que Ezequiel se tomaba la literatura mortalmente en serio, un asunto de vida o muerte sobre el haz o el envés de las palabras, y a mí esas apuestas, cuando están cargadas de dolor y conmiseración, me ponen ligeramente nervioso. Yo no soy demasiado pavesiano. Yo creo que, en algunas ocasiones, en algunos periodos y autores, la literatura se ha dedicado con demasiada saña a ofender a la vida, si así puede decirse, que diría Bernhard.
Un escritor que lo ha tenido todo en contra para su propia formación, para construir su propia identidad, como lo fue Ezequiel Pérez Plasencia, y para el cual la literatura es una forma de estar en el mundo, identificar sus trampas y añagazas y blindar a sangre y fuego su dolor es, casi necesariamente, un escritor antirretórico. Ezequiel abominaba, con un desprecio militante, de la prosa churrigueresca que se suele presentar y a veces aplaudir como prodigiosa orfebrería barroca en el periodismo y en la literatura de España. En un decálogo delicioso (y discutible) para escribir correctamente Ezequiel citaba a Horacio Quiroga a propósito del estilo. El estilo, como las uñas, es más conveniente tenerlo limpio que brillante. Los sustantivos son tan importantes como los adjetivos, porque no hay tropel de adjetivos que resuciten una frase convertida en un cadáver. Los poetas le enseñaron que la palabra es lo único que oculta lo que la palabra dice. La exactitud, el laconismo, la brevedad son el mandato y la praxis de la prosa de Ezequiel, una prosa que, en sus mejores momentos, es un mecanismo perfecto, íntimamente armonioso, irreprochable en su espléndida y aseada humildad. Es la mejor prosa escrita en Canarias en las últimas décadas y no le fue fácil conseguirla: se sometió a un proceso de febril despojamiento que empezó en sus primeros borradores y que en El teléfono, su primer libro de cuentos, era ya una elección deliberada. La prosa de Ezequiel deviene, por supuesto, otra construcción retórica, que debe su maduración al aprendizaje al calor de los maestros, y también a la sabia frecuentación de los poetas que amaba, desde Leopardi a Manuel Padorno, pero tal vez se ha olvidado el extraordinario oído de Ezequiel Pérez Plasencia a las voces de la calle, a las voces de su barrio, a los hallazgos de la literatura oral de una pequeña comunidad entre la barriada obrera y la marginalidad social. Ya saben  ustedes que el título de Los caminadelado es la sugerencia de El Farola, “un parado, un pibe ya no tan pibe de mi barrio”, como explicaba Ezequiel mismo. “Estos políticos caminan de lado, parecen que van enfilados a lo que prometen, pero siempre se tuercen para defender lo suyo, no lo nuestro”, dice Ezequiel que le dijo El Farola. Cuando en sus cuentos o artículos afloran las voces del barrio están perfectamente inscritas en el discurso y su naturalidad expresiva se incorpora con pasmosa eficacia al relato o al apunte reflexivo: esa sensibilidad lingüística, esa astucia retórica, que como siempre parece lo más fácil del mundo, es algo que he visto en poquísimos escritores canarios.  Demasiado a menudo los narradores canarios tienen una relación con la lengua parecida a la de un inquilino con su casero. Él no: el era el soberano dueño de su casa en el idioma. Una de las últimas veces que hablé con Ezequiel, antes de su marcha a Cartagena, quedamos en la plaza de El Príncipe y nos sentamos a tomar un café. Hablábamos de su último libro, y de los libros de todo el mundo, y sancochamos la pútrida realidad política y social isleña en sarcasmos interminables, y de repente Ezequiel me tomó del brazo y me dijo en voz baja: “Escucha lo que le dice la viejita de al lado al niño”. Y nos pusimos a escuchar los dos en silencio, atentamente, la conversación de la señora, que le explicaba a su nieto, debía ser su nieto, quien había sido su abuelo y por qué vivían en Los Gladiolos. Un relato perfecto, medido, esmaltado de expresiones habituales pero que parecían tan nuevas y tan recientes como la lluvia. Ahora, cuando pienso en Ezequiel, nos recuerdo a los dos esa mañana tibia de Santa Cruz, callados en la plaza de El Príncipe, escuchando a una anciana que, en ese momento, era el propio idioma en acción, con toda su belleza casual, indestructible, intacta.
Que uno de los mejores escritores canarios trabajase como corrector en los periódicos tinerfeños, despiojando los disparates y estupideces de un periodismo de baja intensidad y sospechosa ignorancia, es una de las paradojas más asombrosas de la vida de Ezequiel Pérez Plasencia, y un espectáculo que pocos olvidaremos. Si la vida tuviera algún sentido hubiera sido al revés, pero la vida no tiene sentido, y probablemente el periodismo tampoco. El orden del día fue el descarnado ajuste de cuentas de Ezequiel contra el periodismo,  y no le voy a quitar  razón por dos razones: porque es una novela espléndida, lo mejor que nos dejó a todos, y porque el periodismo se merece esta descarga ácida, para bien y para mal. Pero intuyo, con todo, que Ezequiel Pérez Plasencia, con El orden del día, había cerrado una etapa de su narrativa. La etapa en la que un héroe romántico (a pesar de todo) era la víctima propiciatoria de la avasalladora estupidez de un mundo intolerable y venenoso y poblado de personajes mezquinos, idiotas, encanallados, polichinescos.  Una explosiva y dolorida indignación fue el combustible moral de la literatura de Ezequiel pero, al mismo tiempo, esa indignación, ese afán vindicativo por resarcirse de la vida y sus injusticias en la imaginación de las palabras, suponía el peligro de un lastre para su evolución como escritor. En sus últimos años, felizmente instalado en Cartagena, había ganado la paz, la serenidad, el disfrute de los primores de lo vulgar, el comienzo de una auroral sabiduría que fusionaba todas sus dolorosas contradicciones: solitario y solidario, hosco y parlanchín, desconfiado y generoso, leal y resentido, melancólico y entusiasta, curioso y desdeñoso, soberbio y humilde, colérico e indulgente. Ezequiel Pérez Plasencia estaba entre lo mejor que le esperaba a la literatura canaria a principios de este siglo. Ahora nos corresponde también a nosotros, y ya no solo a él, multiplicar sus lectores para que sus libros sigan asombrándonos, conmoviéndonos, irritándonos. Para demostrar que es la vida, y no la muerte y sus incontables aliados, quien tiene la última palabra.

(*) Intervención en el acto de homenaje “Malditos y benditos. El tránsito existencial y literario de Ezequiel Pérez Plasencia”, organizado por la Fundación Pedro García Cabrera y el Ateneo de La Laguna el viernes 20 de mayo.

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