Cuatro, cinco, seis millones…

Yaiza Castilla H. (@Yaiza_Castilla) | Twitter

Reconozco cierta fascinación por la consejera de Turismo del Gobierno de Canarias, Yaiza Castilla, que lo es a propuesta de la Agrupación Socialista Gomera (ASG).  Como Castilla se empeñó desde el primer momento en mantener una mínima autonomía frente a Casimiro Curbelo, al mismo tiempo divinidad y sumo sacerdote de la ASG, el supremo líder ordenó el ingreso como viceconsejera de Teresa Berástegui, cuya sonrisa prerrafaelista no es gomera, pero sí intensamente curbelista, curbeliana o curbelínea, para enterarse de más cosas. Pero mi admiración no se limita a la capacidad de Castilla para no cogerle el teléfono a Curbelo cada cinco minutos, sino en la seguridad onírica en sí misma que demuestra. La consejera ha vivido dos años y pico en una burbuja que a veces ha parecido de cristal de Bohemia y otras de jabón Lagarto, lanzando metas inalcanzables, proyectos inútiles y profecías empeñadas en no cumplirse jamás. Y lo sigue haciendo.

Ahora el augurio de la señora Castilla, lo ha dicho desde la World Travel Market de Londres, es que llegaremos a los seis millones de turistas extranjeros antes del 31 de diciembre. Ese anuncio vino acompañado de una esperanza: las visitas turísticas recuperarán las cifras precovid entre finales de 2022 y principios de 2023. Un añito más y estaremos ahí. En realidad para alcanzar los seis millones este año deberíamos recibir casi dos en estos últimos dos meses, lo que se antoja harto improbable. Sobre todo lo que produce estupefacción es aquello que criticó la izquierda hasta el cansancio en los años anteriores: contar turistas como principal evidencia de la salud del sector, es decir, de la prosperidad misma de Canarias. Hay que reconocer que lo hace todo el mundo. Incluso Ángel Víctor Torres lo repite cada vez que puede y en alguna ocasión, bajo el influjo de la poesía modernista o de los tratados de autoayuda, ha hablado de una luz al final del túnel. Pero lo que antes era una suerte de chute estadístico que los sucesivos gobiernos se pinchaban a sí mismos ahora es un ejemplo de hiperrealidad, es decir, de una realidad retóricamente perfeccionada para encajar en una expectativa creada artificialmente.

Cabe preguntarse hasta dónde alargarán las esperanza de un
retorno al pasado – un pasado que tampoco era precisamente
edénico — los responsables políticos de Canarias, y no solo de
Canarias. Lo cierto es que el mundo ha cambiado y el discurso
político se niega a reconocerlo, porque la acción política y la
incertidumbre son excluyentes. El mundo comenzó a cambiar con la crisis de 2008, que en puridad no se superó: simplemente nos aclimatamos a ella. El covid produjo una aceleración histórica impresionante. Mientras tanto, por supuesto, no se emprendieron reformas imprescindibles y la globalización encalló. Para hablar en plata: nunca más acogerá Canarias 14 millones de turistas anuales. La crisis del Reino Unido, el crecimiento de la inflación, la recuperación de otros destinos, el encarecimiento de la energía y las materias primas, que se mantendrá en los próximos años conspiran contra el modelo de concentración turística del país. Canarias está singularmente más equipada y articulada para funcionar en un mundo en crisis y amenazado por varias inestabilidades, y eso es lo que ya tenemos encima del cogote. ¿Ustedes han escuchado, amables lectores, esos proyectos estructurantes que arrastrarían a la economía canaria hacia una nueva modernidad ecológica, digital, ecorenovable? Yo tampoco. Está muy bien, de veras, destinar decenas de millones de euros en procedimientos y tecnologías para ser menos contaminantes, pero lo imperativo, si no queremos convertirnos en una combinación  entre manicomio y geriátrico muerto de hambre, es encontrar un lugar en el nuevo mundo y orientarse estratégicamente hacia un modelo de crecimiento económico sostenible y al tiempo capaz de generar empleo y cohesión social. Contar turistas, como hace Castilla, es como contar ovejas. Contar para seguir dormidos.

 

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Ejemplaridades

La ejemplaridad es el valor que sirve de eje para la admirable pero un poco angelical tetralogía del filósofo Javier Gomá. Para Gomá la ejemplaridad es un requisito necesario de la democracia, construcción humana producto de la experiencia que intenta buscar un horizonte trascendental más allá de de nuestra mísera finitud. La democracia nos permite – por así decirlo –sobrevivir humanamente sobre una moral pública compartida como espacio colaborativo y solidario. La ejemplaridad es el más decantado producto del compromiso democrático que contraemos para ser y seguir siendo ciudadanos. Una forma pública de la sinceridad, una materialización del compromiso con nosotros mismos y con los demás. Es difícil contradecir un desarrollo argumental tan delicado y noble como el de Gomá, que termina incluyendo  la propuesta de “un consenso sentimental de una comunidad libre y con buen gusto” (sic). Estupendo, pero para alcanzar ese nivel de feliz abstracción uno tiene que tener aprobadas, por lo menos, unas oposiciones al cuerpo de letrados del Consejo de Estado.

Deploro que Gomá no explique demasiado detalladamente lo que entiende por democracia o que, en general, categorice fenómenos o instituciones políticas y sociales en una campana de cristal, artificiosamente ajenos a todo conflicto o contradicción. Quizás por eso puede afirmar cosas tan asombrosas como que “si la mayoría de los políticos fueran ejemplares, las leyes serían menos necesarias”, lo que es tanto y tan relevante como aseverar que si existieran más personas bondadosas, las personas malvadas se sentirían más solas e incapacitadas para provocar dolor, daño o aflicción. La ejemplaridad, igual que la honestidad o el sacrificio por el bien común, puede ser lo que parece, pero también puede formar parte del festival de simulacros en la que viven instalados partidos, dirigentes o mandamases varios. Tal vez un par de ejemplos recientes puedan explicarlo mejor.

El administrador único de RTVC ha optado por la red social Twitter para explicarse a propósito del nonato programa Mentes divergentes, que le cedió –al parecer gratuitamente –el Cabildo de Tenerife a la televisión pública, un programa de entrevistas realizadas por el polifacético vicepresidente Enrique Arriaga y que fue presentado en una rueda de prensa con la participación del propio Francisco Moreno. En un punto de su peregrina apología, Moreno tira, precisamente, de la ejemplaridad para explicar que solo por ser patológicamente responsable sigue atado al potro de tortura que supone su cargo. “Espero que esta acabe pronto”, parece gemir a manos de sus sádicos contradictores. Es difícil creer que la dimisión de Moreno supondría el fin del mundo, ni tan siquiera de esa pequeña porción del mundo que es RTVC. Se intuye que el administrador único imagina las manifestaciones en Taco o La Isleta con miles de personas gritando, como en Amanece que no es poco: “¡No te marches, Paco, que todos somos contingentes, pero tú eres necesario!”.

El otro caso de posible ejemplaridad impostada que puede citarse es el del exdiputado y exsecretario de Organización de Podemos, Alberto Rodríguez, que se ha descolgado con un comunicado en el que anuncia urbe et orbe que va a solicitar su reingreso a su puesto de trabajo en Disa como “obrero industrial”. Rodríguez se deleita advirtiendo que podría utilizar los contactos adquiridos en política para encontrar un lugar supuestamente más plácido, pero que él prefiere volver a su curro para ganarse el pan y tal. Cuanto más publicitada esté la ejemplaridad, como una medalla que se pone a sí mismo el interesado, más cabe sospechar sobre su sustancial real. Cientos de políticos vuelven cada tres, cuatro, ocho años a su curro original sin lanzar al viento comunicados emocionantes. Y por otra parte, si Rodríguez pretende encabezar o promover un nuevo movimiento político de izquierda entera y verdadera en Tenerife y Canarias, su credibilidad quedaría muy dañada en caso de apoltronarse en cualquier sinecura. Una ejemplaridad la suya hábil, elegante y astuta, pero sobre todo, muy previsora.

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Un programa para Arriaga

Acerca de mí - Enrique Arriaga

Empecé escribiendo este articulejo como una colección de vacilones. Ya saben: Román Rodríguez de rojo pasión presentando –con escote peludo incluido – En Clave de Ja, Casimiro Curbelo disertando sobre balística en Canarias es Cultura, Elena Máñez concursando a diario en Cógeme si puedes,  María del Rio, Manuel Marrero y Paco Déniz haciendo Sota, caballo y rey. Algo así. Pero es que no encuentro graciosa la noticia que seguro han podido ustedes leer. Y la han podido leer porque los implicados han tenido la inmensa y granítica jerola de presentar el dorado fruto de su desvergüenza en una rueda de prensa.

La televisión pública canaria comenzará en breve a emitir un nuevo programa cuyo conductor será el vicepresidente primero del Cabildo de Tenerife y penúltimo ectoplasma de Ciudadanos en Canarias, el señor Enrique Arriaga. Mentes divergentes consistirá en entrevistas del muy polifacético Arriaga (funcionario de Riesgos Laborales, ideólogo isleño del centrismo céntrico y centrado, consejero insular y ahora showman palcolor) “con diez personajes referentes en varios sectores sociales, económicos y culturales”. Toda la profesión periodística del archipiélago se quedó ayer estupefacta con esta burla inaudita, con esta cachanchanada impúdica. Por supuesto, el administrador único de RTVC, Francisco Moreno, no ha explicado bajo qué criterios ha autorizado que  en un espacio emitido por su cadena un político en ejercicio – el vicepresidente primero de un cabildo – se dedique a hacer entrevistas y chupar cámara. Tal vez porque en el sector sea imposible encontrar periodistas desempleados o precarizados. O quizás porque desde cualquier parte puede detectarse, cada vez más intensamente, el penetrante hedor a impunidad que desprenden ciertos comportamientos en el espacio público canario.  

Recientemente RTVC ha sido galardonada por el premio Ondas (como la cadena SER en Canarias) por la admirable y sacrificada cobertura que ha realizado y todavía realiza de la erupción volcánica en La Palma y sus destructivos efectos. Pero uno sospecha que los directivos de la cadena, y especialmente ese administrador único con poderes casi omnímodos pretenden blanquear con esta distinción toda una gestión que debe criticarse y discutirse. No es ni puede ser así. Esta es una televisión tan extraña –lo he escrito alguna vez –que en dos años solo han entrevistado al presidente Ángel Víctor Torres periodistas con contratos de producción con TVC, con la excepción de otro entrevistador de excepción, precisamente, el excepcional administrador único.  Una televisión tan pulcramente domesticada que ha excluido por principio cualquier programa de debate político. Una televisión tan tranquilamente astuta que cuando llama a periodistas a inocentes conversas matinales se preocupa muy mucho de invitar a jubilados y a ex periodistas para que nadie pase por ahí más de un par de veces al mes. Una televisión tan confiada en la reverencial ausencia de crítica que presenta como programas culturales buñuelos de viento carentes de sustancia en los que la crítica a las políticas culturales de las administraciones públicas, por ejemplo, representa un amable tabú. Es una televisión friendly, casual, alígera, decididamente urban, con sus tardes para la lágrima sentimental y el alarido demagógico y sus mañanas de leche de soja informativa, no se me vayan a empachar. Una tele canapé bajo un foco cenital; diez minutos después no recuerdas ni el sabor de esa diminuta insignificancia. Una televisión que, sobre todo, se dedica a contarse sonriente y satisfechamente a sí misma.

Ahora esta cadena se enriquecerá con la profesionalidad de don Enrique Arriaga, que por el atractivo título de su programa debe haberlo bautizado él mismo. A partir de anoche el presidente del Cabildo, Pedro Martín, puede dormir más tranquilo. Le costó año y medio, aguantando llantinas y amenazas, pero se lo consiguió.

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Crónica parlamentaria. Darse prisa no es una mala idea

Entre cráter y cráter, entre llamarada y llamarada, entre visita milagrosa y visita mirífica de ministros y secretarios de Estado, entre Pedro y Sánchez, el presidente Ángel Víctor Torres pudo acercarse al pleno del Parlamento y contestar una ristra interminable de preguntas  que recuerdan al cronista una liturgia cada vez más cansina y previsible. Torres se prepara las respuestas cada vez más breve y sucintamente y no es precisamente aficionado a emplear la ocasión para realizar anuncios. Tampoco para agredir a la oposición, de eso se encargan, sobre todo, Iñaki Lavandera y Nira Fierro, la más joven y suficientemente preparada torrecista, que supuestamente será exaltada como secretaria de Organización del PSOE canario en el próximo congreso regional, dentro de apenas cuatro semanas, en Gran Canaria. Bueno, es cierto que el presidente abofetea respetuosamente al PP a menudo, pero es lo mínimo que cabe esperar. 

El comienzo de la sesión plenaria se retrasó unos minutos por cambios de última hora en las comparecencias, gracias a lo cual sus señorías pudieron chismear un rato más sobre el esplendoroso futuro de Fierro (los socialistas) y el futuro incierto de Alberto Rodríguez (los podemitas) después de habérsele retirado el escaño por esa tan cuestionada como cuestionable sentencia del Tribunal Supremo pero, sobre todo, después de decidir abandonar Podemos. Respecto a lo primero, cuentan que Torres quisiera para encargarse de la Secretaría de Organización a alguien con más experiencia y mejor conocimiento del PSOE como organización regional, pero no lo encuentra: están muertos o jubilados. Fierro es tinerfeña y es mujer, dos meritorias cualidades que le han servido mucho en su fulgurante carrera política y que en este brete vuelven a mostrar su utilidad. Sus señorías de UP están preocupados y se les nota. ¿Alberto es amigo? ¿Qué va a hacer Alberto? ¿Con cuánta gente podría contar Alberto en Podemos para iniciar una aventura preelectoral y desde nuevas claves y posicionamientos buscar incardinarse en el futuro proyecto de Yolanda Díaz? ¿Ye han dicho algo desde Izquierda Unida? ¿Y desde Sí se Puede? Alberto nunca se llevó demasiado bien con Alternativa Sí se puede, pero vete a saber. En Santa Cruz de Tenerife los de SSP siguen muy cabreados por lo que les hizo Ramón Trujillo e IU. Francisco Déniz, sisepuedino de toda la vida,  se encogía de hombros. Nadie parece saber nada demasiado sólido, pero tanto Laura Fuentes, coordinadora general de Podemos Canarias, como Noemí Santana, miembro de la dirección nacional, han multiplicado contactos y puesto la oreja con y en todas las facciones y grupos y notabilidades de la organización.

Las preguntas. Casimiro Curbelo mostró su preocupación recurrente, en nombre propio,  por el nuevo sistema de financiación autonómica; el presidente Torres le aseguró que Canarias saldría bien parada, faltaría más. María Australia opinó, en nombre del , que Canarias salía perdiendo en el proyecto de presupuestos generales del Estado para 2022. Entre Torres y Navarro siempre se produje un partido de ping pong tan entretenido y agradable como una traqueostomía. Por supuesto, Torres suele dejar a la diputada como un colavor, Hasta el incumplimiento del Convenio de Carreteras le sacó, que ya es cansado sadismo. Más adelante la señora Fierro aclararía que al menos que seas un irresponsable, un tontaco y un ignorante estabas obligado a votar en las Cortes a favor del proyecto presupuestario, y con su habitual sonrisa de encargado de pompas fúnebres Iñaki Lavandera admitió que sabía que CC votaría en contra de las cuentas nacionales para 2022, porque eran nacionalistas vacuos, hipócritas, fariseos y rebosaban de malas entrañas. Lo hizo cuando le preguntó a Román Rodríguez su análisis sobre los presupuestos de María Jesús Montero, que a Lavandera le parecían un documento excepcional y digno de ser conservado, a partir de ahora, en el Museo Reina Sofía. El vicepresidente Rodríguez le contestó que ni eran una maravilla ni eran una catástrofe y que “algunos nos encargaremos, siempre lo hacemos, que mejoren en la atención a los intereses canarios”. Con “algunos” el consejero se refería a Pedro Quevedo, ese prócer discutiblemente afásico, y a sí mismo. Incluso para los estándares habituales de chulería que utiliza el señor Rodríguez su exhibición se antojó hasta un poquito ridícula, incluso en el grupo parlamentario socialista, o quizás, sobre todo, en el grupo parlamentario socialista. En medio de una situación económica y social como la que padece Canarias la extraordinaria petulancia del vicepresidente debería aflojar un poco. Pero es como pedirle olmos a una pera.

Por supuesto que las preguntas fueron más numerosas. Vidina Espino le contó a Torres que no se había construido una sola vivienda pública en Canarias en dos años y pico de legislatura; el presidente se metió en un boscoso circunloquio del que estuvo a punto de no salir, porque efectivamente  no se ha construido una puñetera vivienda pública en más de dos años de legislatura.  Por una vez Manuel Marrero tuvo una intervención de interés, denunciando el  abuso atroz de las compañías aéreas con los pasajeros canarios pese al descuento de residentes. Pablo Rodríguez insistió en que los presupuestos son muy malos, vaya por dios, y se abotonó dos o tres veces la chaqueta mientras lo repetía, pero sin causar ningún efecto aparente. El exvicepresidente tiene cierto parecido (en bajito) con Clark Kent, pero nunca encuentra la capa o tal vez no se la pone a tiempo. A propósito de una pregunta/elogio/qué grande eres consejera formulada por la diputada María del Río la señora Santana aprovechó para anunciar, albricias, la inminente visita de la ministra de Igualdad, Irene Montero, a La Palma.  Por último (o no) en una pregunta dirigida al consejero de Sanidad, Blas Trujullo, el diputado coalicionero José Alberto Díaz Estébanez, le miró fieramente a los ojos y le preguntó desde el escaño:

–¿Ordenó usted el código rojo?

Trujillo, todavía convaleciente de una molesta enfermedad,  miró al techo con escasa esperanza. Le preguntaba Díaz Estébanez si había firmado la destitución del coordinador de urgencias del Hospital Universitario de Canarias, readmitido luego por sentencia judicial y despedido de nuevo a los cuatro días, entre las protestas y la indignación de sus compañeros y subordinados. Trujillo dijo que entendía la alusión cinematográfica, pero que no. Díaz Estébanez optó por no estirar más la cita. ¿De verdad creía que Trujillo (un señor bastante juicioso) iba a reconocer que sí?

–No solo ordené el código rojo, sino que después me fui de copas con Demi Moore y le conté un chiste sobre Manolo Hermoso.

Con todo en la primera sesión plenaria se produjo un consenso curiosamente amplio, aunque no llegó al PSOE. El consenso en que la paciencia de los palmeros se empieza a desquebrajar porque se han anunciado decenas, incluso cientos de millones de euros en ayudas y subvenciones, pero no ha llegado un duro. Ni un céntimo. La consejera de Economía, Elena Máñez, estuvo un rato pastoreando un discurso  y dijo, entre otras cosas, que se habían reconocido unos 340 expedientes de regulación temporal de empleo, poco más de un tercio de lo que había afirmado el Gobierno regional hace apenas tres días. “¿Se estaban tramitando o han aprobado ya?”, insistió Nieves Lady Barreto. Máñez contestó sin reponder o viceversa. “O llega ya el dinero o muchos se arruinarán y no podrán salvar su negocio, su finca, su medios de vida”, insistió a líder de CC en La Palma, que insistió en que se articulasen de inmediato, además de un paquete de ayudas, planes económicos de choque “para evitar que muchos palmeros tengan que abandonar su isla y la mala situación demográfica de la isla se agrave aún más”.   Luis Campos, el portavoz de CC, mantuvo un discurso muy parecido: “La gente está empezando a impacientarse. Hay que materializar los compromisos adquiridos con los palmeros y palmeras cuando antes. Y cuanto antes es ya. La situación es de la máxima urgencia, no se puede esperar”. Ricardo Fernández de la Puente, desde el Grupo Mixto, y María Australia Navarro, desde el PP, coincidieron. Hasta el senado autonómico Asier Antona compareció en la Cámara para asistir a parte del debate, y se pudo comprobar que sí, que ya no parece un pibe joven y brioso, sino un senador ligeramente ceniciento. Pero la preocupación de todos los grupos era obvia. Los palmeros afectados, cansados, atormentados y a veces arruinados no pueden seguir esperando. Los ayuntamientos deben recibir perras, muchas perras. Hay que asistir pero también invertir. Hay que ayudar pero también empoderar. La Palma puede convertirse para el Gobierno (y no solo) en un problema político de primera magnitud, y la dimisión del vicepresidente del Cabildo palmero, José Adrián Hernández, no es casual ni fortuita. Darse prisa, mucha prisa, no es una mala idea. Al contrario: es una necesidad perentoria. Económica, social y también políticamente.

 

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Una propuesta nuclear para la Tele canaria

Existe un sistema para conseguir que se aprueben los órganos de Radio Televisión Canaria y se normalice la situación jurídica y operativa  en el ente público. No lo está desde hace años: el vigente decreto ley de medidas extraordinarias sobre la RTVC del pasado junio prolonga medidas no menos extraordinarias adoptadas en 2018 y 2020: textos para apuntalar la legalidad de una situación que en realidad la vulnera. Que en los últimos tres años y medio los dos máximos responsables que ha sufrido o disfrutado el llamado “ente público” lo hayan sido en calidad de administradores únicos ya es bastante ilustrativo de la incapacidad manifiesta de las fuerzas parlamentarias para cumplir y hacer cumplir la ley, entrampadas en sus cálculos y alianzas (digamos) extraparlamentarias. Pero vayamos a la solución, que es muy simple: una guerra nuclear. Pero una guerra nuclear que, por supuesto, afecte a todo el planeta, no simplemente al archipiélago canario. Una conflagración universal que extermine hasta el último productor televisivo, el último presentador repeinado o presentadora chillona, el último salvapatrias progresista a tanto la pieza. Entonces, y solo entonces, se podría empezar de cero, y alrededor de una hoguera crepitante, reunidos en el fondo de un socavón donde una vez estuvieron las calles Rafael O´Shanahan o Teobaldo Power, lograríamos designar a la cucaracha más gorda que encontremos director general de la televisión canaria, en la confianza de que la resistencia biológica de las cucas volonas alcanzará hasta que la televisión sea reinventada y la comunidad autónoma debidamente reconstruida.

Y mientras tanto habrá que esperar. No se me ocurre sino la resignación más o menos cristiana para pasar los próximos lustros mientras Paco Moreno envejece y se convierte en el primer administrador único centenario, ampliándosele el sueldo para que adquiera una tacataca digno y dotado con geolocalizador hasta que se constituya la Junta de Control, o llega una chica nueva a la oficina que se llama Farala y es divina para ser la única administradora a discreción.  Y a callar. Y pasa esto, aún más simplemente, porque a algunos políticos les aterroriza que algunas medios se consideren maltratados. Los políticos isleños –de cualquier partido y condición, pobrecitos – tienen una idea absolutamente tronchante de la influencia socioelectoral de los medios de comunicación. Tronchante. No han descubierto del todo que tienen en sus manos, ahora mismo, la misma supervivencia de aquellos que alardean directa o indirectamente, en público o en privado, de mantenerlos en el poder. Así, por ejemplo, el PSOE de Canarias no le debe a nadie, salvo a sus electores, los 25 escaños que ganó en los comicios autonómicos de 2019. Ni uno solo de esos 25 diputados se adeudan a un periódico, a una radio o a una productora de televisión. Pero se  renuncia a la autonomía política frente a otros poderes – aunque sea un poder tan endeble como el de los medios – y se juega a bloquear indefinidamente la situación para  no tomar ninguna decisión que pueda molestar a nadie. Si el precio es mantener una cadena de televisión – y a una emisora de radio – en un sempiterno limbo jurídico pues se paga y ya está. 

Puede uno refugiarse en el humorismo. Leer la hedionda basurita de los que se lo están llevando crudo para que no sea posible que se ponga en marcha un organismo –la Junta de Control – que entre otros objetivos tiene fiscalizar la gestión del director general y su equipo, incluidos, como es obvio, los contratos de producción. Es tan obvio, tan grosero y tan miserable que da grima. Forma parte de las anormalidades democráticas de este país y se trata de un tumor venenoso que no puede ser extirpado por unas elecciones, sino por la acción consensuada de unos políticos (de unos partidos) que actúen con verdadera autonomía y  resolución, que se entiendan a sñi mismos como mandatados por la ciudadanía y servidores de los intereses generales.

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