La ciudad amanece

El amanecer tiene sus exiliados. Gente que camina por las calles a la dudosa luz del alba pero que parecen estar en otro lugar. Fantasmas que no asustan, sino entristecen. Esa es su condena humilde y casera para toda la eternidad: dar mucha pena, como los escritores canarios de novela negra que no son calvos. Me levanto poco antes de la llegada de la luz y decido caminar por este pueblo disfrazado de ciudad, por esta ciudad disfrazada de coincidencias. Es su peor hora del día, y lo es durante todo el año, no solo en carnavales. Aquí el amanecer tiene una extraña, pegajosa suciedad, y nunca invoca una novedad, sino en el mejor de los casos un recuerdo, el mismo recuerdo siempre, un recuerdo lavado demasiadas veces y con minúsculos pero indisimulables agujeros, como unos calzoncillos viejos.  A veces pienso que es ya cuestión de edad. Cuando uno llega a cierta edad, en efecto, la ciudad en la que vives es un mapa de recuerdos, un mosaico de experiencias insípidas, un malpaís traicionero donde te rompes el tobillo siempre en el mismo sitio, un dulce y putrefacto manglar. Nadie te va a sorprender en una esquina, ninguna esquina se verá sorprendida por tus pasos amuermados y tu frente marchita.

Es muy difícil encontrar un lugar que no haya corrompido tu memoria. Al fin y al cabo, como todas las pequeñas ciudades que se quedaron sin destino y que caminan por la historia como sus habitantes caminan por sus calles, por resignación o por casualidad, la tuya es eso, un catafalco de recuerdos. Es una ciudad extraña, que siempre ha sentido nostalgia de sí misma, que se hubiera escrito a sí misma si se supiera escribir. Pero tampoco es el caso. No escribe ni tiene quien la escriba, y curiosamente los que lo han intentado – consiguiendo algunas páginas válidas – han terminado en el olvido. Este amanecer descubrió a uno. Se había dejado a barba y se apoyaba en un bastón. Iba llorando.

Enfilé el paseo entre los árboles y las grandes tinajas para llegar al mar. El mar es –lo saben todos los isleños – la salvación final. O te mata o te devuelve la vida. La ciudad, todas las ciudades en realidad, se han vuelto pudorosas. Ya no huelen a nada, al contrario que en el pasado. A mediados del siglo anterior podías adivinar en qué lugar te hallabas aunque tuvieras los ojos cerrados, simplemente, aspirando los olores: a mar, a flores, a gasolina y alquitrán, a fritanga o tabaco, a perfume barato o a madera cara. Ahora no llega nada a la pituitaria, salvo si te atraviesas con una alcantarilla rota o la vomitona de un borracho. Los borrachos, por cierto. Los borrachos de la ciudad le guardan respeto. Pese al buen tiempo consuetudinario y aclamado los borrachos, en la pequeña ciudad, son bastante agorafóbicos. Se empedusan silenciosamente en los bares y se sientan como madres embarazadas en los bancos, entrecierran los ojos y gruñen plácidamente al sol. En la ciudad pequeña no hay sitio para las extravagancias: se consideran una falta de higiene. Pero la indiferencia de nuestros convecinos permitía una familia de ocho miembros que vivía en la calle y recibía visitas en una esquina, sirviéndoles café desde su propio termo; o una exprostituta que se bañaba en la plaza pública y ondeaba sus propias bragas como un trofeo, o un legionario que vomitaba insultos que desgarraban la madrugada, o una loca desdichada que ululaba desde su diminuto balcón, pidiéndole a él que regresara, que lo amaba, que no podía vivir sin sus labios, gritando lentamente su nombre, como si su solo nombre fuera un tango entero, gritando durante años ante la impavidez sordomuda de todos los vecinos, o la gordita de nariz de fresa que entraba en todos los edificios para probar los ascensores, porque era lo único que le gustaba en la vida era subir en ascensores suaves y veloces, pero tenía un problema: nunca reunía el valor para subir sola. “¿Puede usted subir conmigo?”, preguntó durante lustros hasta que a diabetes acabó con ella.

Por fin llegue a mar. Fue un saludo rápido. Ya llegará el momento.

Publicado el por Alfonso González Jerez en General ¿Qué opinas?

Un volcán que cambiará La Palma y moverá a Canarias

Un volcán en erupción / PEXELS

No es muy fácil adivinar cómo era exactamente Lanzarote a principios de 1730. El 1 de septiembre de ese año la tierra se abrió en Timanfaya. Fue una erupción que duró seis años. Seis años de terremotos, explosiones, mantos de lava y llovizna de ceniza. El amanecer olía a azufre. Seis pueblos quedaron aplastados y la agricultura insular –básicamente cerealera — quedó casi devastada. Como suele ocurrir en las erupciones canarias, no se registraron muertos, salvo los que pudieran haber fallecido de hambre o desnutrición en esa generación y la siguiente. La isla, por supuesto, no fue abandonada. Los conejeros se aferraron a ella. Era y es su hogar. Para los que llevaban un siglo ahí y para los recién llegados. Es lo que ocurre con todas las Canarias y no terminan de entender muchos continentales. No son islas con peligro volcánico, sino islas volcánicas. No se sobrevive a pesar de los volcanes: son los volcanes los que han creado Canarias y nos han dado un país que –otro punto poco comprendido más allá del mar– no ha sido nunca precisamente una arcadia.  Un país hermoso pero duro. Magnífico pero desdeñoso. Una belleza de bordes inhóspitos. Un paraíso que ha conocido el hambre y la sed. La mitología de raíz grecorromana se ha empecinado en describirnos durante 2.500 años como una tierra de prodigios y privilegios y la última fábrica de mitologización ha sido el turismo. Se trata de una mitología pobre, instrumental y ligada más estrictamente a lo climatológico, lo paisajístico y lo inhabitual.  Los seis años que casi destruyen Lanzarote en el siglo XVIII crearon las condiciones para un parque que visitan decenas de miles de turistas anualmente – el Parque Nacional de Timanfaya – para entre otras muchas cosas comer pollos asados gracias al calor que todavía conserva el subsuelo. La mitología del pasado inventaba un relato para dar un significado a la vida cotidiana, la del presente ofrece experiencias supuestamente insustituibles pero existe una conexión débil y fragmentaria entre ambas. El volcán como entidad destructiva y símbolo diabólico y como curiosidad turística con aplicaciones culinarias.

Curiosamente los isleños nunca han tenido una relación simbólica especialmente intensa con los volcanes y el proceso de rápida urbanización demográfica que han vivido en el último medio siglo – Gran Canaria y Tenerife ya son casi islas-ciudades salpicadas de parques naturales, parajes protegidos y espacios rurales de alta ocupación humana– casi los han borrado de la memoria colectiva. No forman parte central en ningún imaginario cultural. En el pasado aborigen, por supuesto, los volcanes tenían un significado en clave animista: eran depositarios del mal. Para los guanches Guayota  –el demonio –habitaba en las entrañas del Teide y se le preparaban rituales y ofrendas para calmarlo en cuanto se intensificaban las humaredas o temblaba la tierra (la última erupción en Tenerife se registró en 1909). El demonio, en todo caso, no era el volcán, sino su terrible inquilino, que es quien periódicamente causaba el terror  y la conmoción.

El Teide es, precisamente el único volcán en todo el archipiélago que se ha sido profusamente simbolizado, hasta convertirse muy rápidamente en símbolo de todo el país, a veces, casi en una sinécdoque de Tenerife y de Canarias entera. Pero su imagen no es la de una entidad amenazadora, sino más bien la de un Padre poderoso, sabio, sereno, grave pero benevolente, alto pero atento a la súplica. La madre sería, obviamente, la Virgen de Candelaria, más sensible, accesible y capaz de interceder por todos sus hijos. Pero en los restantes territorios insulares no ha cuajado un simbolismo de semejante peso. Solo el Teide, por ejemplo,  ha recibido atención poética y por lo general ha sido espeluznante. “En vano tus enojos vomitan rayos; en vano, ardientes,/das a los cuatro puntos, agostadoras, tus oriflamas;/ las yeguas de tu furia buscan, en vano, por las vertientes,/lanzando por los belfos relinchos—llamas”. Dan ganas de pegarle a Tomás Morales por estos versos que supuestamente describen (o algo así) una erupción en el Teide que jamás existió. El mejor poema escrito al gran volcán tinerfeño –dormido, no extinguido, como indicaban en el pasado los geólogos casi poéticamente —  sigue siendo, tanto tiempo después, el soneto del Vizconde de Buen Paso (1677-1762), que es un diálogo entre presente y pasado, entre la vejez y la juventud, ente la fragilidad y la fuerza. “¡Oh cuán distinto, hermoso Teide helado,/ te veo y ví/, me ves ahora y viste!/Cubierto en risa estás, cuando yo triste,/y cuando estaba alegre, tú abrasado./ Tú mudas galas como el tiempo airado/mi pecho a las mudanzas se resiste,/yo me voy, tú te quedas, y consiste/tu estrella en esto y en crueldad ni hado./¡Dichoso tú, pues mudas por instantes/los afectos! ¡Oh, quién hacer pudiera/que fuéramos en eso semejantes!”. Para el poeta el Teide, en todo caso, es veleidoso, nunca un asesino, y puede ser peligroso y aun destructivo, pero jamás traicionero. Es más o menos la consideración que merecen los volcanes a los canarios: enemigos íntimos que a lo largo de cinco siglos solo rara vez han amenazado nuestra existencia. El paisaje volcánico de las islas – cuyos mejores intérpretes han sido un pintor y escultor, César Manrique, y un arqueólogo, Luis Diego Cuscoy — no ha sido tampoco codificado por una mirada plenamente identitaria. El vulcanismo  ha sido una circunstancia adaptable, no un triste destino o un arabesco en el alma insular.

El volcán que hace dos semanas nació en un costado de Cumbre Vieja, no obstante, es distinto, porque distinto es el contexto demográfico, económico, social y político de la isla. La Palma tiene ahora una densidad de 167 habitantes por kilómetro cuadrados, y la mayor parte del Valle de Aridane supera ese porcentaje. Es una isla que se ha quedado rezagada en el desarrollo turístico del resto de sus compañeras por un conjunto dispar de factores y que está hundida en el estancamiento económico hace más de un cuarto de siglo. A veces se escuchan diatribas burlescas sobre el escaso sentido emprendedor de los palmeros, pero lo suerte es que la diáspora migratoria por toda la América hispánica está llena de palmeros fundando ciudades y construyendo fortunas, lo que continuó hasta muy recientemente: más de un tercio de los canarios que emigraron a Venezuela en los años cuarenta, cincuenta y sesenta eran palmeros. Más que capacidad de empuje y trabajo pesa lo suyo lo que es el patrón vital de muchos emigrantes: hacer dinero, regresar e invertirlo en la agricultura, especialmente el plátano, que tenía una alta rentabilidad, una rentabilidad que no ha dejado de disminuir desde los años noventa, por la competencia de la banana latinoamericana, el fin de la reserva peninsular y el adelgazamiento de las subvenciones europeas (debilitamiento presupuestario de la PAC) mientras la estructura de costes no ha dejado de crecer. El envejecimiento de los agricultores y la fragmentación de los cultivos (salvo, parcialmente, el plátano) en pequeñas explotaciones, ese pacífico minifundio de cada uno en su casa y la subvención en la de todos siembran dudas sobre la viabilidad social y económica de la agricultura en La Palma desde hace lustros.

Sí, es cierto que el plátano representa el 50% del PIB de La Palma. Pero también lo es que La Palma soporta el PIB per cápita menor de Canarias después de El Hierro (18.700 euros anuales) en 2018.  En 2021 cerrará probablemente con menos de 18.000. euros anuales. La debacle económica se cierne sobre La Palma, efectivamente, pero es una amenaza a punto de caer (como la lava ardiendo) sobre un sistema económico anémico y que ya tenía un horizonte cada año más incierto. Algunas ausencias y abandonos son realmente sorprendentes. La Palma podría ser la reserva en frutas y hortalizas de Canarias y haberse dotado de una modesta pero productiva industria agroalimentaria. Nada de eso ha ocurrido. Y no ha ocurrido –habrá que decirlo – porque las administraciones públicas (Gobierno autónomo, Cabildo Insular, ayuntamientos) no han recibido ninguna presión  por parte de la élite local ni de la sociedad palmera en su conjunto para trazar una estrategia de crecimiento consensuada y definida, que no pasaba necesariamente por excluir el turismo, pero que podría haberse centrado en una agricultura de excelencia y una agroindustria de calidad. La Palma recibió su máximo de turistas en 2017, con 293.900 visitantes (peninsulares y extranjeros). Al año siguiente cayó el número y en 2019 se descendió hasta los 257.852 turistas. La evolución es poco alentadora; la oferta turística –pese a las bellezas y atractivos naturales de la isla — tampoco parece irresistible gracias a las más bien desganadas campañas de promoción.

Ayer la lava en su avance fundía la conducción principal de agua que suministraba a Las Hoyas, El Remo, Puerto Naos y La Bombilla y dejaba sin una gota a sus habitantes y a más de 600 hectáreas de plataneras: tal vez la mejor fruta de la isla. La platanera es un cultivo que exige mucha agua: con treinta grados de temperatura ambiente no puedes dejar de regar más de quince o veinte días sin que sobrevengan daños graves. El consumo anual promedio es de 11.430 metros cúbicos por hectárea, con ligeras diferencias entre zonas algo más cálidas y zonas algo más frías. Si esas 600 hectáreas de plátanos quedan arrasadas o muy maltrechas se sumarán a las más de 200 irremediablemente perdidas. En total, por el momento, más de 700 hectáreas han quedado cubiertas de lava para siempre; los científicos más optimistas hablar de que serán carbonizadas más de un millar, es decir, más de un millón de metros cuadrados. La puñetera realidad es que si la mitad de la producción platanera desaparece La Palma entra en un shock económico del que no podrá recuperarse ni en semanas, ni en meses, ni siquiera en pocos años. San Miguel de La Palma está destinada a convertirse, por tanto, en un problema estructural desde un punto de vista económico, presupuestario y administrativo para la comunidad autónoma. En lugar de un banco habrá que rescatar una isla de 708 kilómetros cuadrados y casi 85.000 habitantes (apenas 1.000 habitantes más, por cierto, que en 2010) y con una superficie cubierta por lava que no podrá ser reutilizada agrícolamente durante siglos. No se trata de una pedanía, una ciudad o comarca, sino un universo isla con sus complejidades, sus fuerzas y sus fracturas, sus posibilidades y sus limitaciones, sus ritos y sus hábitos, sus equilibrios y sus obsesiones. ¿Cómo se recupera una isla? No, no se trata de ponerle un lacito a 100 millones de euros y dejarlos en la puerta del Cabildo. ¿Cómo evitar que se convierta en un hospicio al aire libre? ¿Cómo interesar a los ciudadanos en la reconstrucción imprescindible de su pequeña tierra distribuyendo apoyos y sacrificios, ilusiones y resignaciones?

Por eso mismo esta catástrofe eruptiva – que reduce la explosión del Teneguía en 1971 a poco más que fuegos de artificio – es y será también un acontecimiento con consecuencias políticas en La Palma y en Canarias, y esa no es su menor novedad. Si el Gobierno autónomo de Ángel Víctor Torres (y la sombra protectora de Pedro Sánchez y sus ministras) no consigue resolver la situación con obvia empatía y cierta solvencia  — lo que no pasa únicamente por viviendas para todos los damnificados, sino por un esfuerzo lúcido y generoso para que no se hunda económicamente la isla — las críticas serán demoledoras y el impacto en las resultados de las elecciones autonómicas de mayo de 2023 muy negativo. Si Torres y su equipo consiguen hacerlo medianamente bien – lo que no se podrá apreciar antes de un año — su liderazgo resultará extraordinariamente reforzado: habrá mantenido unas Canarias unidas y solidarias y encontrado una vía factible para la recuperación palmera. Mientras tanto se sigue trabajando para que no corra peligro ninguna vida y los desalojados sean tratados dignamente. Todas las islas son La Palma, según han acuñado en sus discursos los políticos en los últimos quince días. Más bien es al revés: La Palma es ahora todas las islas, como si esos 700 kilómetros cuadrados fueran todo lo que nos quedara, y hay que defenderlos como nuestra última frontera, como nuestro último hogar, con la fiereza del amor, con la testaruda determinación de la vida abriéndose paso, con toda generosidad e inteligencia.     

 

Publicado el por Alfonso González Jerez en General ¿Qué opinas?

Guerritas culturales

Carece de sentido que la actual España pida perdón por las barrabasadas de Hernán Cortés porque España como tal no existía en el siglo XVI. Para ser más preciso: no existe el continuum de una identidad política, institucional o axiológica que justifique solicitar un perdón o ser perdonado. Por otra parte, y como señaló una vez el profesor Alvarez Junco, habría que empezar por saber a quién se tendría que pedir perdón: “¿Los herederos de los españoles que se quedaron en la península tendríamos que  pedir perdón a los herederos de los españoles  que se fueron a América?” El historiador ha observado agudamente que la terrible situación de México en la actualidad guarda mucha más relación con los sesenta años de mandarinazgo del Partido Revolucionario Institucional y los hasta ahora frustrados intentos de democratizar el país que con la acción de los conquistadores españoles. Con esto bastaría para no seguir perdiendo el tiempo en este ocioso asunto, que por lo general, y desde luego en este caso, no es más que el trampantojo ideológico del peor nacionalismo. Por ejemplo, el de Andrés Manuel López Obrador, que en esto sigue las huellas más tramposas y elementales del priísmo, “politizando la historia, subordinando el interés general del conocimiento a sus intereses políticos particulares”, como apunta Enrique Krauze, para el que la relevante obra historiográfica del presidente mexicano “presenta un desfile de héroes que viene a culminar en él”. Una historiografía con aciertos aislados y algunas páginas memorables, pero que AMLO articula y considera no como un trabajo científico, sino como un oráculo político, como su evangelio personal.

Contra lo que ocurría hace apenas una década hoy, sorprendentemente, se replica a esta cansina bobada («¡España es culpable!») y lo hace además una derecha que en lugar de denunciar la superchería, pasa a sumarse a ella encantada, porque lo toma como un episodio de la guerra cultural que está decidida a ganar. Ni el Papa de Roma se escapa a su reacción de dignidad ofendida: Díaz Ayuso parece dispuesta a pasarse al protestantismo (como los de Ciudadanos se pasan al PP) para defender el honor de España. Los comentarios de José María Aznar lo excluyen de cualquier club de cuñados que se respete a sí mismo. Para ganar definitivamente la competición, el alcalde de Madrid, José Luis Martínez Almeida,  aseveró que estaba “muy orgullo del descubrimiento y conquista de América”. ¿Cómo puede estar uno orgulloso de conquistar nada a sangre y fuego, despanzurrando personas, sociedades y culturas, sobre todo, si no tiene en realidad ninguna puñetera relación con estas barbaridades? ¿Pizarro y Cortés fueron delegados del Instituto Cervantes en Perú y Méjico? ¿Qué relación puede establecerse entre Carlos V y  Felipe VI o entre un conjunto patrimonial de reinos y señoríos y un Estado moderno dotado de una democracia parlamentaria?

Esta derecha encorajinada se nutre de una literatura apologética (y no siempre estrictamente historiográfica) como Imperiofobia, de María Elvira Roca Barea o Madre patria, de Marcelo Gullo Omodeo. Libros que desmontan más o menos eficazmente la propaganda y contrapropaganda que se dedicó al colonialismo español y al Imperio de los Austrias, pero cuyo afán vindicador es tan ardiente que consume cualquier evidencia de las monstruosidades cometidas por los responsables del control político-militar y la colonización en América y la Inquisición en España. Lo quieran o no sus autores, estos textos proveen de un material muy útil para la legitimación de resurrecciones ideológicas a favor de la reivindicación de un pasado patrióticamente idealizado. Pero ni yo, ni usted lector, ni el Gobierno español somos responsables  de las matanzas de Cortés ni AMLO ni los millones de indigentes que sobreviven en Ciudad México lo son de los sacrificios humanos de los mayas. Nuestra tarea es comprender el pasado para reconocer el presente y mejorarlo, entre todos, para un futuro que habiten hombres y mujeres libres, no fantasmas en nómina.

Publicado el por Alfonso González Jerez en General ¿Qué opinas?

Crónica parlamentaria. Embadurnados de palmeridad.

Si el primer día de pleno se consagró a una manifestación masiva de solidaridad con La Palma amenazada y golpeado por el volcán la segunda, inevitablemente, tendió a la exageración. Se ha atribuido a muchos aquello de que en la Historia lo que primero es tragedia luego se convierte en farsa; en la dinámica parlamentaria pasa habitualmente que lo que fue una declaración solemne termina siendo un chiste o una insensatez. Gracias al consejero de Transición Económica —  José Antonio Valbuena, ese adulto que lleva camisas de monje budista fuera de los pantalones – se consiguió lo segundo. Pero antes ocurrieron algunas cosas.

Yo he visto cosas que no creeríais. He visto atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhaüser y una vez vislumbré a José Miguel Barragán en pantalones cortos y cholas de las que salían diez dedos gordos como diez hijos predilectos. Y juro que en la legislatura pasada la actual consejera de Derechos Sociales, Noemí Santana, insistía en que el problema para atender las ayudas sociales, en particular la Prestación Canaria de Inserción, no era cuestión del personal administrativo, sino de la capacidad de gestión y compromiso social. Su antecesora, Cristina Valido, no sabía gestionar. Santana, por supuesto,  ha sufrido un cruel ataque de amnesia y no recuerda nada de eso. El hecho es que Poli Suárez, activo diputado del PP que defiende día y noche la sensibilidad social de su partido, pidió una comparecencia de Santana para hablar de la pobreza infantil (rampante en Canarias en los dos últimos años) y todo el mundo, empezando por la consejera, se lo agradeció mucho. Santana se esforzó en defender su gestión y presentó algunas mejoras indiscutibles, pero casi abrumadoramente insuficientes. Después de las cachanchanadas habituales de los diputados curbelistas (el boss de la ASG debería ser un poquito más exigente) Carmen Hernández se mostró muy crítica con el reparto de alimentos porque, al parecer, los que tienen hambre deben mostrar la suficiente paciencia democrática para aguardar a que el Gobierno les conceda una ayuda o les facilite a encontrar un empleo digno. Fue particularmente interesante su consideración según la cual “no se puede defender en la oposición lo contrario a lo que se hizo en el Gobierno, debería estar prohibido”. Porque Poli Suárez “es militante de un partido conservador” mientras ella “milita en un partido progresista que apoya a la gente”. Suárez, sosegadamente, le recordó a Hernández que su partido, Nueva Canarias, había apoyado en las Cortes los dos últimos proyectos presupuestarios de Mariano Rajoy “y el malvado PP”. La señora Hernández se quedó ligeramente descolocada en su escaño. También recordó al PSOE que había gobernado con CC, pero lo hizo casi con cansancio.  Por cierto, poco después intervino en el pleno la señora Astrid Pérez, toda una figura del Partido Popular, que gobierna el ayuntamiento de Arrecife gracias al apoyo del PSOE, mientras los conservadores posibilitaron la investidura de Dolores Corujo como presidenta del Cabildo de Lanzarote. A ver si algún día hay suerte y los progresistas de alta cuna y de baja cama abandonan sus cuentos de hadas, dragones y mazmorras. La señora Corujo, por cierto, también es diputada, pero como Patricia Hernández, prefiere no hacer nada en la Cámara para no deslucir el trabajo de sus compañeros.

La diputado Valido tampoco debió esforzarse (aunque lo hizo) en señalar lo obvio. La Consejería de Derechos Sociales pudo contar con cien trabajadores más en 2020 y otro centenar se incorporará antes del próximo diciembre. La exconsejera valoró mucho el aumento de perras y de personal, que había llevado a una triunfal aseveración de Santana: 8.500 PCI reconocidas en 2021 frente a las 6.000 de 2019.  Valido matizó, sin embargo, que los 6.000 de 2019 se explicaban por la mejoría de la situación económica y la creación de empleo. “En el año 2018 se aprobaron 11.599 PCI y en 2017 13.525, con muchos menos recurso y personal que la actual Consejería”, puntualizó. También molió a palos el nonato catálogo de servicios y prestaciones de la Ley de Servicios Sociales de mayo de 2019, que dos años después de tomar posesión Santana y su equipo no han sabido sacar adelante, grajeándose, además, la crítica o el abierto rechazo de nmerosas entidades del sector, como el Colegio de Trabajadores Sociales. Dos años. Dos años sin Renta de Ciudadanía ni catálogo de servicios para desarrollar cabalmente una ley para el que el Gobierno autónomo no presupuestó un céntimo ni para 2020 ni para 2021.

Igualmente dos años largos lleva de denodada lucha contra sí misma el proyecto de ley de Transición Ecológica que algún día (supuestamente) llevará la firma de José Antonio Valbuena y entrará en la Cámara. Para dar alguna buena noticia, el señor Valbuena sí adelantó que sus técnicos están trabajando en el “tercer y último borrador de acuerdo” con el Gobierno central para que la comunidad autonómica asuma las competencias en materia de costas. Tampoco puso plazos el consejero, no fuera que se excitase demasiado algún diputado. Lo peor o lo mejor (con Valbuena nunca se sabe) llegó cuando el consejero respondió a una pregunta sobre la información que, como responsable de Transición Ecológica, tuviera en su poder en relación con la erupción volcánica en La Palma. Por lo que dijo, el señor Valbuena no tenía mayor conocimiento de la cosa, pero no quiso defraudar, así que prometió una “solución humana” para la reconstrucción urbana y social de La Palma. Descartada la intervención alienígena, el consejero se lanzó a un encendido discurso todopoderoso, telúrico, invencible. “No habrá límites en reglamentos ni en las leyes para la reconstrucción de La Palma, solo lo que sea técnicamente imposible”. Después de  anunciar el incumplimiento de la legalidad vigente por parte de un Gobierno, el suyo y el nuestro, si fuera necesario, Valbuena dijo algo que su propio discurso estaba adelantando “la solución para que la isla se recupere se hará con más corazón que cabeza”. Y a los grupos parlamentarios no les pareció mal. Incluso se oyeron algunos aplausos. Valbuena es un tecnócrata con cierta astucia y muchas ganas de supervivencia que sabe barloventear emociones y estremecimientos sentimentales. Es decir, un individuo bastante peligroso en una tesitura tan delicada como esta. La Palma no necesita de una sentimentalidad bravucona que pueda producir luego una honda, amarga e irreparable frustración. Necesita precisamente más cabeza que nunca para conseguir objetivos pragmáticos, coherentes y duraderos. Necesita políticos responsables y pertinentes y no sujetos lengüilargos que le prometan incumplir las leyes para recuperar ferozmente una arcádica felicidad perdida. Porque las leyes, junto a la voluntad política y al concierto de agentes e inteligencias de todos los sectores, son las que puede sanar la herida de fuego que atormenta a la isla.

El pleno concluyó con una idea original: el Gobierno debería emprender de inmediato un Plan de Reconstrucción de La Palma. Pero, ¿no había uno ya que están fraguándose, precisamente, en el seno de esa Comisión Mixta Canarias-Estado? Al parecer no es suficiente. O no está clara la cosa. Debería formar parte de una nueva gobernanza que el presidente Torres se hubiera reunido con los presidentes o  portavoces de los grupos parlamentarios para transmitirles toda la información y las expectativas razonables para los próximos días, semanas y meses. Es lo que ocurre en situaciones especialmente críticas (como la actual) porque contribuye a no duplicar esfuerzos, eludir la coincidencia  en las propuestas o evitar preguntas que se vuelven anacrónicas en muy poco tiempo. Es más: la Cámara debería haber ya constituido una comisión sobre la crisis, integrada por los presidentes y portavoces del grupo, con una función esencialmente informativa y solo secundariamente deliberativa. Pero algunos –quizás demasiados – se sienten cómodos entre las patas del lento elefante parlamentario.    

Publicado el por Alfonso González Jerez en General ¿Qué opinas?

Una nueva goberanza para las crisis

En una ocasión un compañero de partido le comentó al gran líder democristiano Amintore Fanfani – entonces fuera del Gobierno – que su sucesor estaba sufriendo múltiples crisis y no sabía cómo reaccionar. Fanfani pareció asombrado. “Pero entonces puede distraernos poniéndose el traje de una crisis de cada día…Mejor tener muchas crisis que no molesten a todo el mundo que tener una crisis que fastidie a todos”. Fanfani, por supuesto, tenía razón, pero haría falta todo su talento camaleónico – vale decir: cristianodemócrata – para ponerla en práctica. No es el caso de Ángel Víctor Torres, por supuesto, pero curiosamente nadie se le comenta.

Toda la atención política se centra en La Palma, donde gracias a unos servicios de emergencias –y un Povolca – que se han ampliado, revisado y perfeccionado con el paso de los años no ha habido que lamentar un muerto. Ni siquiera un herido. La crisis volcánica de La Palma – y su impacto económico, social y medioambiental – es y debe seguir siendo una prioridad de las administraciones públicas, pero no puede ocupar todo el espacio de la política canaria. Y se corre ese peligro obviamente, porque la erupción estalla cada día, cada hora, con una fuerza simbólica y psicológica que fascina, perturba y llega a obsesionar en su terrorífico esplendor. Pero vivimos y viviremos gestionando crisis en los próximos años. Nuestro horizonte no es una tranquilidad pancista que se fue definitivamente al traste en la crisis de 2008, sino la habilidad y resilencia en la gestión de las crisis que se agudizarán, acumularan o surgirán en el futuro. Los gobiernos de Canarias, a partir de ahora, más vale tarde que nunca, deben asumir que les tocará básicamente desactivar crisis o aprovecharlas a partir de un nuevo modelo de gobernanza a diseñar entre todos los actores políticos. El turismo de masas se agostará en las próximas décadas y Canarias envejecerá como destino preferente. El cambio climático amenaza nuestro desarrollo y la conservación de nuestros ecosistemas. La sociedad canaria envejece y baja la natalidad. La desigualdad no ha hecho más que crecer, y las políticas asistenciales tienen sus límites. El maná financiero que llueve desde Bruselas se secará del todo antes de un lustro y muy pronto se exigirá de nuevo control del gasto, equilibrio presupuestario y austeridad. El desarrollo socioeconómico de Marruecos y la situación general del Magreb puede suponer –lo hará –la semilla de una nueva crisis. Nadie recuerda apenas lo que se consideraba la normalidad antaño. Pero no volverá. Entramos en un periodo duro, intenso, cambiante y crítico de nuestra historia.  En Canarias no se debería seguir gobernando igual mientras se enmascaran puerilmente las responsabilidades de todos los grandes partidos a lo largo de los cuarenta años de autonomía. Son imprescindible tres cosas: acuerdos amplios y transversales entre las principales fuerzas políticas, una reforma  para una administración autonómica más ágil y rápida, eficiente y eficaz y una postura muy activa y proactiva frente a Madrid y Bruselas. Y no solo para exigir perras, sino compromiso geoestratégico y desarrollo estatutario, entre otras cosas.

Ahora todo es La Palma. Pero solo el pasado domingo llegaron más de 340 migrantes a las costas de Canarias. En ocho pateras: siete tocaron Lanzarote y una el sur de Gran Canaria. Ya son cerca de 11.000 personas desde el pasado enero y no podemos contar todos los que se han ahogados o muertos deshidratados durante la travesía. Por supuesto, Lanzarote está al límite. No dispone de los suficientes recursos de acogida. Han circulado imágenes de una nave don docenas de migrantes hacinados. Una nave mal acondicionada con charcos y mantas y colchones insuficientes. Ellos también tienen su volcán. Les quema en el pecho. A menudo lo han perdido todo, salvo la esperanza, y les aguarda, si tienen mucha suerte, un doloroso proceso de arraigo. Como siempre el Gobierno de Canarias mira hacia otro lado. No se preocupen, ya se los llevarán. Circulen y no miren. No nos queda empatía para todos.

 

Publicado el por Alfonso González Jerez en General ¿Qué opinas?